27 de diciembre 2004 - 00:00

Bellas Artes pretende más obras (sin pagar)

Obra del creador Guillermo Ueno que forma parte de un lote recién adquirido por el Malba.
Obra del creador Guillermo Ueno que forma parte de un lote recién adquirido por el Malba.
La Argentina es tierra de paradojas. Hace unos días, el director del Museo de Bellas Artes, Alberto Bellucci, envió cartas a algunos artistas argentinos y a sus herederos, pidiéndoles que donen obras a la institución, pues el Museo no cuenta con recursos para pagarlas. Hace poco más de un mes, el gobierno planeaba contratar al chino Ieoh Ming Pei, autor de la Pirámide del Louvre y del hotel Four Seasons de Nueva York, para transformar el edificio del Correo Central «en un Centro Cultural como el Pompidou», sueño que en una versión más humilde (es decir, sin arquitecto chino) había acariciado el ex secretario de Cultura, Rubén Stella. A nadie se le ocurrió preguntar a cuánto ascenderían los honorarios de uno de los arquitectos más cotizados del mundo. Pero dinero para pagar el trabajo de los artistas no hay.

Bellucci
, sin más costo que ejercer -acaso en demasía- el poder que le otorga su cargo transitorio, cosecha donaciones sin dificultad. Porque, se sabe, no hay artista argentino que no aspire a formar parte del patrimonio del Bellas Artes, rico en obras de los grandes. León Ferrari fue el más generoso: además de donar obras de su autoría, legó la colección de 342 fotografías de su padre Augusto, artista y constructor de iglesias que retrataba modelos ataviados como santos o apóstoles, para luego transportar esas imágenes a los muros de las iglesias.

Aunque lo cierto, y a pesar de que la invitación es tentadora, varios artistas se negaron a donar sus obras. Lo primero que objetaron fue «el carácter de la carta, donde no figuraban sus nombres, sino que estaba dirigida a un anónimo 'Señor/a'». Luego, cuando reclamaron algún modo de pago, puesto que la obra es su único patrimonio, aseguran que Bellucci no respondió.

En el apuro y de un día para el otro, el Museo de Bellas Artes, que posee más de 10.000 obras y sólo exhibe alrededor de 1.500 por falta de espacio, incrementó su patrimonio con una selección que se exhibe en la actualidad y que muchos consideran arbitraria, donde figuran trabajos de artistas tan disímiles como Antonio Berni, Nicolás García Uriburu, Pérez Celis, Armando Rearte, Lorenzo Gigli, Juan Pablo Renzi,Alfredo Portillos, Edgardo Giménez, Horacio Zabala, Noemí Di Benedetto, Héctor Giuffré, Víctor Chab, Marcos Otero, Julio Pantoja, Carlos Gallardo, Nicolás Goldberg y Daniel Mordzinki, entre otros.

En todo caso, lo criticable es la confusión que genera el poner en un mismo plano estas donaciones con las de la Fundación Antorchas, Sara Facio o María Luisa Bemberg, cuyo carácter filantrópico está mejor definido. El Bellas Artes, como cualquier museo del mundo (hasta el flamante MoMA, al que le critican haber gastado 858 millones de dólares en el edificio y sólo 1 millón en obra de arte contemporánea), tiene baches en sus colecciones. Pero nadie se ufana de mendigar.

En España, hasta la década del 90, sólo se exhibían pinturas de la primera época de Picasso, y recién en la prosperidad tardía del país, comenzaron a comprar obras significativas de otros períodos.

Los museos, cuando gozan de cierto prestigio, ofician como legitimadores de la calidad y la cotización del arte. En este sentido, el Malba, que exhibe en estos días sus nuevas donaciones, adquisiciones y comodatos, demuestra que -sin ser demasiado estrictos- se puede equilibrar la balanza, y no perder el poder orientador que ejerce un museo sobre el coleccionismo privado.

Hay tres artistas,
Margarita Paksa, Ferrari y Román Vitali que figuran como donantes, pero el resto de los legados corre por cuenta de coleccionistas, como Juan y Tini Cambiaso, Alejandro Estrada, Marie Jo Cardinal, Delfina Helguera, Alec y Felicitas Oxenford, Luis y Dominique Parenti, Sofía y Máximo Speroni y los galeristas Gary Nader y Alberto Sendrós, entre otros. Además, el mayor aporte al patrimonio, 24 obras del arte argentino más actual seleccionadas por los curadores Marcelo Pacheco e Inés Katzestein, fue comprada por el Malba.

Allí figuran los jóvenes
Sergio Avello, Leo Battistelli, Feliciano Centurión, Diego Bianchi, Beto de Volder, Fabián Burgos, Magdalena Jitrik, Daniel Joglar, Sebastián Gordín, Ruy Krigier, Jorge Macchi,Adriana Pastorino, Cristina Piffer, Guillermo Ueno y Adriana Miranda, entre otros, que recibieron una justa remuneración.

Más allá de todo, culmina un año positivo para las bellas artes, de intensa creatividad, pese a que los turbulentos episodios del Centro Cultural Recoleta, que se reiteraron en la galería Elsi del Río y el Cabildo de Córdoba, sumados a la renuncia de
Corinne Abadi al Espacio Fundación Telefónica (que no exhibirá más arte por considerarlo conflictivo) y el abrupto enfrentamiento entre la artista Catalina León y su galerista, Alberto Sendrós, dejan un amargo resabio en quienes, más allá de la búsqueda desembozada del marketing a través del escándalo, aspiran a consolidar una eclosión del talento que puede pasar inadvertido si la sociedad no se sensibiliza para percibirlo.

El lúcido teórico francés
Guy Debord (1931-1994) prevenía: «El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que, en última instancia, no expresa sino su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño». Así, con estos confusos y tristes episodios, la obra de arte, cuyo poder es incitar a la reflexión y socavar la pasividad y el aturdimiento, acabó convirtiéndose en un espectáculo más, sumándose a la trivialidad.

Las expresiones de las máximas autoridades de Cultura de la Nación,
José Nun, y de la Ciudad, Gustavo López, defendiendo la libertad de expresión de uno de los bandos de una guerra que no tiene sentido, y subestimando la responsabilidad del cargo que ocupan, acrecentaron resquemores y un sentimiento de perplejidad generalizada.

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