27 de diciembre 2004 - 00:00
Bellas Artes pretende más obras (sin pagar)
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Obra del creador Guillermo Ueno que forma parte de un lote recién adquirido por el Malba.
Bellucci, sin más costo que ejercer -acaso en demasía- el poder que le otorga su cargo transitorio, cosecha donaciones sin dificultad. Porque, se sabe, no hay artista argentino que no aspire a formar parte del patrimonio del Bellas Artes, rico en obras de los grandes. León Ferrari fue el más generoso: además de donar obras de su autoría, legó la colección de 342 fotografías de su padre Augusto, artista y constructor de iglesias que retrataba modelos ataviados como santos o apóstoles, para luego transportar esas imágenes a los muros de las iglesias.
Hay tres artistas, Margarita Paksa, Ferrari y Román Vitali que figuran como donantes, pero el resto de los legados corre por cuenta de coleccionistas, como Juan y Tini Cambiaso, Alejandro Estrada, Marie Jo Cardinal, Delfina Helguera, Alec y Felicitas Oxenford, Luis y Dominique Parenti, Sofía y Máximo Speroni y los galeristas Gary Nader y Alberto Sendrós, entre otros. Además, el mayor aporte al patrimonio, 24 obras del arte argentino más actual seleccionadas por los curadores Marcelo Pacheco e Inés Katzestein, fue comprada por el Malba.
Allí figuran los jóvenes Sergio Avello, Leo Battistelli, Feliciano Centurión, Diego Bianchi, Beto de Volder, Fabián Burgos, Magdalena Jitrik, Daniel Joglar, Sebastián Gordín, Ruy Krigier, Jorge Macchi,Adriana Pastorino, Cristina Piffer, Guillermo Ueno y Adriana Miranda, entre otros, que recibieron una justa remuneración.
Más allá de todo, culmina un año positivo para las bellas artes, de intensa creatividad, pese a que los turbulentos episodios del Centro Cultural Recoleta, que se reiteraron en la galería Elsi del Río y el Cabildo de Córdoba, sumados a la renuncia de Corinne Abadi al Espacio Fundación Telefónica (que no exhibirá más arte por considerarlo conflictivo) y el abrupto enfrentamiento entre la artista Catalina León y su galerista, Alberto Sendrós, dejan un amargo resabio en quienes, más allá de la búsqueda desembozada del marketing a través del escándalo, aspiran a consolidar una eclosión del talento que puede pasar inadvertido si la sociedad no se sensibiliza para percibirlo.
El lúcido teórico francés Guy Debord (1931-1994) prevenía: «El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que, en última instancia, no expresa sino su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño». Así, con estos confusos y tristes episodios, la obra de arte, cuyo poder es incitar a la reflexión y socavar la pasividad y el aturdimiento, acabó convirtiéndose en un espectáculo más, sumándose a la trivialidad.
Las expresiones de las máximas autoridades de Cultura de la Nación, José Nun, y de la Ciudad, Gustavo López, defendiendo la libertad de expresión de uno de los bandos de una guerra que no tiene sentido, y subestimando la responsabilidad del cargo que ocupan, acrecentaron resquemores y un sentimiento de perplejidad generalizada.


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