A los 80 años murió ayer el gran escultor Norberto Gómez, autor de obras que atestiguan la violencia de la historia argentina. ¿Cuál es el límite de violencia que puede soportar el hombre sin perder su condición humana? En los restos de los cuerpos modelados por Gómez, la identidad se diluye en el anonimato. Como un exorcista, con la misma ferocidad carnicera de los genocidas, quebrando huesos, destrozando vísceras, amasando muerte, derramando sangre y dándole a la figura humana el mismo tratamiento que a las bestias, el artista enfrentó la dolorosa idea del martirio. A través de estas obras –contaba- pudo liberarse de las pesadillas que lo consumían. “Eran los tiempos en que nadie hablaba sobre lo que estaba pasando. Yo trabajé con mis manos y casi sin pensar. Así conté sin pudor lo que sentía”, recordaba Gómez. Las gravísimas violaciones a los derechos humanos en la década de 1970, centrada en la desaparición del otro, cierra un círculo en el que la violencia argentina estuvo en manos de la feroz dictadura. Su muestra en la galería Tema de David Scheinshon, la “Parrillada” o “El quemado” que recibía a los visitantes del director del Centro Cultural Recoleta, dejaron huellas imborrables.
Murió ayer Norberto Gómez, gran escultor y humanista
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Nacido en Buenos Aires el 2 de marzo en 1941 en una familia de inmigrantes españoles, desde muy pequeño conoció los oficios de ebanista y lutier con su padre y su tío, que además era concertista de guitarra clásica. Tenía 13 años cuando ingresó en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano que dos años después abandonó, en 1956, desencantado con la forma de enseñanza, para trabajar y formarse por su cuenta en talleres como el de Castagnino, atraído en principio por la pintura. Su formación técnica fue en un taller de cartelería, haciendo las grandes marquesinas de los cines en los 60 y 70 y luego como escenógrafo de cine publicitario. En 1965 viajó a París y colaboró en la elaboración de las obras cinéticas que Julio Le Parc presentó en la Bienal de Venecia y en ese mismo viaje asistió a Berni en la tirada de sus grabados dedicados a “Ramona Montiel”.
En 1966, en la Argentina de nuevo, comenzó un camino que lo llevó a exponer, 10 años más tarde, los dibujos y objetos en la icónica galería porteña Carmen Waugh que le valieron, una de esas piezas, el Premio De Ridder de escultura. La vulnerabilidad de lo biológico, la represión y el poder fueron las cuestiones sobre las que volvió una y otra vez. Su obra integra las colecciones del Museo de Bellas Artes y el de Arte Contemporáneo de Rosario. Entre las piezas más recordadas están las Torres de la Memoria que se levantan frente al Río de La Plata, en el Parque de la Memoria.



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