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16 de octubre 2006 - 00:00

"Boris Godunov": la obra con que se despide el Colón

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Para Mario Pontiggia, régisseur de «Boris Godunov», siempre se comete el error de representarla de manera «espectacular»: «Es una ópera amarga, no es ‘Aída’», dice.
Como último título lírico en su sala antes del cierre por restauración hasta mayo de 2008, el Teatro Colón pondrá en escena la versión original de «Boris Godunov», de Modest Mussorgsky, con textos del mismo compositor basados en la obra de Alexandr Pushkin y en la «Historia del imperio ruso», de Nicolai Karamzin.

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La primera función de esta ópera en prólogo y cuatro actos será mañana a las 20 (media hora antes de lo habitual dado la extensa duración) con una sola función vespertina a las 17, que se llevará a cabo el domingo 22. La dirección musical será asumida por Stefan Lano y la régie es obra del artista argentino, nacido en Las Flores, Mario Pontiggia, con quien colaboran el escenógrafo Diego Siliano, la diseñadora de vestuario Daniela Taiana y el iluminador Rubén Conde.

Pontiggia es egresado del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, fue asistente por largo tiempo de Pier Luigi Pizzi, del que repuso varios espectáculos en el mundo. La última producción de Pontiggia para el Colón fue hace diez años con un título mozartiano, «La clemenza di Tito», que él mismo califica como «un desastre» cuando la dirección de entonces suprimió la realización de su diseño escenográfico y tuvo que arreglarse con lo que tenía a mano. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo encara esta versión original de «Boris Godunov»?

Mario Pontiggia: Al revés de la visión que siempre se tiene de «Boris» aquí y en el mundo, que es un gran cuento ruso, como si fuera «El zar Saltán», por ejemplo, mi puesta no tiene nada de eso. Primero porque la obra no tiene ningún momento donde insinúe algo de esperanza, ya que Mussorgsky tiene una visión pesimista de la realidad de su país. Tomemos la famosa frase del «Inocente» que termina con «llora pueblo ruso, llora lágrimas amargas, vendrán días más aciagos...» Con un final así no se puede hablar de «un cuento ruso»...

P.: Carece es espectacularidad entonces su versión.

M. P.: Exacto. La versión que estamos haciendo está lejos de la pompa y la, redundancia a la que se está acostumbrado. Al contrario, aparece como una obra seca y vacía, árida. Es muy moderna, por eso se entiende que la hayan rechazado. Habrán dicho en ese momento «esto no es una obra», ya que no tiene nada de ese ropaje a la Glinka o a la Rimsky. Esta versión hace que cuándo uno se plantea llevarla a escena y sigue la música, es imposible poner toda la parafernalia que en las versiones de Rimsky-Korsakov se justifican más. Intento una realización mucho más severa. Mussorgsky se centra en los personajes... La espectacularidad en él no existe.

P.: ¿Y la escena de la coronación?

M.P.: Estamos acostumbrados a esa escena triunfal al modo de «Aída», pero aquí al modo de «Aída», pero aquí es muy distinto. La hice tal cual lo pide la partitura y lo único que se dice ahí es «Sale un cortejo de la iglesia, pasan con la corona, entran a otra iglesia. Sale Boris de ella. El pueblo trata de entrar en la iglesia y la guardia lo reprime». Punto. Lectura filológica, sólo he hecho eso. Importa mucho en la ópera la presencia del pueblo: éste es un pueblo que espera, un pueblo que es inducido, un pueblo comprado, un pueblo que sufre.

P.: Usted reconoce vinculaciones del libreto de Mussorgsky basado en Pushkin, con algunos códigos dramáticos del teatro de Shakespeare?

M.P.: En Pushkin, la génesis de «Boris» reconoce un origen shakespeariano. Tengo una intuición: yo creo que Boris tiene mucho de «Ricardo III» y también de « Macbeth», el conflicto es parecido: una persona de buenas intenciones que es inducido por otros. Lo que la Lady es en Macbeth, aquí lo es Shuisky. A esto hay que agregar todos los conflictos de Ricardo III, la red de conjuras, intrigas y violencia. De ahí que me concentrado en el personaje central. Se van a encontrar con un espectáculo muy severo. El tiempo es vago, aunque Boris habita el 1600. La puesta es realista y lo que me interesó mostrar es ese alejamientodel personaje del pueblo, que siempre lo asusta, lo condiciona, lo agobia. Boris siempre está en un plano superior con respecto al pueblo. Quizá significando la soledad que conlleva el poder.

P.: Cómo se desarrolló su carrera luego de estos diez años de ausencia de la Argentina?

M.P.: Cuando vine hace diez años al Colón yo ya estaba en Italia, trabajé en varias producciones, colaboraba con Pizzi. Más tarde estuve como director de producción en la Opera de Montecarlo durante ocho años y hace cuatro estoy como director artístico del Festival de Opera de la Gran Canaria, la ciudad de Alfredo Kraus. Allí me va muy bien y cuando terminecon el «Boris» debo volver allí. Me espera mucho trabajo.

P.: ¿Qué es lo que menos le gusta de su trabajo de regista?

M.P.: Perder el tiempo en cosas inútiles. Peleas, intrigas. Lo que detesto es no divertirse con la profesión. Yo me considero una persona trabajadora y me he encontrado con mucha gente con mi misma actitud. No me gusta la gente que se toma tan en serio todo, que no lo puede disfrutar. Esas personas que se creen elegidas de las musas para tener una función en la tierra, yo digo: «por Dios, si todos somos artesanos».

Entrevista de Eduardo Giorello

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