31 de octubre 2002 - 00:00

Camarada Indiana Jones

Harrison Ford
Harrison Ford
«K 19-The Widowmaker» (id., EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: K. Bigelow. Int.: H. Ford, L. Neeson, S. Spruell y otros.

El K-19 fue un submarino nuclear soviético con el que Moscú quiso amenazar, en plena guerra fría, la costa atlántica de los Estados Unidos. Su viaje inaugural fue desastroso y estuvo a punto de desencadenar una tragedia atómica cuando falló uno de sus reactores. La tripulación, se cuenta en este film, lo bautizó el «widowmaker», es decir, el «fabricante de viudas», porque la mala estrella lo signó desde su misma fabricación; en ella murieron varios hombres, incluyendo al médico militar en un extraño accidente, y los signos ominosos se completaron durante su botadura: la botella de champagne no se rompió.

Sin embargo, los «hechos verdaderos», dijeron algunos veteranos rusos al ver este año la película, se limitan a que el viaje efectivamente no alcanzó su destino, y al incidente con la botella. Aparentemente, todo lo que se ve en el interior del submarino sólo ocurrió en la imaginación del guionista, por cierto menos frondosa que lo habitual en Hollywood. «K 19» no es «La caza al octubre rojo» y mucho menos «Das Boot» («El barco»), una de las mejores películas modernas sobre submarinos, producida por los alemanes. Por empezar, hay que superar un escollo no menor: ver a Harrison Ford y a Liam Neeson como altos oficiales moscovitas, con su acento correspondiente, desafía la credulidad del espectador de hoy. Han pasado muchos años desde que a un actor le bastaba con beber vodka y decir «niet, camarada» para que el público lo aceptara como villano rojo. Esta película es «seria», pero a los más memoriosos les recordará la desopilante «Ahí vienen los rusos, ahí vienen los rusos», cuando Alan Arkin interpretaba al capitán de un submarino comunista que naufragaba en una playa americana en los años 60.

Sin embargo, las flaquezas no terminan allí. Dirigida por Kathryn Bigelow, una mujer de periscopios tomar, «K 19» tiene momentos más o menos logrados como film de suspenso y acción, aunque poco novedosos en el subgénero submarinista, empezando por la harto previsible escena inicial de peligro que resulta un simulacro. Pero su mayor debilidad se delata en la cíclica reiteración del juego de poder interno.

A saber: el capitán natural del submarino es Polenin (Neeson), pero antes de la partida el Kremlin le impone un superior, Vostrikov ( Ford), familiar de un alto jerarca del Politburó. Conflicto de mando: la tropa está con Polenin, pero éste, un buen comunista, ordena obedecer al recién llegado aunque masque resentimiento. ¿Obedecerá Polenin las órdenes temerarias y demenciales de Vostrikov? A veces sí, a veces no. Se enfrentan, se respetan, se desafían, la tripulación titubea, se emborracha, y todo vuelve a empezar. Un conflicto demasiado sumergido y extenso como para despertar excesivo entusiasmo.

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