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9 de septiembre 2026 - 15:18

Chiche Gelblung, el hombre que vivió al límite

Chiche Gelblung construyó durante casi seis décadas una trayectoria marcada por la audacia, la pasión y un estilo periodístico propio. De la gráfica a la radio y la televisión, dejó una huella que trascendió géneros y formatos.

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Chiche Gelblung. Una trayectoria de casi seis décadas marcada por la audacia y un estilo periodístico propio.

“Todo lo que usted escuchó sobre él es cierto”: la frase, con la que la película “Amadeus” definió a su protagonista, podría ser aplicada a la vida y obra de Chiche Gelblung, el hombre que hace medio siglo no sólo reinventó el periodismo gráfico, antes de ser estrella de la radio y la TV en los 90, sino que a la vez forjó una leyenda propia, que tuvo tantos admiradores como detractores (y muchos de ellos, si eran colegas, por una envidia no siempre bien enmascarada). Tuve la suerte de trabajar con él durante unos seis años, en Ambito primero y más tarde en Radio Libertad.

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La carrera de Chiche, casi sesenta años de periodismo y siempre en primer plano, tuvo enormes éxitos y algunos fracasos, pero nada de lo que hizo fue sin pasión. Absolutamente nada: si algo lo aburría lo abandonaba e iba en busca de otra cosa. “El cielo es el límite”, repetía a sus más cercanos. No toleraba el achanchamiento, la rutina. Quiso probar todo, vivir todo, y no pocas veces debió cargar con sus equivocaciones.

Su pasión fue de todo menos contagiosa -al menos, no con el mismo fuego-, porque ponérsele a la par, en especial en sus años jóvenes, no era sencillo: para Chiche, el ejercicio de la profesión lo exigía todo, incluyendo la postergación de la vida privada, el descanso, las vacaciones, los francos. Su concepto del periodista estaba más cercano al del artista (con lo que supone de entrega total, y también de show) que al del trabajador que cumple un horario: durante sus años en la editorial Atlántida, donde llegó a dirigir la revista “Gente” y la transformó en un éxito sin precedentes, exigía a sus subordinados una entrega similar, lo que no siempre se materializaba u obedecía. Hasta sus superiores le temían, o desconfiaban, porque si bien las publicaciones que editaban crecían en tirada y publicidad gracias a él, sentían a la vez que se enfrentaban a una personalidad inmanejable que podría llevarlos fácilmente a cualquier clase de conflicto.

Chiche Gelblung. De las redacciones a la radio y la televisión, construyó una de las figuras más reconocibles del periodismo argentino.

En su credo periodístico, no existía otra meta que la obtención de la mejor nota posible, y nada debía interponerse a ese fin: si era necesario viajar de un momento al otro, se viajaba al destino más insólito y peligroso; se camuflaba la identidad, se cruzaba entre balas en distintas guerras (¿estuvo en todos los frentes donde afirmaba haber estado?: eso también forma parte de su leyenda, que él mismo alimentó); se hurgaba donde nadie se había atrevido a hurgar; se pensaba lo que a nadie se le había ocurrido pensar. Y si la realidad se obstinaba en no ceder, se la vencía del modo que fuere (“Nunca permitas que la verdad se interponga entre vos y una buena nota”: esta es la frase más famosa que sus enemigos le atribuían, pero que él tampoco se preocupó por desmentir).

Quizá sin proponérselo, Chiche aplicó el “pensamiento lateral” al periodismo, la forma de pensar algún hecho de manera distinta de todo el resto, el lado B de la noticia, y eso le permitió generar un nuevo estilo, ganar la fidelidad de cientos de miles de lectores, y hasta la furia temporaria, o perenne, de algunas víctimas de sus investigaciones (que se tomaron décadas para volver a saludarlo o invitarlo a almorzar en su programa). Él, que detestaba el esnobismo de expresiones académicas como “Nuevo Periodismo”, había fundado uno a su manera, el “Estilo Chiche”.

Era raro que Gelblung se conformara fácilmente cuando un tema lo atraía de verdad: fue así como una noche de 1971, en las oficinas de Atlántida –entre los cientos de ejemplos que se podrían dar--, después de la hora de cierre de la revista, le hizo una pregunta a su compañero de redacción, Alfredo “Pingüino” Serra, cuando el resto de los periodistas ya estaban en casa. Eran los meses del caso de los rugbiers accidentados en la Cordillera, los de “Viven”, cuando los sobrevivientes ya habían dicho casi todo y la prensa, en general, parecía haber cerrado el asunto. A Chiche, en cambio, no le cerraba que los restos del avión no hubiesen aparecido. Entonces le propuso a Serra: “¿Vamos?”. Y fue así como días después, tras muchas pesquisas detectivescas y entre laderas nevadas, encontraron el retorcido fuselaje y las páginas de “Gente” dieron vuelta la historia. En aquellos tiempos no era fácil ser periodista, y mucho menos unos pocos años después. Él asumió algunas posiciones de las que después se arrepintió, pero quienes lo critican con rapidez suelen ignorar que, por otras de sus posturas, no sólo había sido amenazado sino que le pusieron una bomba en su casa, lo que lo llevó a exiliarse en España.

Chiche Gelblung y Julio Ramos en un viaje a Rusia.

Chiche provenía de una familia de clase media baja, con padre comunista (filiación que también él hizo suya, y de la que nunca dejó de jactarse). Como otras figuras del periodismo nacional, su educación no fue formal: debió trabajar desde muy chico y, como solía repetir, no llegó a terminar ni la escuela primaria. Eso no le impidió una formación autodidacta constante, lo que junto a su poderosa intuición y capacidad de ver lo que otros no veían, lo convirtió en una pluma única. Porque, justamente, esa es una de sus facetas menos recordada hoy, en pleno dominio del audiovisual.

A su regreso de España, en los años 90, se integró a la redacción de Ambito Financiero, donde también dejó una profunda huella. Con sus artículos en la página central, este diario terminó de dar el estirón, de completar el sostenido crecimiento que experimentaba desde mediados de los 80, con la primicia del Plan Austral y la incorporación de secciones que lo expandieron más allá de lo económico y político. Chiche acercó una enorme cantidad de lectores, dirigió hasta una colección de cocina gourmet, y demostró que no había temas menores cuando la inteligencia y el gancho sostenían un artículo.

Gelblung en sus años de televisión. El periodista llevó a la pantalla el estilo que había construido en la gráfica.

Para contrariedad de Julio Ramos, uno de esos lectores a los que cautivaban sus artículos fue Alejandro Romay, que lo llevó a Canal 9, lo puso a conducir “Memoria” junto a Silvia Fernández Barrio: era una especie de réplica del tranquilo programa de archivos “Cambalache Siglo XX” que hacían Teté Coustarot y Fernando Bravo en Canal 11, es decir, la contradicción más absoluta al principio de “el cielo es el límite”. Al poco tiempo “Memoria”, ya con la conducción unipersonal de Chiche, era completamente otra cosa, al punto de que no se entendía por qué conservaba ese título. Una emisión a veces felliniana, con los desbordes que empezaron a nacer en los años 90, donde convivían desde las confesiones en cámara de vedettes, políticos y futbolistas mediáticos sometidos al detector de mentiras, con las autopsias a extraterrestres.

Romay, que por esa misma época también lo puso al frente del programa matutino de Radio Libertad, le proporcionó ese doble debut en el audiovisual que, sin embargo, no impidió que abandonara del todo su vieja pasión gráfica, aunque en los portales digitales que años después lo tuvieron al frente ya no era lo mismo. El mundo había cambiado, y él acompañó ese cambio a su manera: manteniendo un estilo audaz, excesivo, desafiante, pero que anclaba en el mundo que había vivido y cuya forma exterior, en la indumentaria, conservó casi hasta el final: camisas con gemelos, reloj con cadena en el saco, corbata a tono. Un dandy de orgulloso arrabal.

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