San Sebastián - Mientras Carlos Sorín espera la proyección hoy de «Historias mínimas», su nuevo opus patagónico después de «La película del rey» y « Eternas sonrisas de New Jersey», el primero de los premios paralelos del Festival de San Sebastián fue para una película argentina: Premio Casa de América/Ayuda a la postproducción, a la comedia de Ana Katz «El juego de la silla». Y un jurado criollo, Fernando Castets, coguionista habitual de Juan José Campanella en cine y televisión, otorgó el siguiente premio, el de Universal Studios Networks para el mejor proyecto español, consistente en un millón de euros. Para alcanzarlo, doce candidatos debieron defender públicamente sus propuestas, a lo largo de todo un día, una experiencia que bien podría intentarse también en Mar del Plata (aunque sea por un millón de pesos).
Los demás premios paralelos, y los oficiales, se conocerán mañana. Pero más allá de los aplausos y triunfos, está el detalle de la comercialización en España. Punta de lanza, «El hijo de la novia», que ya hizo dos millones de espectadores, por lo que su coproductor y distribuidor español, Gerardo Herrero, estrenó la anterior de Campanella, «El mismo amor, la misma lluvia», que ya de entrada hizo 80.000 espectadores, y va por la undécima semana en cartel. En las gateras, se apuntan «Un oso rojo» e «Historias mínimas», distribuidas por el español José María Morales, con su sello, de muy buen repertorio, Wanda Films. Y ya tienen comprador dos frutos de la Universidad del Cine, «Mercano el marciano», y «Sólo por hoy», que distribuye Lolita Lechner, ex-jefa de Argencine durante la gestión de Manuel Antín.
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Sin embargo, no todas son flores. «Acá el éxito real es Ricardo Darín, que ahora con 'Samy y yo' va a tener tres películas en cartel», comenta, echando paños fríos, Luis Angel Bellaba, productor y distribuidor argentino residente en España. Y advierte que recientes estrenos criollos sólo alcanzaron una cifra discreta, entre ellos «Apasionados», aunque su protagonista Pablo Echarri ya encabeza una comedia española, «No debes estar ahí».
Tampoco deberían estar, al menos sin apoyo, las independientes nacionales. «Un buen lanzamiento en España requiere entre 70 y 100.000 euros, y recupera recién con 40.000 espectadores, cifra que 'La ciénaga', con todo su prestigio, y distribuida por una empresa muy fuerte, no pudo alcanzar. Compensó con la venta a la televisión, un recurso que se ha vuelto cada día más difícil. Ahora mi empresa, Nirvana, lanza 'Un día de suerte', pero en seis salas y punto. No podemos arriesgar más, aunque personalmente me guste mucho, y venga premiada».
El veterano hombre de cine apunta sus cañones para dos lados: «Por una parte, hay cine argentino nuevo, bueno, y también hay veneno de boletería, que no sé quiénes son los que dicen que esas películas son buenas. Debemos cuidar al público, y cuidar el bolsillo, porque el riesgo es nuestro. Y esto también hay que decirlo: cuando le pido algún apoyo (gacetillas, contactos, etc.), el agregado cultural de la Embajada Argentina ni contesta. Pero a San Sebastián viene, igual que otros cuantos funcionarios. ¿Para qué? No pido dinero, sé que tienen poco. Pero también distribuimos cine chileno, y para cada lanzamiento la Embajada de Chile, por su propia cuenta, nos ofrece todo lo necesario para que haya la debida repercusión en el público». Buen tema para la polémica.
Con Oliveira
«¿Argentino? ¿Se están arreglando las cosas en su país? Bueno, recuerde el Martín Fierro, el destino del hombre es sufrir», sonríe el veterano director portugués Manoel de Oliveira, leyenda viva de 96 años, cuando se entera del origen de este cronista. El diálogo, a la salida de una proyección de «Lola Montez», el clásico de Max Ophüls que él mismo seleccionó para su restauración, y que también se verá en el próximo Festival de Mar del Plata. Periodista: ¿Por qué «Lola Montez»? Manoel de Oliveira: Bueno, no dije «hagan ésta». Me ofrecieron un menú, estaba ese plato, y lo elegí. Dicen que el pasado no tiene interés. Sin embargo, siempre hay interesados como nosotros. Y yo soy como los viciosos enamorados de su vicio. P.: ¿Tiene algún nuevo proyecto? M. de O.: Vivir para mí es hacer películas. Películas sobre el mundo, la gente, el tiempo que pasa. El cine, la cosa más cercana a la vida, sólo sirve para mostrar eso, para ver cómo es una persona y otra, cómo es una época y otra. Ahora estoy preparando algo muy sencillo, una visión sobre la civilización, en una historia que transcurre durante un viaje en barco. El problema es hacer coincidir a todos los artistas para hacer juntos el viaje. P.: ¿Y cómo fue ir con Marcello Mastroianni en su «Viaje al principio del mundo»? M. de O.: Maravilloso, igual que con Michel Piccoli, con quien hice recientemente «Voy para casa». Uno se lo pasó muy bien con ellos, porque se trata de gente de un entusiasmo contagioso. Y quienes filmamos somos un conjunto, hacemos un buen trabajo en equipo, y el director es quien dirige, pero el actor es el alma de la película. Y el alma de ellos sabe combinar muy bien lo serio y lo divertido. Recuerdo a Mastroianni con mucho cariño, y espero filmar nuevamente con Piccoli. P.: Sáqueme una duda. En la película que hizo en 1977, a los 92 años, ¿es realmente usted, el que aparece bailando «La cumparsita»? M. de O.: Era. Y quien baila conmigo es mi esposa, pero ella es más joven. Ningún doble. Siempre intento evitar los trucos en mis películas. ¿Usted era argentino, me dijo? Un país tan rico y hermoso. Pero me dicen que todavía hay muchos ladrones.
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