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22 de julio 2020 - 00:00

Una muestra de Magda Frank repara una deuda con la artista

Su extensa y fructífera carrera tendió un puente entre Europa y América. Sus esculturas representaron los atributos del arte originario.

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Magda Frank. Uno de sus 20 monumentos emplazados en Francia.

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Las exposiciones de arte más esperadas de la temporada, como las fotografías de Helmut Newton en el Malba o la muestra retrospectiva de León Ferrari en el Museo Nacional de Bellas Artes, están suspendidas. El lunes, cuando se cumplió una década de la muerte de la escultora Magda Frank (Transilvania, 1914-Buenos Aires, 2010), el Museo del Tigre programó una muestra homenaje. Si bien en el contexto del covid-19 los museos son espacios con excelentes posibilidades de adaptación a los protocolos de salud pública, sus puertas físicas permanecen todavía cerradas.

La muestra de Magda Frank, que puede verse de manera virtual en www.magdafrank.com.ar, viene a cumplir una deuda. Su nombre no es ajeno a los circuitos de consagración del arte europeo y argentino, pero su trayectoria es poco conocida. Su extensa y fructífera carrera se desarrolló entre ambos mundos, donde realizó esculturas que ostentan los atributos del arte originario de América. Frank estudió en Budapest y luego en París, ciudad que la albergó cuando escapaba de la persecución nazi. El expresionismo de algunos trabajos está ligado a la muerte, los padecimientos y la destrucción de la guerra; la influencia del cubismo y las formas del arte precolombino, provienen del interés por las manifestaciones de América en pleno auge del primitivismo; la presencia alada de sus ángeles, a la búsqueda de paz.

La familia entera de Frank murió en la guerra, tan sólo sobrevivió un hermano y, al promediar el siglo XX, llegó a Buenos Aires para encontrarlo. Su carrera cobró impulso, pero una beca del gobierno de Francia, la llevó de vuelta a París. Allí la escultura monumental atravesaba un tiempo de esplendor, pero regresó a nuestro país cuando la nombraron profesora de la Escuela de Artes Visuales de Buenos Aires. Las exhibiciones y los premios se suceden entonces. Según la académica Ruth Corcuera, Frank había conocido el arte de América en el Museo del Hombre de París que supo frecuentar Malraux. Y ya en Buenos Aires solía visitar el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti. Corcuera descubre claras similitudes entre su obra y las figuras esculpidas en el dintel de la puerta del Sol de Teotihuacán, “el sitio donde la serpiente aprendía milagrosamente a volar, es decir, donde el individuo alcanza la categoría de ser celeste, por elevación interior”.

Frank tallaba la madera y, sobre todo, la piedra, material que remite a la idea de eternidad. Sus ojos entrenados descubrieran las formas cúbicas, geométricas, constructivistas en suma, de la arquitectura de piedra del universo precolombino. En sus esculturas abstractas de morfología totémica, se adivina la potencia de las manos del hombre que hace milenios habitó esta tierra. Sólida y cargada de energía, su obra remite a los ancestros del nuevo mundo, trae al presente la cultura que estuvo perdida en la noche de los tiempos.

En la década de 1960 Frank se radicó de nuevo en París, participó de numerosos salones y de la Exposición Internacional de Escultura Contemporánea en el Museo Rodin. En 1964 realizó su primera escultura monumental y la dedicó a su hermano Béla, muerto en la guerra. En estos años su obra se vuelve atemporal y serena. Sus esculturas revelan el mestizaje y la fusión sincrética de un arte donde resuena un lenguaje ancestral. Ese mismo mensaje escucharon los artistas Josef y Anni Albers, integrantes de la Bauhaus que escapando de los nazis llegan al Black Mountain Collage de North Carolina, y así descubren el arte de México y Perú. Anni, que había concurrido al taller de Arte Textil de la Bauhaus y frecuentado el Museo Etnográfico de Berlín, influida por el arte aborigen escribió ‘On Weaving’, una suma de su experiencia que dedicó “a mis grandes maestras, las tejedoras del antiguo Perú”.

Frank realizó alrededor de 20 obras monumentales con la modalidad site specific para edificios y espacios públicos de Francia. En ese ir y venir permanente, llegó en 1977 a su tierra natal, exhibió sus obras en el Museo Vasarely de Budapest y en varias salas de Hungría. En 1995 regresó a la Argentina y construyó el espacio que hoy alberga su obra, la Casa Museo Magda Frank en el barrio de Saavedra.

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