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7 de octubre 2004 - 00:00

Bella historia de trasfondo religioso

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«Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera», es una sencilla parábola del habitualmente más truculento director coreano Kim Ki-duk.

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La acción transcurre en un pequeño monasterio flotante, anclado en el medio de un lago rodeado de tupidos cerros. Ahí apartados viven un monje, su gallo, y su discípulo. Conoceremos a éste en la primavera de la infancia, cuando todo es descubrimiento, y entre los primeros aprendizajes también está eso de no hacerle a los demás lo que nadie quisiera que los demás le hagan a uno. Sin enunciados: el niño les ata piedras a unos animales, y el maestro le ata una buena piedra al niño, de la que sólo podrá liberarse cuando solucione el daño que ha hecho... si puede solucionarlo. La enseñanza implica obediencia, paciencia, y riesgo. Y cada tanto, un buen castigo corporal, porque eso de la pedagogía moderna todavía no les ha llegado.

Ese capítulo se desarrolla como un verdadero cuento oriental, sólo que no disfrutaremos el clásico remate. Al contrario, el rostro final del chico nos dice que ha aprendido, pero que su vida nunca será fácil. Luego viene el verano de la adolescencia, con el llamado de la carne a través de una joven que busca remedios, no exactamente para melancólicos, aunque la receta sea parecida. El monje acepta los hechos como algo natural, pero advierte que la lujuria despierta el deseo de posesión, que conlleva el impulso de destrucción.
La película es agradable, y sólo le caben dos reproches menores: una música algo efectista, y, cerca del desenlace, unos planos congelados del propio director luciendo su estado físico en ejercicios de artes marciales. Esos planos no van con el tono de la película, lo alteran inútilmente. Y el hombre termina mostrando la hilacha.

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