19 de noviembre 2002 - 00:00

"Creamfields" reunió a más de 40.000 fans inagotables

DJ Dick Warren, en Creamfields
DJ Dick Warren, en "Creamfields"
No es fácil explicarle, a quien no haya concurrido nunca, qué es la «rave», ese fenómeno de fin de siglo que el sábado pasado, en Puerto Madero, reunió más de 40.000 fanáticos que bailaron desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la madrugada pese al bochornoso calor. La convocatoria de «Creamfields» es multiplicadora: la primera edición, el año pasado en el Hipódromo de San Isidro, reunió 15.000 jóvenes menos que la actual. La energía de muchos, desde ya, continuaba bien entrado el sol.

Aunque tenga algunos puntos en común, la «rave» no es el «Baile de ilusiones» de Horace McCoy y Jane Fonda, no es ese tipo de maratón danzante. En rigor, a la «rave» no se va exactamente a bailar ni a escuchar música, se va a «sentir» en el cuerpo el golpe del sonido. Es un acontecimiento puramente físico al que los habitués llaman «efecto flipper», como en los videojuegos: sentirse rebotado por el sonido. Por eso no interesa tanto qué intérpretes estén sonando, con tal de que sostengan y no interrumpan ese golpe físico. Claro, en algunos casos más puntuales, se habla también de un «efecto multiball», cuando no es el cuerpo por sí solo el que sostiene esa sensación.

Dicho de otra forma: si bien uno de los organizadores afirmó que «la única droga que aquí funciona es la adrenalina de bailar frenéticamente, y lo único que se toma es agua mineral», se escucharon voces que hablaban, en algunos casos, de la circulación del «popper», un derivado de la pintura semejante al «éxtasis» y que está de moda, al igual que el «polvo de ángel» en la larga, extenuante y sobre todo calurosa jornada de baile.

Lo del agua mineral, incluso, podría no ser la mejor prueba de santidad, porque combinar otras sustancias con alcohol no es conveniente. Al punto tal de que algunos puestos, instalados frente a la «rave», llegaron a vender cerveza sólo a un peso, cuando lo habitual es cobrarla casi 5 pesos en los recitales. Dentro de la carpa, en cambio, la cerveza costaba 3 pesos, pero lo que más se vendía era agua mineral. Algunos concurrentes consultados por este diario coincidieron en que la «rave» fue normal y tranquila.

«Creamfields» es el festival rave más importante del mundo. El fenómeno no sólo confirma la adhesión a la música electrónica sino que, como señaló a este diario una concurrente, «este es uno de esos lugares donde la gente como uno puede desenchufarse y venir sólo a divertirse, acá no hay violencia ni pardos». Singular perspectiva clasista que ve al Creamfield local, único de esas características en América Latina, como la contrapartida de la música villera, con su crudeza y obscenidad. De hecho, la forzosa selectividad de los participantes estuvo marcada por los entre 35 y 40 pesos de la entrada general, valor que se duplicaba si se quería acceder a la tienda VIP (hubo 9 carpas, entre ellas, Cream Arena, la más grande y concurrida, Clubland South América, ¡Bugged Out!, Metro-dance, Chill Out, además de un escenario, áreas de autitos chocadores, rampa de skate, camas elásticas, bares, zonas de arte digital y de deportes de riesgo como el bungee jumping.

El fenómeno, en un país en crisis, también se manifestó en que muchos de los jóvenes llegaban en autos, remises y taxis como pequeñas «tribus urbanas», y en que el vestuario llamativo iba de bikinis flúor a pesados trajes de cuero (a pesar de los 40 grados en las carpas) e inamovibles anteojos oscuros. La comunicación inter pares era a través de celulares. También se llegaron a dar casos en que algunos tomaran habitaciones en el Hilton para recreos de descanso.

Hoy, entre los jóvenes,
más que la identificación existe una segmentación en la música a la que adhieren, y las raves, la música electrónica y dance son modelos de pertenencia en los sectores medios altos y altos. La música del Festival Creamfields tiene un fondo de timbres tribales y juegos de luces hipnóticas, salvo algunos casos puntuales como la participación del grupo de rock Babasónicos. Esto es clave de este tipo de festival desde sus orígenes, cuando en octubre de 1992 nació en un galpón de Liverpool y seis años después se dispersó por el mundo.

Entre las celebridades visitantes tuvieron más repercusión el japonés
Tomiie, colaborador de David Bowie, el británico Nick Warren, el alemán Timo Maas, el programador radial de la BBC Pete Tong y esa leyenda de la electrónica, Frankie Knuckles. Entre los argentinos se anotaron Babasónicos, y los DJ Hernán Cattaneo (habitual colaborador de la banda Divididos), Zuker y Carlos Alfonsín.

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