20 de marzo 2007 - 00:00
Atroz pesadilla real de la era nazi con buenos actores
"Camino del cielo (Himmelweg)" de J. Mayorga. Dir.: J. Eines. Int.: V. Laplace, H. Roca, R. Merkin y elenco. Esc. y Vest.: J. Ferrari. Ilum.: F. Monti. (Sala Casacuberta TGSM.)
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Aun con sus defectos de puesta (compensados con buenas
actuaciones, sobre todo la de Ricardo Merkin), merece verse
la obra de Juan Mayorga sobre una cruel puesta en
escena en un campo de concentración nazi.
Víctor Laplace, por su parte, maneja elegantemente su rol de nazi con delirios mesiánicos. Quizás, debería ahondar un poco más en la vileza de este personaje, que con su mezcla de refinamiento y crueldad tiene más de Aníbal Lecter que de militar ilustrado. No obstante, hay que reconocer que Laplace maneja con habilidad los chistes de humor negro y dosifica adecuadamente los estallidos de furia de este depredador.
Horacio Roca (el hombre de la Cruz Roja), establece desde el vamos una cálida cercanía con el público. El actor tiende a subrayar la fragilidad de su personaje y casi dan ganas de perdonarle su cobardía; pero si se lo escucha con atención, será posible detectar en su discurso los prejuicios que oculta su aparente bonhomía. Los demás integrantes del elenco resultan muy creíbles en su doble rol de víctimas y de falsos actores. Tanto el vestuario como el desolado pedazo de tierra que imaginó Jorge Ferrari aportan la ambientación adecuada. Cabe señalar, sin embargo, que la puesta de Jorge Eines (radicado en Madrid desde hace varias décadas) abunda en signos escénicos (zapatos y ropa desperdigados por el escenario, muñecos en reemplazo de los «actores» muertos, etc.), y todos estos elementos, sumados a la permanente presencia del elenco, pueden llegar a abrumar al espectador o hacer que no preste la debida atención a las trampas y deslices que acechan en cada frase.
«Camino del cielo» es una pieza de diálogos intensos que sacude la conciencia sin necesidad de provocar lágrimas y, además, tiene la audacia de introducir una inquietante reflexión acerca de «la melancolía del actor». Por su calidad dramática y sus valores éticos merecía abrir la temporada del San Martín.


