En su nueva muestra, Jorge Alvaro vuelve a los personajes incomunicados entre sí, y en
actitudes aparentemente realistas, pero en relación desproporcionada con su entorno (arriba,
«Gran emprendimiento II»).
Jorge Alvaro presenta en Holz (Arroyo 862), «Interior-Exterior», muestra en la que, según escribió Julio Sánchez en el prólogo, «hay una evocación continua a un universo donde todavía no están establecidas la leyes del universo lógico. Ni siquiera parece hacer vínculos sociales, ni parentescos ni jerarquías. Sólo el hombre encapsulado en su soledad, sea en la sala de su casa, sea frente al mutismo de las montañas».
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Pintor del dibujo: he aquí la definición que, alguna vez, se diera de Alvaro (1949). Pero se puede considerar que es también un artífice en el dibujo de la pintura. «Vengo del dibujo. Durante años, estuve con Aída Carvallo, realicé grabados a la manera clásica, y en esa técnica se demora mucho, meses, en llegar a concretar la idea. Entonces me pasé a la tinta sobre papel y después a la pintura. Empecé a incorporar el color. Dibujo, antes: pulo mucho el dibujo, y recién después lo paso a la tela», señaló el artista en una ocasión.
En sus obras se manifiesta una pintura realizada con el esmero y la intensidad en la que los primeros planos son relevantes y exigen el trazo de un dibujo. En su original despliegue simbólico integra el presente y el pasado, el movimiento y el estatismo y, fundamentalmente, el equilibrio inestable de las figuras y las gamas de grises o las tonalidades suaves y profundas. Figuras, a veces deformes, y casi monstruosas.
En obras como «Monos observando», «Domadora de tigres», «Encantadora de serpientes», había logrado una conjunción cromática que implicaba temáticamente la convergencia de lo animal y lo humano. Uno de sus temas predominantes ha sido el circo que trató como el símbolo de una concepción unificadora, como si hubiera querido llegar a lo grotesco a partir de la copia de un dibujo verosímil, en obras como «Enana del circo» y «Payaso con varita mágica». Además, lo circense es el emblema de una multiplicidad que alude a la excode los recursos del artista: seres con una exorbitante musculatura sobre pies diminutos dan la pauta de una contracción, pero al mismo tiempo, de una irrealidad tomada de la vida misma en sus aspectos mórbidos, anómalos: mundo alucinado y alucinante. En su última serie con espacios exteriores, desconciertan ciertas relaciones desproporcionadas entre la naturaleza y la figura humana, como en «Gran emprendimiento II», en la que cinco personajes vistos de atrás observan una sucesión de montañas extrañamente «bajas».
La neofiguración de comienzos de los años '60 supo nutrirse de tendencias anteriores tanto cercanas (abstracción, informalismo), como mediatas (expresionismo, surrealismo).
También el arte pop hundió sus raíces en busca de otras metas, empero, en esta recuperación de la imagen representativa. La neofiguración se aplicaba al análisis sarcástico y doloroso del ser humano, y el arte pop quiso examinar los objetos que lo rodeaban en la sociedad de consumo. Un artista como Alvaro, había venido abordando al hombre y sus objetos como entidades inseparables: se aproximó a los neofigurativos por su sentido, pero se vinculó con los pop en virtud de sus descripciones que en ciertos casos, con el llamado hiperrealismo, fue extremo.
Alvaro acudió a la descripción de la realidad pero no como un fin sino como un medio. Realiza imágenes creíbles que pueden conectarse con -acaso el más lejano antecedente de su obra-, la nueva objetividad (Neue Sachlichkeit), surgida en la Alemania de 1925 como una reacción frente al expresionismo en decadencia. Uno de cuyos adalides el pintor y fotógrafo experimental Christian Schad (1894-1982) inventó una técnica de crear imágenes de objetos en placas fotosensibles sin utilizar una cámara. La precisión exagerada con que reproducía los objetos y las figuras proporcionaba a sus obras un aspecto casi mágico. La fascinación por el objeto en las disecciones desapasionadas o incluso los propios seres humanos convertidos, a veces, en objetos.
Alvaro se ha interesado por el estilo pictóripreciso y la agudeza psicológica de Lucien Freud (1922); así como por el planteo del espacio y el desarrollo del tiempo del cineasta alemán Wim Wenders. En obras como «Día hábil», Alvaro representa espacios cerrados, interiores aislados y acciones que parecen detenidas en el tiempo. El realismo naturalista al que remiten su alusión al racionalismo en arquitectura y su iconografía vinculada con el circo y el teatro en los años '30 y '40, es desarticulado por la atmósfera inquietante que crean sus personajes. Sus telones superpuestos como los del teatro remiten al ambiguo mundo de las obras de Max Ernst (1891-1976), con sus imágenes misteriosas o mágicamente grotescas en las que objetos de la más diversa naturaleza se mezclan sin transición alguna; lo humano con lo animal, lo animal con lo vegetal, lo orgánico con lo inorgánico. Una fantasmagoría realista en los detalles, pero totalmente creativa en su combinación de elementos dispares, su inclusión del azar y las imágenes subsconscientes.
Logra combinar la representación objetiva y la fantasía de forma singular, incluso en obras que a simple vista parecen muy claras, y sólo tras una segunda lectura nos damos cuenta de que el pasado y el presente, la vigilia y el sueño, se conjugan enrareciendo el espacio.
Como los personajes del mexicano Rufino Tamayo (1899-1991), también los de Alvaro son independientes, no se mueven ni se comunican. Por ello, se ha sentido atraído por la obra del realista norteamericano Edward Hopper (1882-1967) cuyas obras aluden al aislamiento de los habitantes de la gran ciudad en estciones de servicio o de tren, bares e incluso en el cine o el teatro. Un artista con el que Alvaro coincide en el gran dominio de los efectos de luz y sombra y la calidad, pero fundamentalmente en su empatía por el destino de la gente común y su vida en una sociedad masificada.
«Desde la figuración, contenida al borde del disparate y apuntalada en la arquitectura de ciertos sueños, Alvaro se juega a trascender el mero oficio e indaga en una metafísica propia», había señalado ya en los años '80, Miguel Briante.
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