Los cambios políticos, los odios internos, los sucesivos ocupantes del sillón del Instituto y la dirección del Festival y, desde luego, el mazazo brutal de diciembre de 2001, con default y devaluación, lo terminaron reacomodando a la realidad.
El sueño terminó: hoy Mar del Plata se alinea, más realista, con los festivales de La Habana o Gramado, y los discursos se adecuan a esa nueva filosofía:
De todas formas, y aun con el poco glamour o la insuficiente «cinefilia» con la que tanto gozan algunos en el festival municipal del Hoyts Abasto, es bueno que Mar del Plata siga haciéndose. Decentraliza las exhibiciones, le permite al público marplatense, a estudiantes y jubilados, diez días de proyecciones variadas y baratas (lo del «boom» turístico durante el Festival es otra fantasía, por supuesto), y sobre todo mantiene la tradición en un país muy poco proclive a hacerlo.
No son tiempos de rutilancia y vaya a saberse por cuánto más seguirá siendo así. Sin ir más lejos, la partida del «tren de las estrellas» desde Constitución se produce en días en los que hasta resulta peligroso acercarse a esa estación ferroviaria por la alta inseguridad. Allí se arriesgarán hoy, a las 10, el mismo
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