«El hombre que camina». Idea, coreografía y dir.: P. Beamonte y A. Garat. Esc.: A. Vázquez y M. Ibáñez. Mús.: J.M. D'Angelo y P. Huguet. Ilum.: O. Pacheco. Vest.: P. Beamonte. (Centro Cultural Recoleta, Sala Villa Villa, de jueves a domingos.)
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El lenguaje de la danza contemporánea viene sufriendo transformaciones, por lo menos en nuestro medio, que tienen más que ver con la investigación y la reformulación espacial donde se desenvuelve que con una verdadera revolución en su estructura interna. Así resulta de la visión de «El hombre que camina», una suerte de performance de 55 minutos ideada por las coreógrafas Pilar Beamonte y Ana Garat, en la que el público participa activamente con el movimiento (gira su cabeza hacia los puntos de atención, mueve su cuerpo para observar las acciones arriba, bajo sus pies y en los cuatro lados de un gran cubo al lado del cual debe pararse), generándose una interacción involuntaria pero que justifica su presencia en el centro de un universo visual sumamente atractivo y energizante.
Coreográficamente esta experiencia no despierta demasiado asombro ya que los movimientos y diseños reiteran maneras conocidas de desplazamientos grupales e individuales, aunque sí lo provoca la estructuración del espacio escénico usado metafóricamente para exponer pautas evolutivas del hombre en su continuidad vital. Con referencias al pasado, casi con una intención neorromántica, inclusive con gusto en lo gótico de inspiración literaria, se enfrenta con violencias varias que estimulan la memoria del espectador hacia un pasado doloroso.
La belleza espacial del ámbito con la sugerencia de un esquema lumínico revelador, las tensiones dramáticas surgidas a partir de la dinámica casi acrobática del grupo de intérpretes (principales y extras), dueños en su conjunto de buena plasticidad y un mundo sonoro diverso y compulsivo que los empuja en distintas direcciones conforman las bases de una experiencia que se sostiene sobre una idea clara acerca de la evolución y la impulsión del cuerpo hacia zonas desconocidas. La añeja sensación de que el río en que nos bañamos una vez nunca volverá a ser el mismo es posible que asalte al espectador luego de ver «El hombre que camina». La danza futura tampoco lo será. E. V.
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