18 de noviembre 2005 - 00:00
"Bodas de Fígaro" con audacias justificadas
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La desprejuiciada puesta de Marcelo Lombardero, plena de referencias sexuales, se ajusta perfectamente
al espíritu de una ópera cuyos personajes buscan el placer desesperadamente y
a cualquier precio.
Mozart aprovecha la filosa palabra del escritor para componer una ópera-escalpelo que traza un sutil corte longitudinal en las relaciones humanas de vísperas de la Revolución Francesa. Los signos de la decadencia moral están enquistados y sólo necesitan un estímulo para estallar, en una suerte de locura de los sentidos.
Lombardero pide a sus cantantesactores acciones diversas: gestos y actitudes obscenas, alguna «fellatio» alternada entre Susana y Fígaro y múltiples referencias sexuales en unas bodas compartidas por casi todos los protagonistas. Con audacia pero elaborada con inteligencia, la régie de «Las bodas de Fígaro» contrapone el orden de las simetrías escenográficas -bellos diseños de Siliano- a los desórdenes espirituales de los personajes mozartianos.
Guillermo Brizzio dirige una versión musical de rotunda contundencia, quizá alejada de las propuestas más recientes brindadas por los especialistas mozartianos. En el reparto hay más que un equipo, figuras que sobresalen por canto y actuación (Víctor Torres, Mariana Rewerski, Ana Laura Menédez, Ricardo Cassinelli y Carlos Sampedro), junto a otros que fluctúan entre lo aceptable y lo poco feliz (una incómoda Graciela Oddone, un meritorio Nahuel Di Pierro, y unos fatigados Marcela Pichot y Gui Gallardo). El resto bien, igual que el juvenil coro dirigido con pericia por Juan Casasbellas.



