22 de enero 2002 - 00:00

Ana Torrent, a cara de póker en Punta del Este

Ana Torrent, casi 30 años después de El espíritu de la colmena
Ana Torrent, casi 30 años después de "El espíritu de la colmena"
(22/01/02) Punta del Este - Dulce como siempre, y bien acompañada, Ana Torrent demostró ser una hábil jugadora de póker, tanto en la ficción como en la vida real. La charla, a bordo del catamarán «Calypso», durante un paseo nocturno por la bahía de Punta del Este. Pocas horas después, y dentro de la muestra «Europa, un cine de Punta», la actriz española presentaría su última película, llamada, precisamente, «El juego de Luna».

Periodista: ¿A qué juego se refiere la obra?


Ana Torrent: Luna
vive del póker. Su padre lo jugaba como profesional, y ella sigue sus pasos, pues es lo que ha vivido desde niña, y además lo disfruta. Hay un componente emocional en eso de seguir algo del padre. Muchas mujeres lo hacen...

P.: Pero pocas con ese oficio.

A.T.: Es lo primero que llama la atención en esta historia. Para hacer mi personaje, visité varios garitos clandestinos -no me pregunte, eso lo organizó la producción-, y me dijeron que no solo hay pocas, sino que además ahora hay menos.

P.: ¿En algo van perdiendo?

A.T.: Este verano, cuando jugaba a las cartas -porque yo también juego al póker, aunque solo entre amigos-, vi que muchas veces era la única mujer del grupo. Creo que entre ustedes tampoco es común que las mujeres jueguen al truco. Será que sienten otras cosas.

P.: ¿Y en su caso?

A.T.: Ya le dije que mi personaje lo disfruta desde niña. Y además le gusta tomarse la vida como un juego. Eso de desafiar, de competir, de ganar. Pero en un momento determinado de su propia vida, se le plantean algunas cuestiones personales, a nivel familiar y a nivel sentimental, que todavía no ha resuelto, y esas preocupaciones empiezan a afectarla en el juego, que ya no es solo su profesión. Y cuando uno se distrae, y empieza a perder en varios frentes, las cosas cambian. Empieza uno a no tener la cabeza en su sitio.

P.: ¿Pese a lo cual sigue jugando?


A.T.:
Algunos de los que viven del juego -vamos, es su manera romántica de verlo-me repetían una máxima: «Cuando pierdes, debes perder poco». Sobre todo, no perder la cabeza. No calentarse. Hombre, tampoco creo que la película hable exclusivamente del juego. En el fondo, está aludiendo al modo en que nos comprometemos con las cosas. Está diciendo que en la vida todas las cosas te pasan factura, y cómo, en momentos determinados, hay que mirarse muy adentro, para saber diferenciar, porque siempre hay diferentes clases de apuestas. «El juego de Luna» habla de la apuesta que se hace con el corazón.

P.: ¿Quién la acompaña en la película?


A.T.: Ernesto Alterio
. Es la segunda vez que trabajo con él. Con el padre, una sola vez, en «El nido», de Jaime de Armiñan, una película que recuerdo con cariño. Desde aquel entonces, soy amiga de la hija de don Jaime, la que hacía de nena estudiosa. Nos vemos siempre. Con otra gente de aquel cine que hice en mi infancia, en cambio, apenas nos encontramos de pasada, cada tantos años. Pero a Victor Erice, que me hizo debutar en «El espíritu de la colmena», y, sobre todo, a los de Armiñán, los sigo viendo. El es un dulce, como dicen ustedes. Aparezco en otra película suya, «El palomo cojo», es un papelito, es nada, pero él me dijo «Es una tontería, pero me gustaría que lo hagas». Por supuesto, cómo no lo iba a hacer.

P.: El personaje que protagoniza en «El juego de Luna» está tomado en tres etapas de su vida: a los 8, los 14, y los 30 años. ¿Se reconoció a sí misma, en las actrices que la interpretaron cuando niña?


A.T.:
Reconocida, no, pero la niñita era increíble, nos dejó a todos fascinados con el gestito retador que tenía. Yo no era tan despabilada...

P.: Igual dejó a todos fascinados. ¿Debió usted copiarle gestos a ella?


A.T.:
La directora, Mónica Laguna, nos juntó a las tres -no muchas veces-, para conocernos, y entender algo del personaje desde un mismo sitio. No nos marcó gestos, pero ya desde la elección de las actrices se entiende que buscó lo que tendríamos en común.

P.: Ultimamente está trabajando con muchas mujeres directoras.


A.T.:
Es casualidad. Simplemente, ahora hay muchas. Y (antes que me lo pregunte) no les encuentro diferencias con sus colegas varones. Puedo tener mayor acercamiento con alguna, pero en eso también tiene que ver la edad.
P.: ¿Usted también dirigiría?
A.T.:
De momento, no lo tengo en mis planes. Me gusta escribir algunas ideas, de vez en cuando me siento a escribir un rato. Y tengo la fantasía de escribir algo a fondo, pero me digo «ahora, a ver si me pongo», y me pongo a hacer otra cosa.

P.: Por ejemplo, ¿qué va a hacer ahora?


A.T.:
Si no lo atrasan, hay un proyecto con Peter Greenaway, bastante complejo, sobre un artista que tiene algo amoroso con mi personaje. Todavía no hay nada firmado, así que tampoco quiero adelantar demasiado. Algunos me dicen que Greenaway ya tuvo su cuarto de hora, y encima es un petulante. Eso dicen. Yo lo conocí, charlamos un par de veces, y me gustó. Me apetece mucho la idea de trabajar con él. Estoy expectante.

P.: Volviendo al tema del comienzo, hay una película que, sospecho, la hizo por deudas de juego: «Sangre y arena», donde le tocaba el papel, bastante deslucido, de la esposa cornuda.


A.T.:
Ah, bueno, ni siquiera es de las que yo prefiera recordar. La hice, solo porque me falló la intuición. La ví una vez, y punto. La que, en cambio, me gustaría ver de nuevo, es «Operación Ogro», de Gillo Pontecorvo, sobre un famoso atentado de la ETA, muy festejado en ese momento. Entonces era muy niña, y sabía poco del tema. Recientemente hice «Yoyes», sobre una exmilitante, un personaje real, al que me acerqué como actriz, y ya la percepción era otra. La reacción de la gente, también. En eso, no puedo poner cara de póker.

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