22 de enero 2004 - 00:00

Atrapante historia sobre afectos y deslealtades

Atrapante historia sobre afectos y deslealtades
«Corazones abiertos» («Elsker dig for evigt», Dinamarca, 2002, habl. en danés) Dir.: S. Bier; Guión.: A. T. Jensen; Int.: S. Richter, N. Kaas, M. Mikkelsen, P. Steen, S. Bjerregaard.

Irónicamente, el título original de esta historia de amores cambiados dice «Te quiero para siempre». El título de distribución internacional, en cambio, habla de corazones abiertos, lo que también es una ironía. ¿Cuán abiertos estamos para aceptar que el ser querido tenga otro amor, o para animarnos a empezar de nuevo, con otro sostén sentimental?

Un joven ama a su chica, que es de las que quieren y necesitan ser amadas, pero cuando el muchacho sufre un accidente, él tiene la enorme rabia y también la amarga lucidez de empujar a la joven a alejarse de su lado. Y justo el marido de la mujer que involuntariamente causó el accidente, se ofrece para cualquier cosa que ella necesite...

Tal es el planteo hecho, concisa y admirablemente, en los diez primeros minutos de película. Nadie es del todo culpable de lo que pasó, ni de su incapacidad para controlar sus sentimientos, pero cada uno tiene también su cuota de responsabilidad. Por una parte hay un lisiado, una buena esposa, una hija adolescente que además está sufriendo sus primeras decepciones amorosas, y dos chicos. Por otra parte, hay una sensación muy fuerte, y una renovada conciencia de lo frágil y breve (y acaso lo egoísta) que puede ser la felicidad del amor.

La historia es atrapante. El guión y los intérpretes son muy buenos, y el público puede sentirse bien movilizado, a favor o en contra de tal o cual personaje, como pocas veces ocurre. Pequeño detalle: se trata de una película danesa Dogma, y como tal fue hecha con sonido directo (lo que quizá moleste a los daneses, pero no a nosotros, que tenemos subtítulos) y con luz «natural», lo que en este caso favoreció a la directora Susanne Bier, al aprovechar « naturalmente» el tono rojo habitualmente asociado a la pasión.

Como un antojo de estilo, puso también unos pocos insertos granulosos, de ojos en papel revelador. Ningún plano más fuerte, sin embargo, que el clásico y brevísimo de los dos hijos menores, de espaldas a la cámara, mirando la puerta blanca por donde acaba de irse el padre.

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