Renovada arteBA se mudó a La Boca y vende más que nunca

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La superación del “síndrome de abstinencia” que produjo en los compradores la pandemia contribuyó al mejor ritmo de ventas e inclusive a optimizar los ánimos.

La feria arteBA está celebrando sus 30 años con obras del mejor nivel, un estupendo montaje en el Estudio Arenas, frente a una dársena de La Boca, y un formato híbrido, presencial y virtual. Con 59 galerías y más de 300 artistas, la Feria, a la que se puede concurrir hasta el domingo, tiene una dimensión abarcable, cómoda para el visitante.

La informalidad de la arquitectura industrial de los viejos galpones y las paredes con ladrillo al descubierto contrastan con las obras cumbre, dignas de un museo, como las pinturas de Antonio Berni de la galería Sur que llegó desde Punta del Este, o la esfera de Julio Le Parc que brilla como un sol escoltada por cuatro de sus coloridos dibujos en la galería Del Infinito. En Ruth Benzacar también deslumbran los “Cumulonimbus nimbostratogenitus/M+M”, de Tomás Saraceno, los mismos que conquistaron al público de todo el mundo en la última Bienal de Venecia.

La nueva y eficaz presidenta de la Fundación arteBA, Larisa Andreani, renovó la Feria, pero comparte la idea de que los museos legitiman el valor del arte en el mercado y para favorecer la compra de obras le brindó continuidad al Programa Matching Funds. Las instituciones elegidas en 2021 recibieron un fondo para adquisiciones que tuvieron que igualar o incrementar para llevarse la pieza elegida. Y las primeras ventas comenzaron el miércoles, cuando los invitados al almuerzo del Banco Santander cerraron las principales compras.

Para comenzar, la Asociación Amigos del Museo de Arte Moderno compró una pintura del rosarino Eduardo Serón en Alejandro Faggioni, una obra de Josefina Labourt en Piedras y otra de Paula Castro en Mite. Luego, los Amigos y la curadora del Malba, Marita García, eligieron un tapiz de Yente (Liliana Crenovich) en Roldán Moderno. El Museo Nacional de Bellas Artes compró una obra de Edgardo Antonio Vigo, mientras la Fundación Klemm se llevó una pintura de Fernanda Laguna de la galería Nora Fisch y, de Crudo de Rosario, la obra de Martín Farnholc Halley. La galerista cordobesa Geo Valdés en The White Lodge festeja el estímulo de una compra del también cordobés Museo Caraffa, un políptico de Elian Chali y una obra de Pablo Peisino. En Waldengallery el Museo Franklin Rawson de San Juan eligió una “Escultopintura” de José Luis Landet. La directora del Museo Fortabat, Ama Amoedo, compró una obra de Mariela Scafati destinada a reunir fondos para el sostén de los artistas en la galería Isla Flotante.

La coleccionista Magdalena Cordero contó que por una pintura de Jorge de la Vega pedían 400.000 dólares en la galería de María Calcaterra, quien en la última feria presencial vendió otra del mismo autor por medio millón y desdeñó la oferta de Eduardo Costantini. Allí mismo, las esculturas de acrílico de Rogelio Polesello y una mona blanca sobre un pedestal de Edgardo Giménez, acaparaban las miradas.

Con un criterio diferente, en el ingreso a la Feria la consagrada Nicola Costantino plantó un puesto de flores, una obra curada por Alejandra Aguado que no resigna el rigor estético ni teórico. Costantino se encargó de poner precios a tono con la crisis económica y ella misma vende las flores de metal esmaltadas por 50 dólares cada una. Así conquistó clientes que se iban con ramos entre sus brazos. Faltan este año las novedades de las galerías extranjeras, pero las suplantan las del interior del país, varias, como Diego Obligado de Rosario, con un estilo sorprendente y por momentos juguetón que recuerda el arte light de los años 90. Allí están dos imponentes floreros del artista Roman Vitali realizados con cuentas de colores translúcidas y facetadas. Diego Obligado contó que un comprador seducido se compró los dos. “¿Puede generar este quiebre del contacto prolongado con el arte que implicó la pandemia, un síndrome de abstinencia?” La respuesta estaba en el aire, en los fuertes abrazos de los reencuentros y en la avidez por comprar que parecía satisfacer un deseo reprimido.

En la galería Calvaresi, los coleccionistas Cecilia Remiro Valcarcel y Horacio Torcello elogiaban el equilibrio entre el vanguardismo de Germaine Derbecq y la contemporaneidad de Paola Vega. Buenos conocedores del arte joven, los coleccionistas Luis Parenti y Dominique Biquard, disfrutaban del formato distendido de la Feria, con música de DJ y champagne a cielo abierto, mientras recomendaban la obra de Damián Crubellati en la galería PM y una visita por el Barrio Joven. La Feria demanda una visita obligada al excelente sector editorial; allí, a pesar de la crisis, las presentaciones de libros se multiplican.

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