6 de diciembre 2006 - 00:00

Clásico Brascó no pierde el humor

Clásico Brascó no pierde el humor
Miguel Brascó, «Pasarla bien» (Bs.As., Sudamericana, 2006, 126 págs.)

Miguel Brascó ha dedicado toda su vida a los placeres de la buena mesa. Gracias a sus conocimientos y sentido del humor, muchos lo consideran el perito gourmet más confiable de la Argentina. El sigue empeñado en desbaratar los mitos, prejuicios y «boberías» que pululan en la gastronomía nacional, sobre todo en lo que respecta a la cata de vinos.

Los artículos reunidos en «Pasarla bien» se disfrutan por sus contenidos (son anécdotas, recuerdos de infancia y referencias eruditas) y por el tono amigablemente coloquial con el que han sido expuestos.

El autor explica la importancia de poder diferenciar el «cejijunto» cabernet del «extrovertido y frivolito» merlot y aconseja no darle a bolilla a los especialistas que detectan en el vino «aromas de regaliz y a trufas negras del sotobosque o gusto a cualquier cosa rara». Según Brascó ese pretendido «aroma a banana» del que suelen hablar algunos «bobetas» no es otra cosa que «éster de metil butil acetato». También se ocupa de puntualizar las diferentes categorías del cordero patagónico y de deplorar las extrañas combinatorias de la cocina fusión («al día siguiente ningún comensal recuerda que comió») o los perniciosos efectos del falso «punto al dente».

Hay un capítulo sobre especies y otro, muy somero, dedicado a la cocina japonesa, además de interesantes referencias al origen de la pizza, las tapas madrileñas y las virtudes del ajo, los hongos y la mortadela.

El autor se enfurece ante las costumbres gastronómicas de los porteños, no entiende su ridícula fidelidad al pavo relleno («las pechugas son insípidas, las partes negras duras y el relleno más vale comerlo aparte envuelto en un panqueque», amonesta) ni su reticencia hacia el pescado de río. Pero, Brascó es ante todo un escritor (tiene publicados un libro de cuentos, cuatro de poemas y una novela) y sus artículos comparten la liviandad y sofisticación de las «causeries» de Lucio V. Mansilla, otro bon vivant. Más allá de su valioso asesoramiento gourmet, vale la pena descubrir en estos textos su gusto por los neologismos, su pícara distorsión de la jerga popular y algunos comentarios, como el siguiente, que pintan de cuerpo entero a los argentinos: «Como bien se sabe el ser nacional lo tiene bien guardado Ernesto Sábato en su biblioteca de Santos Lugares, metido en una caja de fósforos Rancherita, detrás de 'La Voix et le Phénomène' de Jacques Derrida».

Patricia Espinosa

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