19 de noviembre 2001 - 00:00
Amigos, préstamos y dinero en la España post-socialista
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Gerardo Herrero
Periodista: ¿Cómo surge esta historia?
Gerardo Herrero: Buscando un tema contemporáneo, encontré la novela de Belén Gopegui «La conquista del aire». Me gustó el gran palo crítico que pega, sobre nuestra propia generación.
Marta Belaustegui: Es una maravilla de novela, un disfrute, muy atrevida, y muy noble, porque cuenta las cosas sin trampas ni trucos. Ella toca un tema que todos sabíamos, pero nadie había escrito, y crea conflictos que desencadena sin cambiar el tono, tal como a veces en nuestra vida cambia una relación, y uno no sabe exactamente en qué momento cambió.
Bienestar
M.B.: La derrota del Partido Socialista en 1996. Es que ya no era defender el Estado de Bienestar, sino el estado de bienestar propio. Supongo que es muy humano, uno va cediendo a comodidades, y cuando se da cuenta es un poquito tarde. Lo más duro es que al final nuestros personajes no se pueden mirar a los ojos, y pasan la mitad del tiempo queriendo justificarse, con excusas que ni ellos se creen.
G.H.: La premisa clara es que «contra Franco se vivía muy bien». Cómo han cambiado las cosas, que hoy muchos funcionarios de derecha son ex-militantes de extrema izquierda. La ministra de Educación, por ejemplo, era de la Guardia Roja, un grupo maoísta. De todas formas, eso es el trasfondo. La sociedad española está muy despolitizada, y no tendría ningún éxito si me pusiera a contar esos detalles.
P.: Lo principal sigue siendo ese asunto del préstamo.
G.H.: En una amistad de años, la existencia de un préstamo ha roto la relación. No importa que, más tarde o más temprano, el dinero sea devuelto. Es el préstamo lo que altera las cosas (hacerlo a espaldas de la pareja, que luego se ofende, alterar unos proyectos en común, o el orden de prioridades morales, etc). Aparte, que ese préstamo es para un pequeño proyecto laboral, lo que también tiene sus complicaciones.
M.B.: La película, como las obras de teatro que elegimos en mi compañía, me permitió una de las cosas más bonitas de nuestra profesión: hacer pensar, hacer discutir. Porque éste es uno de esos guiones que invitan a discutir. Tú no estás de acuerdo con tal personaje, y tu compañero de mesa lo defiende, y así.
P.: Por eso se llama «Las razones de mis amigos».
G.H.: El título es mío. Belén participó en todo, pero con una condición: que la película tuviera un título distinto al del libro. Pensé en «El préstamo», pero iban a creer que era una de abogados por la calle, tipo John Grisham. Creo que acerté.
P.: Muchos le habrán preguntado lo mismo: ¿a usted también algún amigo le pidió plata?
G.H.: A mí también me pasó, claro. Y es verdad que muchos me lo han preguntado, y es verdad también que muchos se me acercan a contarme un caso parecido, que habían prestado plata, pero nadie, nadie, viene a contarme que se la prestaron. Parece que somos una sociedad solidaria, o incauta, y alguien se está haciendo millonario a costa nuestra. Le cuento algo especial. Al hacer el guión, discutimos qué cantidad iba a pedir nuestro personaje. Debía ser algo difícil de devolver, pero no tanto. Que remordiera la conciencia de uno, por incumplidor, y del otro (que piense «soy un tacaño, cómo me voy a amargar por eso»). Quedamos en poner unos 18.000 dólares. Pues bien, en un reportaje radial, un periodista de Barcelona, lo tengo grabado, me llegó a decir que nuestra historia era ciencia ficción, incomprensible, porque en Cataluña nadie prestaría siquiera un dólar a su mejor amigo. Que para eso están los bancos. ¡Lo tengo grabado!
P.: A propósito, ¿qué tal van sus inversiones como productor?
G.H.: Precisamente ahora debo reunirme con Adolfo Aristarain. Está muy demorado, porque no le gustaba nada de lo que había escrito después de «Martín (h)». Pero antes tengo una coproducción con Argentina, «El alquimista impaciente», una comedia del cubano Juan Carlos Tabío, «Aunque tú no lo sepas», una superproducción con José Luis Cuerda, «El hereje», sobre la Inquisición, el debut de la guionista Angeles González-Sinde, y algo de Ken Loach, a quien ayudo desde «Tierra y libertad» en adelante. Con él nunca gano mucho dinero, pero tampoco tengo fracasos. Y como director, en enero estreno otra coproducción con Argentina, que hice en Iquitos, «El lugar donde estuvo el paraíso», con Federico Luppi, Gastón Pauls y Elena Gálvez, y pienso adaptar «Galíndez», una novela de Vázquez Montalban, sobre el político secuestrado en los '50 por Trujillo y la CIA, algo que también cuenta Vargas Llosa en «La fiesta del chivo». Con unas gano, con otras pierdo. No tengo la ansiedad de quienes trabajan en Hollywood, donde vales lo que tu última película. Tampoco soy indiferente, pero ya estoy preparado.




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