20 de marzo 2007 - 00:00

Atroz pesadilla real de la era nazi con buenos actores

"Camino del cielo (Himmelweg)" de J. Mayorga. Dir.: J. Eines. Int.: V. Laplace, H. Roca, R. Merkin y elenco. Esc. y Vest.: J. Ferrari. Ilum.: F. Monti. (Sala Casacuberta TGSM.)

Aun con sus defectos de puesta (compensados con buenasactuaciones, sobre todo la de Ricardo Merkin), merece versela obra de Juan Mayorga sobre una cruel puesta enescena en un campo de concentración nazi.
Aun con sus defectos de puesta (compensados con buenas actuaciones, sobre todo la de Ricardo Merkin), merece verse la obra de Juan Mayorga sobre una cruel puesta en escena en un campo de concentración nazi.
El episodio puede parecer producto de una pesadilla, pero ocurrió en la realidad. A mediados de 1944, los prisioneros de un campo de concentración debieron fingir ante un comité investigador de la Cruz Roja que llevaban una vida normal y tranquila en lo que aparentaba ser un pequeño ghetto judío, con su teatro, escuela y sinagoga. Como se supo más tarde, todo fue una patraña ideada por los nazis para limpiar su imagen ante el resto del mundo.

¿Cómo alguien pudo pasar por alto semejante fraude y redactar posteriormente un informe favorable? Este es uno de los interrogantes que plantea «Camino del cielo», junto a otros cuestionamientos que ponen al descubierto lo mejor y lo peor de la raza humana. No se trata de «La lista de Schindler», sino de la poetización de un hecho histórico en el que es posible detectar muchas de las patologías del mundo de hoy.

El dramaturgo español Juan Mayorga, autor de «Hamelin» y «El traductor de Blumemberg» -ya estrenadas en Buenos Aires-, aboga por un teatro de ideas. Su campo es la filosofía (se doctoró en 1997), por eso no sorprende que su búsqueda de la verdad prescinda del modelo brechtiano y de toda pretensión pedagógica. «Camino del cielo» se inicia con un monólogo de tremenda lucidez a cargo de un representante de la Cruz Roja.

Es la visión de un hombre, corroído por la culpa, que sólo puede resignificar lo que vio cuando ya es demasiado tarde. El se consuela pensando: « aunque hubiera escrito otra cosa, nada hubiera cambiado», pero en el fondo sabe que pagará por ese error el resto de su vida. «Escribo una y otra vez el informe cada noche», confiesa desolado.

Lo que sigue después es la puesta en marcha de una representación masiva dirigida por el comandante de campo, en la que los prisioneros deben simular escenas de la vida cotidiana y mostrarse felices. Como era de esperar, los ensayos fracasan una y otra vez puesto que nadie está en condiciones de fingir que ama o que juega en libertad, cuando su vida pende de un hilo. El jefe nazi recreado por Mayorga se pavonea de su amplia cultura, cita a escritores y filósofos y teoriza sobre actuación, sin poder disimular el desprecio que siente por sus prisioneros, mientras somete a su « asistente de dirección» (el judío Gottfried) a todo tipo de torturas psicológicas.

La interpretación de Ricardo Merkin como líder natural de la comunidad judía resulta en verdad conmovedora. El actor ofrece una amplia gama de emociones (temor, servilismo, melancolía, dignidad, desesperación y hasta un atisbo de rebelión) casi siempre desde el silencio.

Víctor Laplace, por su parte, maneja elegantemente su rol de nazi con delirios mesiánicos. Quizás, debería ahondar un poco más en la vileza de este personaje, que con su mezcla de refinamiento y crueldad tiene más de Aníbal Lecter que de militar ilustrado. No obstante, hay que reconocer que Laplace maneja con habilidad los chistes de humor negro y dosifica adecuadamente los estallidos de furia de este depredador.

Horacio Roca (el hombre de la Cruz Roja), establece desde el vamos una cálida cercanía con el público. El actor tiende a subrayar la fragilidad de su personaje y casi dan ganas de perdonarle su cobardía; pero si se lo escucha con atención, será posible detectar en su discurso los prejuicios que oculta su aparente bonhomía. Los demás integrantes del elenco resultan muy creíbles en su doble rol de víctimas y de falsos actores. Tanto el vestuario como el desolado pedazo de tierra que imaginó Jorge Ferrari aportan la ambientación adecuada. Cabe señalar, sin embargo, que la puesta de Jorge Eines (radicado en Madrid desde hace varias décadas) abunda en signos escénicos (zapatos y ropa desperdigados por el escenario, muñecos en reemplazo de los «actores» muertos, etc.), y todos estos elementos, sumados a la permanente presencia del elenco, pueden llegar a abrumar al espectador o hacer que no preste la debida atención a las trampas y deslices que acechan en cada frase.

«Camino del cielo» es una pieza de diálogos intensos que sacude la conciencia sin necesidad de provocar lágrimas y, además, tiene la audacia de introducir una inquietante reflexión acerca de «la melancolía del actor». Por su calidad dramática y sus valores éticos merecía abrir la temporada del San Martín.

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