El Museo Nacional de Bellas Artes, su Asociación de Amigos y la Fundación Pettoruti presentan la «Exposición Retrospectiva del Maestro Emilio Pettoruti», que se extenderá hasta fines de enero. Más de 100 obras representativas de cada uno de los períodos del artista platense nacido en 1892 y fallecido en París en 1971 pertenecientes a distintas colecciones oficiales y privadas.
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En esta exposición cuya curaduría estuvo a cargo de Nelly Perazzo, se ha evitado la narración lineal y /o cronológica para que el visitante se deje llevar por la atemporalidad de este artista trascendental.
La muestra está articulada en núcleos de atención, un verdadero logro curatorial a lo que se suma el impecable montaje a cargo del arquitecto Gustavo Vázquez Ocampo. De esta manera se puede comprender la unidad de su pensamiento a lo largo de su vida, la calidad poética , el rechazo de todo efectismo.
Es inevitable pensar que su técnica se emparenta con los artistas del quatrocento-solía insistir que éstos y los primitivos fueron sus maestros-, un color translúcido, un rigor extremo, armonía, organización exacta y formal, una luminosidad corpórea, enceguecedora. Ya sean naturalezas muertas, una puesta de sol en la montaña, una gruta de Capri, arlequines, el sol que penetra por la ventana y cae sobre los objetos hasta convertirlo en un objeto más, una copa-tema que lo apasionaba por su simbología y que trató hasta lograr su total abstracción-revelan su mirada selectiva.
Asociado con el futurismo, el cubismo o el constructivismo, él mismo señalaba que son teorías que un artista debe dominar para hacer una obra valedera. Hay obras memorables como los dibujos realizados entre 1914 y 1917, «Caminantes» (1935), músicos enmascarados en una descomposición de planos, superposición de frentes y perfiles. «El Improvisador» (1937), «Hombre de mi tiempo» (1938), «El Morocho Maula» (1953), «Maru» (1937), una mujer arlequín con mandolina, espectral, que Julio Payró, otro de sus incondicionales admiradores, describió como «plástica pura», «El Quinteto» (1927), «La Canción del Pueblo» (1927), «Vino Rosso» (1940). Hay tres cuadros que consideramos fascinantes: «Tres Cigarrillos» (1935), «El Lápiz del Maestro» (1935) y «El Timbre» (1938) en los que despliega recursos del trompe l'oeil.
La obra de su alta madurez comenzada antes de embarcarse para Europa en 1953, aros, pájaros, farfallas (mariposas), soles ovalados, es absolutamente original, formas con carácter de prismas, color transparente y fieles a la luminosidad mencionada, obras puras, simbólicas. Una muestra que vuelve a enfatizar el significado de una pintura de alto contenido espiritual, una verdadera poética lumínica.
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