5 de marzo 2004 - 00:00

Angustiante film italiano

Creceré amándote
"Creceré amándote"
«Creceré amándote» (Lontano in fondo agli occhi, Italia, 2000, habl. en italiano). Guión y dir.: G. Rocca. Int.: A. Refuto, M.G. Galasso, G. Saija, A. Pennarella.

Esta es la clase de películas que aparecen una sola vez en la vida. Se da en una sola sala, una sola semana, sin real promoción, sin posterior salida en video, ajena a todo. Sobre todo, ajena a las modas de cualquier parte. De tono íntimo, aparentemente apagado, con una minuciosa reconstrucción de los pequeños recuerdos de infancia, y una resolución trágica acaso innecesaria, su autor, Giuseppe Rocca, parece haberla hecho como en susurros consigo mismo.

El tema se presta, ya que describe los dolores del crecimiento de un chico napolitano como habrá sido él mismo, alrededor de la Navidad de 1954. Dolores relacionados con las perplejidades del amor, la unción espiritual, la maldad del mundo exterior, y la obsesiva y supersticiosa religiosidad de las mujeres de la casa, una casa donde sólo parece haber faldas, incluida la sotana del tío seminarista, que paradójicamente es casi la única persona animosa que el niño puede encontrar cerca suyo.

Del resto, baste decir que la matriarca absoluta, la abuela, en vez de querer las tres cosas del vals de Rodolfo Sciammarella, «Salud, dinero y amor», reza cada noche pidiendo, por las dudas se muere, «las Tres Gracias del Cielo: Confesión, Comunión, Extremaunción». El dormitorio está lleno de estampitas, en los espejos no conviene mirarse, porque acecha el diablo, y afuera también acecha, detrás de quién sabe qué rostros cambiantes.

Las monjas y las tías amedrentan con sus obsesiones al pobre chico. Que ama a su madre, en cuyos ojos se ve reflejado, porque «las madres llevan a sus hijos en la mirada». Pero un día descubre, impresionado, que también se refleja en los ojos de la chica de la limpieza, y ella en los de él, aunque esto no se relacione precisamente con amor. Mas bien, la muchacha se siente arrastrada a acumular vergüenzas inconfesables con un vago del barrio, al que alienta con bebidas robadas en la despensa, y mensajes que comprometen a la criatura.

Acaso este último hecho recuerde al bello film de Pinter & Losey «El mensajero del amor». Pero el conjunto se emparenta más bien con las delicadas evocaciones de angustias infantiles de otro artista que tampoco está en video, el inglés Terence Davies, homosexual y católico. Ambos apelan, además, al retrato antes que al relato, y a la ambientación recargada y la fotografía sepiada (exquisito Antonio Grambone) en primer término. Como para ver también en piadoso susurro con uno mismo.

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