Las jornadas de la ventas de arte latinoamericano en las casas Sotheby's y Christie's de Nueva York, simultáneas a los últimos días la feria porteña arteBA, demuestran que el mercado de la región, más allá de las figuras consagradas, como Diego Rivera que alcanzó el precio máximo de la temporada con «La ofrenda» (1,5 millón de dólares), mantiene ciertas afinidades.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La concordancia más evidente, es el precio récord de 24.000 dólares pagados por «Ritmos lineales», escultura realizada en 1947 por Enio Iommi, que se asemeja a «Volumen espacial» de 1945, que la galería Daniel Maman vendió al Museo de Houston. El uruguayo Joaquín Torres García alcanzó el récord de 940.000 dólares, por «Constructivo en Blanco y Negro» de 1935, mientras en la Feria los coleccionistas llegados de EE.UU. buscaban afanosamente la obra de Torres, detenida en la Aduana por la complejidad de trámites que no se justifican, si se tiene en cuenta la ley vigente de libre circulación de arte.
Resulta azaroso llegar a conclusiones sobre un mercado donde se cuentan sólo verdades a medias y hay temas tabú, pero la búsqueda de obras de la vanguardia abstracta rioplatense, coincide tanto en el Norte como en el Sur. Claro, siempre y cuando se trate de obras que provienen de colecciones conocidas, y estén registradas en textos y catálogos de época. Como el Torres García de la conocida Bárbara Duncan, una estadounidense que durante años viajó por Latinoamérica y cuando cedió parte de su colección al Museo de Austin, se convirtió en la mayor donante del arte de nuestra región.
Sucede que el recuerdo de la vez que una subastadora ilustró la portada de un catálogo con una presunta pintura de Botero, mientras su verdadero dueño tenía la original colgada en su casa, resuena todavía en la memoria de los compradores. Y es difícil olvidar el remate en que un coleccionista descubrió que como por arte de magia, un artista cubano había pintado los cuadros que salían a la venta luego de su muerte; posibilidad menos creíble que la que se planteó la semana pasada, cuando llegó el verdadero dueño de una obra también cubana a reclamarla, porque considera que es suya.
Estos episodios, que se reiteran (con mayor o menor difusión en los medios) en casi todos los mercados que trabajan con obras de artistas muertos, han contribuido en estas últimas décadas a impulsarel consumo de arte contemporáneo, además de incentivar la investigación y el acopio de documentación. Como decía Botero a este diario, «nada cuesta llamarme o enviarme una foto si necesitan una certificación».
En la última subasta, uno de sus desmesurados desnudos de bronce, alcanzó el precio récord para una escultura al superarlos 600.000 dólares. Nada, si se compara con la Evita emplazada frente a la Biblioteca Nacional de Giannetti, argentino que supera no sólo el récord de Botero, sino también los de Picasso y Dalí, con los 4 millones de dólares que pagó la Secretaría de Cultura.
En las subastas, el mayor precio entre los argentinos contemporáneos lo alcanzó Guillermo Kuitca, con uno de sus mapas plagado de espinas (144,000 dólares) y tres obras vendidas, luego de una exitosa muestra en Londres donde ni un papel quedó sin comprador. Dato que consolida la importancia de convocar a Buenos Aires coleccionistas extranjeros, siempre y cuando estén interesados en el arte de Latinoamérica. Ahora, entre los tres formatos del mercado, galerías, remates y ferias, los compradores tienen para elegir, lo que no pueden olvidar, es reclamar la correspondiente documentación.
Dejá tu comentario