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E l verano de 1998 trajo consigo el caso Lewinsky, un escándalo sobrealimentado por los medios que puso en juego la moral de todo un país. Fue el año «en que el pene de un presidente estuvo en la mente de todo el mundo, y la vida, con toda su desvergonzada impureza, confundió una vez más a Norteamérica». Quien así lo evoca es Nathan Zuckermann, conocido alter ego de Philip Roth y su valioso comodín a la hora de cuestionar los costados más oscuros de la identidad norteamericana. En este caso, intenta iluminar y darle algún sentido a ese tumultuoso verano en el que, sorpresivamente, revivió «la pasión más antigua de Estados Unidos: el éxtasis de la mojigatería». «La mancha humana» actualiza el affair Clinton-Lewinsky para proyectar sobre él el drama de un individuo, Coleman Silk -ex decano de la Universidad de Athena (pequeño pueblo de Nueva Inglaterra) y distinguido profesor en lenguas clásicas-que un día presenta su renuncia tras haber sido acusado injustamente de racista por un comentario al pasar y sin mala intención. Sus amigos y colegas le dan la espalda y Silk se encierra en su rabia y su dolor porque, entre otras cosas, está convencido de que su mujer murió por el disgusto. Un par de años más tarde inicia una relación clandestina con una empleada de limpieza, 30 años menor que él y analfabeta. Nuevamente vuelve a quedar en la mira de las buenas conciencias del pueblo que sólo ven en esa relación una prueba del perfil abusivo y maltratador de este apuesto septuagenario. Zuckerman decide reivindicar a Coleman Silk escribiendo un libro, cuya estructura no tiene del todo clara, pero como el lector adivinará de inmediato, se trata de la novela -escrita por Roth-que tiene entre sus manos. De ese modo, el autor brinda un complejo y abarcativo retrato de la sociedad norteamericana y da cierre a la trilogía iniciada con «Pastoral americana» y «Me casé con un comunista».
En «La mancha humana» reaparecen la vieja inclinación por la caza de brujas. Roth también se ocupa de las relaciones entre vida pública y privada, de los peligros que engendra el someterse a lo políticamente correcto y de los efectos de un pasado esclavista. Más allá de su paralelo con el escándalo sufrido por Clinton, la vida de Silk se abre en secretos senderos y se entreteje con la de personajes que representan a distintos sectores sociales e ideologías.
Pese a su multiplicidad, la novela nunca pierde integridad ni coherencia. Pero en definitiva se trata de una gran novela, con pasajes de un lirismo cautivante y a la vez demoledor (como el ubicado en la página 298, que da sentido al título). Sorprende la lucidez y audacia con que Roth -siendo él mismo un septuagenario- es capaz de radiografiar una etapa tan reciente de la historia norteamericana y de brindarle una proyección humana y universal.
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