"Casanova"

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«Casanova» (íd., EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: L. Hallström.Int.: H. Ledger, S. Miller, J. Irons, O. Platt, L. Olin y otros.

Decir Casanova en cine es decir, casi inevitablemente, Fellini. Por eso, antes de ver esta película, hay que olvidarse por completo de la versión del genio de Rímini, de aquellas compulsivas flexiones amatorias de Donald Sutherland, y de esa Venecia fantasmal con aguas de henchido hule negro. El nuevo «Casanova», por suerte, no trata de competir con su ilustre antecedente ni de incurrir en una de esas tantas «biografías auténticas de personajes malditos», que suelen derivar en aburridos cruces de enciclopedia con impostaciones (como la del marqués de Sade en «Letras prohibidas»).

La actual versión de la vida del aventurero veneciano es una comedia romántica livianísima, casi vaporosa, y a la vez seductora, que puede verse con tanto placer como se escuchan las composiciones más sencillas del también veneciano Vivaldi, cuya música sonoriza la película. El cineasta sueco Lasse HTMllstrom ya está hecho a la medida de Hollywood, y su «Casanova» tiene tanto que ver con la historia del personaje real como «Chocolate», una de sus películas anteriores, tenía que ver con la política francesa de los años '60. Como director, HTMllstrom sigue vendiendo chocolate, y sabe venderlo.

En el nuevo film, el famoso mujeriego está interpretado por Heath Ledger (que fue el vaquero Ennis en «Secreto en la montaña», pero allí no perseguía mujeres), con una caracterización acorde al espíritu de la comedia: nada de gravedad, nada de alma torturada, nada de lo que fue en verdad Giacomo Casanova, quien además de patológico seductor también tuvo tiempo para la política y la filosofía. Ledger da una imagen hasta casi inocente del personaje. Es singular que Hollywood se valga hasta de Casanova para dar lecciones de moral: la trama, que no excluye elementales enredos, cambios de identidad y situaciones cercanas a las farsas picarescas de la avenida Corrientes (más refinadas, desde luego, y con toda la carga de maquillaje y vestuario de Hollywood), acusa ese fondo edificante, al plantear la posibilidad de que el protagonista logre alguna vez enamorarse de verdad y abandone su carrera de libertino. Esa intención será resuelta con un sorpresivo «twist» final.

Para ello, el guión se vale de la figura de una mujer real de la que Casanova dio testimonio en sus «Memorias», Francesca Bruni (interpretada por la bellísima Sienna Miller), aunque el auténtico papel en su vida también está distorsionado. El encuentro entre ambos, entrecruzado con los que tienen personajes secundarios directamente relacionados con ellos, se origina en la escena de un duelo muy bien resuelta, momento en que la película parecería orientarse al mismo espíritu de la reciente «El mercader de Venecia».

Francesca, como Porcia en Shakespeare, se traviste de hombre, juega con sus varias identidades, y hasta se da la coincidencia de que el severo inquisidor Pucci, que llega desde Roma con la intención de ejecutar a Casanova y poner orden en la corte del flexible dux veneciano, está interpretado por Jeremy Irons, quien últimamente parece contratado con exclusividad por la ciudad de los canales.

Divertida subtrama del film es la aventura de la madre de Francesca (Lena Olin), quien hasta no hace mucho fue vampiresa en el cine y que todavía, por cierto, se merecería papeles de mujeres mucho más jóvenes que los que interpreta en todas las películas de Hallström. Claro, es su esposo.

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