8 de mayo 2007 - 00:00
Armando Reverón, el cuarto latinoamericano en el MoMA
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«Bailarinas» (1948), del venezolano Armando Reverón. Hasta hoy, sólo habían llegado al
MoMA los latinoamericanos Rivera, Portinari y Matta.
Sus primeras obras muestran sus habilidades plásticas arraigadas en el impresionismo europeo. Pero luego se distancia y desarrolla una retórica propia. Como otros artistas latinoamericanos luego de repetir el viaje ceremonial, ponía fin a la antigua peregrinación a las fuentes europeas, recupera las de su tierra y afianza el regionalismo del que hoy da testimonio esta importante muestra. A partir de 1921 se traslada a a La Guaira -ciudad balcón del Mar Caribe venezolano-, donde pintó la incandescencia de la luz que casi ciega, en sus Paisajes blancos.
«Nunca había visto nada así», dijo el curador de la muestra, Enderfield, acerca de su descubrimiento del artista en la Galería de Arte Nacional de Caracas, donde expuso a los 25 años de su nacimiento el Grupo de La Nueva Figuración. Reverón pintó sus paisajes monocromos, blancos en un primer momento, y más tarde con tonos sepia.
«Es un pintor acromático, que buscó la ausencia del color y se dio cuenta de que, ante la luz tropical, el impresionismo se deshace», dijo Luis Pérez-Oramas, curador de Arte Latinoamericano del MoMA. También representó figuras femeninas desnudas o semivestidas, a veces en grupos, y generalmente con un carácter erótico. Realizó objetos utilizando materiales encontrados, alambre, hilo, plumas, cartón, papel, como lo hizo en la Argentina Antonio Berni, que lamentablemente no llegó al MoMA.
Reverón produjo sus célebres «paisajes blancos» en el pueblo de Macuto, en la costa del Caribe venezolano, donde se recluyó en una casa-taller construida por el mismo, y que llamó El Castillete. Una simple cabaña con techo de paja a la que luego agregó una segunda, como estudio. Allí también pintó a su modelo y esposa india, Juanita, que acompañó su vida de pobreza, aislamiento y precariedad en el pueblo costero de Macuto.
Con Juanita realizó sus muñecasde trapo de tamaño real que modeló para que posaran y hoy también están presentes en el MoMA. En numerosas de sus composiciones sólo pequeños detalles diferencian las figuras humanas de sus muñecas. En una entrevista, Reverón afirmó que la importancia de las muñecas en su vida comenzó después de una larga enfermedad en su niñez: «Desde entonces me interesó el mundo de lo fantástico, de las muñecas que parecen representar personajes pero no hablan. Sólo miran. Me miran y me escuchan».
Su mundo imaginario fue muy rico: objetos que imitaban seres vivientes, esqueletos a medida humana, máscaras y sombreros usados en rituales religiosos. Realizó obras con fuertes sensaciones táctiles utilizando con absoluta libertad soportes y materiales. Logró sus característicos empastes de óleo, gracias a sus pinceles fabricados con tallos de bambú y huesos de animales cubiertos de tela. Con una similar calidad artesanal elaboró sus objetos domésticos que no funcionan, espejos que no reflejan imágenes, botellas a las que no se puede ingresar líquidos o teléfonos que no suenan.
Encerrado en su mundo, aislado en las playas del trópico, Reverón desarrolló la obra singular de un artista libre de seguir movimientos o complacer al mercado.


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