7 de abril 2001 - 00:00
"Big Brother" editorial: revelan más intimidades sobre Cary Grant
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Cary Grant .
«El gusto de Cary es excelente», sentenció Edith Head, la diseñadora de vestuario más famosa de Hollywood, ganadora de ocho Oscar. «No sólo es el hombre más atractivo del mundo, sino también el que mejor se viste».
Al capítulo de vestuario corresponde uno de sus hábitos más extravagantes: usaba ropa interior femenina; quizá porque su madre lo vestía de niña de pequeño. Una de sus amantes, Maureen Donaldson, describió las bombachitas femeninas del actor: «No tenían casi encajes ni volantes y parecían ba-ñadores de hombre».
Detalles como éste alimentaron rumores sobre su homosexualidad, que lo acompañaron toda la vida. Murmuraciones alentadas por la gran cantidad de amigos gays que frecuentó desde los tiempos difíciles de su juventud, recién emigrado a Estados Unidos. Pero ningún chisme pudo eclipsar su atractivo para los espectadores. Las cuatro décadas que permaneció en activo, entre los años '30 y '60, le permitieron demostrar que podía lucir con igual brillantez en géneros alejados de la come-dia, como el melodrama («Tu y yo»), las aventuras («Gunga Din») y el suspenso, sobre todo dirigido por Alfred Hitchcock.
Cultivó, incluso, el musical, primer género en el que trabajó, en los escenarios de Nueva York, nada más llegar de Inglaterra, a principio de los años '20. Fue, además, la escandalosa y provocadora Mae West, la Madonna de la época, la que lanzó su carrera en el cine. Por si fuera poco, adoptó el nombre artístico de Cary por el personaje del musical Nikki, con el que logró su primer éxito teatral, y le añadió un apellido elegido al azar de una agenda de direcciones.
El secreto de su éxito fue crear un tipo humano al que todos hemos soñado asemejarnos alguna vez. Incluso el propio Cary Grant, su inventor. «¿Cómo se llama usted?», le preguntó en una ocasión el recepcionista de un hotel. «Cary Grant», respondió él. «Pues no se le parece», le replicó sorprendido el empleado. «Ya lo sé. Nadie se le parece», reconoció sonriendo. ¿Se puede expresar mejor la envidia que la estrella sentía por el personaje que lo hizo inmortal? «He pasado -llegó a reconocer-la mayor parte de mi vida oscilando entre Archie Leach y Cary Grant, inseguro de cada uno, dudando de los dos.».
Su incertidumbre se hizo oficial en 1942, año en que se convirtió en ciudadano americano y adoptó legalmente su apelativo artístico, renunciando a su nombre original, Archibald Alexander Leach, que le impusieron al nacer el 18 de enero de 1904 en un barrio humilde de la ciudad inglesa de Bristol. Pero la miseria no fue su mayor desgracia infantil.
Con diez años, un día volvió a casa y no encontró a su «mamá». Su padre, un planchador alcohólico, la había recluido en secreto en un manicomio para poder vivir libremente con su amante, pero le contó a su hijo que se había ido de viaje. Hasta que supo la verdad, Grant odió a su madre por abandonarlo. Un sentimiento que tiñó de desconfianza todas sus relaciones con las mujeres.
Se casó cinco veces: con tres actrices: Virginia Cherrill, con la que vivió entre 1934-'35, Betsy Drake, entre 1949 y 1959, y Dyan Cannon, de 1965 a 1968, una millonaria: Barbara Hutton, 1942-1945, y una relación pública, Barbara Harris, de 1981 hasta que el actor murió. Se dice que Sofia Loren rechazó su proposición de matrimonio.
Pero sólo los psiquiatras y el LSD aliviaron sus males emocionales. Esta droga, que empezó a tomar en los años '50, le permitía ver «imágenes serenas de hermosura increíble». Dyan Cannon, en cambio, le acusó de ser un «apóstol del LSD» y de comportarse con ella de modo «cruel e inhumano».
Se retiró del cine en 1966, genio y figura, con una comedia, «Apartamento para tres». Dedicó sus últimos años a los negocios, como directivo de la Metro Goldwyn Mayer y de la casa de perfumes Fabergé. Aunque parezca increíble, nunca ganó un Oscar por su labor ante la cámara, pero la Academia enmendó su olvido y le honró con una estatuilla especial en 1970, «sólo por ser Cary Grant». Murió 16 años después, de apoplejía, el 29 de noviembre de 1986. Pidió que su epitafio fuera: «Tuvo suerte y lo sabía». Su cuerpo fue incinerado; y sus cenizas, echadas al viento.
Su figura, sin embargo, sigue tan presente que está prevista la instalación de una estatua suya en Bristol. Una celebración a la que van a asistir su hija única, Jennifer, y su última esposa, Barbara. Las mismas a las que advirtió que, una vez enterrado, se diría lo peor sobre él. El tiempo les ha demostrado que Cary Grant no contaba con que sus películas serían su mejor defensa.




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