Buen examen de una matanza inmotivada

Espectáculos

«Elefante» («Elephant», EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir. y guión: G. Van Sant. Int: A. Prost, E. Deulen, J. Robinson, E. McConnell, J. Taylor.

Aunque hermético si no se lo explica, el nombre de esta notable película inspirada por las masacres de estudiantes norteamericanos a manos de compañeros encierra lo que su director, Gus Van Sant, no quiso hacer: bajar línea de ninguna clase, básicamente. El título alude a una parábola hindú sobre unos ciegos que, al tocar sólo partes del cuerpo de un elefante, arriesgan diversas descripciones de un todo que no alcanzan a aprehender. Del mismo modo, el espectador de «Elefante» es guiado por Van Sant a través de un día en la vida de los alumnos de una escuela secundaria de Oregon, que acaba en tragedia sin que en ningún momento haya indicio alguno, ni explicación -única al menos- de lo que allí está a punto de suceder.

Al contrario de Michael Moore, que en «Bowling for Columbine» utilizó la matanza perpetrada en una escuela de esa ciudad para potenciar su denuncia contra el abuso de armas en la sociedad norteamericana, Van Sant se limita a mostrar diferentes partes de ese animal informe que es la vida de estos chicos y que podrían, o no, entrañar conductas psicóticas.

En el mismo inicio de su película, hay un adolescente que llega tarde al colegio por evitar que su padre, borracho, se estrelle con el auto. Y en los constantes recorridos de la cámara, siguiendo a cada uno de los personajes principales (vale decir los asesinos y los asesinados en su mayoría), puede verse a unas chicas que luego de almorzar frugalmente se provocan vómitos en el baño con total naturalidad. Por supuesto, también se ve cómo los dos responsables del crimen colectivo reciben las armas que encargaron por internet y comentan sus próximos pasos como si se tratara del videogame que estuvieron jugando.

Lo estremecedor del film de
Van Sant está justamente en esa ilusión de cotidianeidad que logró crear sin temor al aburrimiento del que mira. En primer lugar, eligiendo a sus actores entre chicos desconocidos (sólo hay dos o tres profesionales en los papeles adultos), y en un guión evidentemente permeable a las improvisaciones.

Luego viene la decisión de acompañar con largos planos secuencia o con la cámara fija situaciones rutinarias: una clase de gimnasia, un chico que revela fotos casi en tiempo real, conversaciones intrascendentes, etcétera. La cámara, además, muchas veces mira al cielo generando imágenes de melancólica belleza.

Lo mejor, las mismas situaciones filmadas desde distintos puntos de vista y mostradas (el montaje también es del director) en diferentes momentos, así como una banda de sonido que incluye a
Beethoven sólo porque un muchacho toca «Para Elisa» en el piano, una mezcla hecha de sonidos naturales o, simplemente, el silencio más abrumador.

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