Hay géneros cinematográficos sobre los que no se puede volver sino a través de la parodia o el homenaje. El western, por ejemplo. Géneros que, en su momento de esplendor artístico e industrial, construyeron la gran historia del cine, en especial del Hollywood clásico, pero que hoy están tan muertos como la poesía gauchesca (bueno, quizá no tanto, pero casi). Jane Campion, la brillante cineasta neozelandesa en “La lección de piano” y, sobre todo, “Un ángel en mi mesa”), no hace ni una cosa ni la otra. “El poder del perro” no es parodia ni homenaje, es un western que niega casi todos los atributos del western, pero sostiene su ética central: la del restablecimiento de un orden previo a la llegada del forastero. Ese orden que elogió Borges tantas veces, y por el cual decía que los personajes morían sin compadecerse de su propia muerte.
En “El poder del perro” no se dispara un solo tiro pero la inesperada muerte que cierra el film tiene características épicas: y “épica”, una vez más, en el sentido borgeano, en el del relato homérico. Es una muerte cuya hondura trágica no igualaron jamás los centenares, miles de disparos y la pólvora de los “Oestes” clásicos; desde luego, no se trata de establecer comparaciones por completo inconducentes, sino que el procedimiento de Campion, con su propio western, se aparta de la tradición: sobre la base de una novela de Thomas Savage (1967), lo que hace es trasladar un tragedia a las montañas rocosas de la Montana de 1925. Esto es Tennessee Williams entre vaqueros, rodeos, y bares con pianola.
La aparición en la rutinaria vida de los hermanos Phil (Benedict Cumberbatch) y George Burbank (Jesse Plemons) de Rose, una viuda aún atractiva (Kirsten Dunst) producirá un efecto más volcánico que el de la intrusa en el cuento de Borges. Porque no se trata sólo de una intrusa: también hay un intruso, el hijo de ella, Peter (Kodi Smit-McPhee). un muchacho delicado, pálido, experto en el arte de crear flores de papel; esto es, el carácter que menos encaja en un ambiente de risotadas, bravuconadas y eructos sonoros cuando se bebe cerveza. (O, como se verá, quizá no tanto, porque si hubo un género con predominio casi excluyente de la testosterona, ese fue el western). George, que lleva impreso en el rostro el sello de hombre de familia, anuncia su casamiento con Rose. Phil, que tolera tan poco la noticia como Rose detesta a su futuro cuñado, pasará luego sus días martirizando a Peter, riéndose del afeminadito, provocándolo a cabalgar a campo traviesa sin experiencia: hasta que un día, justamente el día de su iniciación como jinete, las cosas cambian radicalmente. Phil asume el papel de maestro, de protector, de guía, y a medida que el vínculo se hace más profundo también crece la desesperación de la madre.
Jane Campion vuelve transparente la homosexualidad reprimida en tantos westerns y lo hace sin veladuras (hay una revelación tan delicada como estupenda), pero siempre sin estridencias, sin escenas gráficas que echen a perder su impecable estilo.
“En el poder del perro” (frase proveniente del Salmo 22, y que alude al dominio del mal) no hay disparos, pero tampoco hay besos. Por su nacionalidad, su género y su cine anterior,a Campion se la podría llamar “la forastera” en un western. Y no hay que olvidar que son los forasteros los que muchas veces salvaron las cosas.
“El poder del perro” (“The Power of The Dog”, EE.UU./Nueva Zelanda, 2021). Dir.: J. Campion. Int.: B. Cumberbatch, J. Plemons, K. Dunst. (Netflix).