Berlín - La 54a. edicion de la Berlinale ya ha adquirido velocidad de crucero, desde su inauguración el viernes con «Cold Mountain», fuera de concurso y sin la presencia estelar de Nicole Kidman. Los festivales siempre necesitan una buena cuota de glamour, y la presencia, entre otros, de Jack Nicholson y Diane Keaton, los protagonistas de la comedia romántica «Alguien tiene que ceder» (que se estrena este jueves en la Argentina) le dio al certamen el cachet necesario.
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La competencia oficial ha mostrado hasta ahora films de interés muy dispar. Ayer se vieron tres películas de duro trasfondo, que algunos ya ven con firmes posibilidades para alzarse con el Oso de Oro. «Beautiful Country» de Hans Petter Moland (un noruego que desmitificó la «frialdad» escandinava rompiendo en llanto en la conferencia de prensa), narra la odisea de un joven vietnamita (Damien Nguyen) que busca a su padre, un ex soldado estadounidense, interpretado por Nick Nolte; «In your Hands», de la danesa Annette K. Olesen, el drama personal de una teóloga en una cárcel de mujeres, realizada dentro de los cánones del «Dogma»; y «Monster», la trágica vida de la prostituta y lesbiana Aileen Wuornos que asesinó a seis hombres y fue condenada a muerte, dirigida por Patty Jenkins e interpretada por una Charlize Theron sepultada bajo kilos de maquillaje (está nominada al Oscar por este trabajo).Un film de impactante crudeza.
Aunque no despertó tanto entusiasmo, el veterano John Boorman, cuyo cine muestra el impacto de la violencia o la guerra en individuos inocentes, sensibles o en niños, combina todo estos elementos en «The Country of My Skull» (literalmente El país de mi cráneo), un título sugestivo para examinar el desmantelamiento del Apartheid en Sudáfrica durante el gobierno de Nelson Mandela. Pero como el romance entre un periodista negro del New York Times (Samuel L. Jackson) y una escritora afrikaaner (Juliette Binoche) desplaza el conflicto político a un segundo plano, el film «hollywoodiza» el tema.
El veterano Patrice Leconte mantuvo a la audiencia en vilo con su thriller romántico y vagamente hitchcockiano, « Confidencias demasiado íntimas», sobre una mujer (Sandrine Bonnaire) que confiesa sus problemas matrimoniales a un abogadogris, creyéndolo psiquiatra. Interesó el drama policial croata «Los testigos» por el vigor con que trata la investigación de un asesinato durante el desmembramiento de Yugoslavia en los '90. La estructura narrativa, si no novedosa, está armada con inteligencia ya que el film repite ciertos hechos clave, desde distintos puntos de vista, para mostrar la deshumanización que trae la guerra, y la posibilidad de frenar el horror.
La Berlinale siempre tiene su marcado costado político y, como ya adelantamos, esta vez el foco lo tiene, además de Sudáfrica, América Latina. Por un lado se destaca el premio que se le otorgará mañana a Fernando Solanas por su trayectoria y la proyección de «Memorias del saqueo», una puesta al día de «La Hora de los Hornos», con toda el agua que ha corrido bajo el puente más de treinta años después. Por otro, el festival contribuye con entusiasmo a la hagiografía del Che Guevara. El sábado se vio «Viajando con el Che», un documental del periodista italiano Gianni Mina sobre el rodaje de «Diarios de motocicleta», que con la dirección de Walter Salles (« Estacion Central»), produjo Robert Redford, y que se acaba de ver en el festival de Sundance. El documental sigue momentos clavea del rodaje en Argentina, Chile y Perú, centrándose en Alberto Granado, el amigo argentino con quien el Che hizo su primer viaje por Sudamérica en 1952.
A los 80 años, el jovial Granado fue el asesor del film de Salles. Al concentrarse en este personaje, veterano residente de la isla caribeña, que revive un viaje iniciático y lo explica coherentemente, el documental muestra la fascinación que causa nuestro compatriota tres décadas después de su muerte. El festival invitó no sólo al director y a la productora del film, sino también al hijo menor del Che, Camilo Guevara. Versión rubia de su padre, con físico de rugbier y melena hasta los hombros, el joven Guevara, un cubano «cool», confesó no tener recuerdos de su padre, que dejó Cuba por las aventuras del Congo y Bolivia, cuando él tenía tres años. Vive en La Habana, trabajando en la Fundación Che Guevara para difundir la vasta obra de su padre, no sólo la política sino también la económica. El reemplazo, una vez más, del personaje histórico por su mito. El público berlinés, como corresponde a todo europeo que se precie de «progresista», aplaudió a rabiar.
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