31 de marzo 2001 - 00:00

Buenas muestras se unen en el tema de la memoria

En el triángulo formado por el Palais de Glace, el Centro Cultural Recoleta y el Museo de Bellas Artes, se concentran en estos días exposiciones de primer nivel. Y con una condición especial, varias de estas muestras revisten un interés muy particular para los argentinos: exhiben un pasado que invita a la reflexión.

«El Tesoro de la Memoria», en el Palais, está dedicada a revisar a través de obras de arte y objetos de uso cotidiano la historia de la inmigración italiana en nuestro país. El montaje tiene su gracia: el acceso a la exposición simula el descenso de un barco y el ingreso a un puerto. Las valijas de época y la música lírica imponen al espectador desde su arribo el clima de la nostalgia.

Lo que sigue son los testimonios de la cultura y el trabajo de los inmigrantes que a fin y principio del siglo arribaron a una tierra que consideraban «de promisión». La arquitectura, el teatro, la literatura y, sobre todo, las bellas artes -aunque la selección no es demasiado rigurosa-, ocupan un lugar fundamental en este relato.

En primer lugar, con el efecto de choque de los imponentes calcos en tamaño natural de «La piedad» y el « Moisés» de Miguel Angel, realizados en la escuela De la Cárcova. Luego están las pinturas de artistas italianos o descendientes de italianos, y algunos retratos de personajes. Como el de la hermosísima soprano Regina Pacini, diva a la que durante ocho años Marcelo Torcuato de Alvear cortejó por los teatros de Europa liquidando estancias y propiedades, hasta que ella finalmente cedió ante sus ruegos. Un escándalo para la sociedad porteña, poco dispuesta a aceptar que el aristócrata se casara con una actriz.

Desde la retrospectiva, esos años argentinos parecen idílicos, casi fantásticos, con las vacas engordando solas, los precios agrícolas internacionales estables y en ascenso, las cosechas más que satisfactorias, el peso en alza y plena ocupación, con miles y miles de inmigrantes de la Europa paupérrima llegando a nuestro puerto y realizando aquí su sueño americano.

El registro de ese sueño está en los primeros arados de factura tosca, en la elemental maquinaria de las primeras bodegas dedicadas a elaborar el vino, en los profusos bordados que engalanan la ropa, en una gastada tabla para lavarla y en la inmaculada «biancheria».

Al cruzar el Recoleta se llega hasta la vibrante «vanguardia rusa», un preludio del rigor stalinista y, además, a « Hacer memoria es construir futuro. A 25 años del golpe militar», muestra que permite avanzar en el análisis de la historia argentina. La exposición ocupa las principales salas del Centro y los artistas que participan, haciendo una concesión, cedieron protagonismo al tema que inspiró su obra. Hasta el punto que varios de los trabajos son anónimos.

«El objetivo -señala Liliana Piñeiro, una de las curadoras- fue poner en evidencia las marcas que las intervenciones artísticas dejaron en la memoria y que, usadas para poner énfasis en el reclamo, se convirtieron en íconos. El mejor ejemplo es 'El siluetazo' -agrega-, la unión del arte con un reclamo social.»

Las fotografías, muchas anónimas, muestran el drama de un modo frontal; aunque no ocurre lo mismo con la interesante obra de Miriam Peralta, que logra representarlo de un modo casi abstracto, con unas cuerdas que soportan la más extrema tensión. Juan Carlos Romero y Carlos Boccardo realizaron juntos una instalación: una piedra (o un material que la imita) que ostenta un hueco y grietas en su superficie. En la sala Cronopios reeditaron «Identidad», la prolija secuencia de fotos de desaparecidos en la que intercalan espejos donde se refleja el rostro del espectador.

En el Museo de Bellas Artes,
Diana Dowek aborda el mismo tema: sus enrejados son metáforas de la opresión. Pero avanza hacia el presente con la caótica fragmentación de edificios públicos emblemáticos, que se adivinan como representaciones de la inestable situación actual.

Otro mundo absolutamente diferente es el que ofrece la extensa serie de pinturas metafísicas del italiano
Carlo Carrá. En suma, se trata de un mundo más sólido, quieto y estable, donde el tiempo parece haberse detenido con amable cortesía. Los artistas, sin lugar a dudas, funcionan como sismógrafos del terreno social y en la obra del italiano se percibe el espíritu del tiempo que le tocó vivir.

La pintura metafísica, que surgió con Carrá y Giorgio De Chirico en 1917, luego de la Primera Guerra Mundial, se ocupó de hacerle tascar el freno al dinamismo futurista. Nada se mueve en las poéticas escenas y en los paisajes de Carrá; por el contrario, son expresiones de un mágico e intenso momento de sosiego.

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