4 de febrero 2005 - 00:00
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Manuel Iedvabni: «Me encantaría poder dirigir alguna vez una obra de los nuevos dramaturgos argentinos, pero casi todos ellos sólo quieren dirigirse a sí mismos».
Iedvabni siempre estuvo más cerca del drama que de la comedia, aunque ahora dice que quiere tomarse un descanso con una obra más liviana. Desde su debut como director teatral, en 1954, dirigió más de una veintena de obras de autor nacional y alredededor de cuarenta clásicos (entre ellos Chejov, Molière, Calderón y en especial Bertolt Brecht). Entre sus puestas más celebradas figuran «Conversación en la casa Stein» de Peter Hacks (que sueña con volver a reponer con la actriz Ingrid Pelicori) y «La bestia en la luna», que actualmente ofrece funciones en Buenos Aires y Mar del Plata.
Periodista: Antes de hablar de su nueva puesta sáqueme de una duda. Si le interesa tocar distintas cuerdas en teatro ¿cómo es que nunca trabajó con los nuevos dramaturgos argentinos?
Manuel Iedvabni: A mí me encanta la nueva dramaturgia argentina, lo que lamento -bueno, es una manera de decir- es que estos nuevos autores dirijan sus propias obras y no dejen espacio para otro director. A mí me encantaría dirigir una obra de Rafel Spregelburd, Javier Daulte, Daniel Veronese o de Federico León, pero ellos montan sus propias obras. Los autores que vienen a mí escriben el mismo tipo de teatro que dirigí toda la vida. Hay una frase de Tadeusz Kantor que me quedó grabada: «La única estética que me interesa es la mía». Es de una franqueza extraordinaria y hasta me da gracia, pero no coincide en absoluto conmigo.Yo quiero probar otras cosas, por eso elegí la obra de Gavran.
P.: Bien, ¿y cómo llegó a interesarse en esta obra?
M.I.: «Acerca de las mujeres» fue estrenada hace cinco años en Zagreb y de inmediato fue traducida a varios idiomas. A mí me interesó de inmediato. Esta es la primera de sus obras que se estrena en la Argentina y no me extraña que haya tenido tanto éxito porque es una comedia muy agradable y de fácil impacto popular. Esta compuesta por cinco historias que se alternan y entrelazan sin solución de continuidad.
P.: ¿Qué tipo de personajes aparecen?
M.I.: Dos hermanas que se disputaron el mismo hombre y ahora tironean de su madre por la misma cuestión; dos mujeres muy amigas cuya vínculo entra en crisis ante la aparición de una tercera; tres secretarias de una empresa muy importante disputando el mismo puesto; tres niñas de un jardín de infantes y su mirada sobre sus padres y, por último, tres ancianas de un geriátrico que dan cierre a la obra bailando en una especie de show. Son dieciséis cuadros, que exigen a las actrices una enorme versatilidady permanentes cambios de vestuario y pelucas a la vista del público.
P.: ¿Qué fue lo que más le atrajo?
M.I.: Su juego teatral. No todas las situaciones son risueñas, algunas son densas de verdad, pero están envueltas en un tono amable, gracioso, y yo, como necesitaba descansar de mí mismo, pensé: «Bueno, ahora voy a divertirme un rato a ver qué pasa». Ya sé que me va a durar poco, porque en abril tengo que empezar a ensayar «Guachos» de Carlos Pais, es un drama sobre el tema de la identidad.
P.: ¿La risa gratifica más que el aplauso?
M.I.: Así es. Además, estoy encantado con el trabajo de estas actrices.
P.: ¿Lo atrapó el universo femenino de la obra?
M.I.: En primer lugar no creo en ese tipo de clasificaciones, son seres humanos. Sí claro, son mujeres, no me confundo de sexo, estos personajes no podrían ser interpretados por hombres. Lo que quiero decir es que no soporto las generalizaciones. Es absurdo decir las mujeres son de tal o cuál manera, porque cada persona es un mundo. Son historias con mujeres solamente, pero el que quiera sacar alguna conclusión sobre lo femenino en general, que lo haga... pero no por cuenta mía.
Entrevista de P. E.




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