20 de marzo 2007 - 00:00

Burnett, un rebelde que se lleva bien con Hollywood

CharlesBurnett: «elenemigo no esHollywood,sino la genteque no sabe loque hace perotiene títuloshabilitantes».
Charles Burnett: «el enemigo no es Hollywood, sino la gente que no sabe lo que hace pero tiene títulos habilitantes».
Mar del Plata (enviado especial) - Sin las presiones ya de cargar con un Festival al hombro, como presidente del Jurado, el afroamericano Charles Burnett, pionero del cine negro independiente, se ve más relajado, disfrutando del buen tiempo marplatense que no tuvo en el debut con temporal. Burnett trajo «Matador de ovejas» (1977), hoy en el Tesoro Fílmico de la Biblioteca del Congreso de EE.UU., «Dormir con rabia» (1990), comedia con Danny Glover como un inquilino que reprocha a los dueños de casa el olvido de sus raíces, y «Encendidos por las llamas del diablo» (2002), de la serie «The Blues», producida por Martin Scorsese.

«Encendidos...» se ambienta en el conflictivo Mississippi de los '50, algo que Burnett conoce de sobra, porque nació allí en 1944, y participó activamente en las luchas por los derechos civiles. Pero él no hace bandera de esto, ni reclama demasiado contra las miradas erróneas ni los estereotipos hollywoodenses, en parte porque está luchando contra otros estereotipos relativos a un film épico que filmó en Namibia, y tiene a medio armar. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Cómo se llevó con Scorsese?

Charles Burnett: En general me llevo bien con todos los productores. Generalmente están del lado de uno. A todos quienes hicimos «The Blues», Scorsese nos dijo: «aquí está el dinero, pero la mayor parte es para pagar derechos de autor». Yo precisaba más, se lo expliqué, logré convencerlo. Todo pasa por la comunicación. El productor confía si uno le dice la verdad. Además, el presupuesto nunca es totalmente realista. Uno lo arma pensando cuánta plata puede atraer, pero hasta que no aparezca no es plata segura. El productor entiende eso, y entonces negocia, oculta efectivo para que no pretendas gastar todo alquilando una grúa carísima, etc. Es decir, te protege. En cambio los estudios son otra cosa. Sus oficinas deciden hasta los mínimos detalles, te convierten en un empleado para la puesta en escena, y luego te echan la culpa si la película fracasa. Puede que paguen bien, pero uno no crece artísticamente, y tampoco fracasa por cuenta propia.

P.: ¿Le resulta sencillo estrenar sus películas?

C.B.: Ya no estamos en los '70. Hoy casi todos quieren exhibir solo super éxitos. Una solución sería pasarse al digital y crear una red de salas digitales de cien butacas cada una. Suena tan sencillo.

P.: ¿Hollywood es el malo de la película?

C.B.: El verdadero enemigo es el que no sabe lo que hace. Un ejemplo: en un film para Oprah Winfrey, justo el último día de rodaje, un influyente con chapa de licenciado en literatura inglesa quería que desarrolláramos la relación entre dos personajes sin relevancia, e insistía en eso, sin comprender que alteraba la producción y también el ritmo y equilibrio de la historia. Encima ni sabía escribir la escena. Muchos tienen título y no saben contar una historia. Otros no advierten cuestiones raciales básicas.

P.: ¿Cómo le fue en Namibia?

C.B.: Es lindo, sufrido, aún guardo la imagen de los niños vigilando que los leones no se coman las vacas. El gobierno quería un film sobre su lucha por la independencia, centrado en su líder y primer presidente, Sam Najima, y ambientado entre 1938 y 1966, cuando empezó la guerra definitiva. Yo me sentía culpable de tomar del presupuesto de cultura, y quizá de salud pública, de ese país pequeño, con solo dos multicines, que hasta entonces solo había dado becas de menos de 2000 dólares a sus jóvenes, para que grabaran algunos documentales.Y, por otro lado, tampoco lograría una muy buena película política sobre un proceso de independencia, como «Queimada!», de Gillo Pontecorvo, porque eso requiere mucho presupuesto, y una mirada crítica.

P.: ¿Qué otros problemas se le presentaron?

C.B.: No querían que incluyera mujeres en lucha activa contra la represión blanca, siendo que ellas habían cumplido un papel fundamental, fueron las primeras en lanzar piedras contra los oficiales, y las primeras en morir. En eso debí ponerme firme. Otro problema es que muchos participantes de esa lucha siguen vivos, y exigen que aparezca tal o cual episodio famoso en que participaron, lo que alargaría la película, o rechazan algún otro episodio que no los deja bien parados, o, peor, deja bien parados a los de otra tribu. Para colmo hay diez tribus, cada cual muy celosa de la otra, y cinco lenguas diferentes. Y lo más difícil: en esa guerra todos hicieron cosas terribles. Y todos querían poner algo de cosmético, para destacar que eran los buenos. Descubrí que quienes me contrataron eran considerados traidores. Y que Najima estaba perdiendo popularidad. Busqué entonces, como equilibrio, un personaje sin estigmas, sin sombra de corrupción ni de abuso del poder. Forzosamente, un niño, que llevaría los nombres de los dos únicos héroes intachables cuya memoria es respetada por todas las tribus.

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