«La ciénaga» (Argentina, 2001, habl. en esp.) Guión y dir.: L. Martel; Int.: G. Borges, M. Moran, M. Adjemian, J. C. Bordeu y otros.
Parece que en Salta, donde se estrenó hace quince días, esta película viene causando admiración y fastidio por partes iguales. La obra de Lucrecia Martel, la hija dilecta, que en enero había sido motivo de orgullo por su premio en Berlín, ahora que la conocen es motivo de discusiones.
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Ella está en Salta «La Linda», los festejos de carnaval, el vino rojo luminoso, los pimientos al sol, las gentes de diversas razas y clases sociales divirtiéndose juntas, pero... también están el agua turbia, la dejadez, el racismo, el malhumor, los prejuicios y resentimientos, la degradación, la promiscuidad, el desorden.
Un desorden manifestado de continuo, tanto en las habitaciones y comportamientos de grandes y chicos como en la misma naturaleza abigarrada y húmeda del cerro, donde está la ciénaga. Y «La ciénaga» se llama, asimismo, la finca donde transcurre gran parte de la historia, y el pueblo cercano. Si uno cae en esa naturaleza, y se empantana, muere. O, más o menos piadosamente, más o menos figuradamente, lo matan.
Expuesta como un drama costumbrista de anécdota ínfima -apenas algunos días en la vida de dos primas y sus respectivas familias-, «La ciénaga» es de una tensión casi inaguantable. Todo el tiempo está a punto de pasar alguna desgracia, todo el tiempo el espectador está con miedo de que pase una desgracia, todo el tiempo los personajes están llamando a la desgracia, sin que parezca importarles. Ellos simplemente viven su vida, con el entusiasmo de las criaturas, la maldad de los seres más cerriles, el placer de causar daño de los que no pueden o no saben hacer otra cosa, sino incluso hacerse daño a sí mismos.
Tensión
Lo impresionante es que esa tensión surge simplemente de hechos cotidianos, y la directora ni siquiera precisa exagerarlos un poquito. Le basta con saber editarlos, o seguirlos con la cámara. Mejor dicho: al comienzo hay una leve exageración, como para dar el tono, en el crispar de unas sillas, y el andar enclenque de unos cuerpos atrofiados por el tiempo, el alcohol, y el sopor (sólo una mujer podía captar esos cuerpos con la cruel objetividad con que aquí se registran). El resto del film sigue un tono realista. Pero basta luego un mínimo ruido para que todo cierre, dejándonos sumidos en la angustia.
Incisiva, inquietante, incómoda, rigurosa, no es una película que guste a todo el mundo. Pero vale la pena verla, considerar su pintura de la realidad, escuchar esos diálogos tan creíbles, descubrir el cuidado en los detalles más pequeños, apreciar semejantes actuaciones, desde Graciela Borges y Mercedes Morán, ambas muy bien jugadas, hasta el pibe más chiquito (sin exagerar, acá las chicas y los pibes casi se roban la película); atender, en fin, el talento de guionista y de directora de Lucrecia Martel, en éste, su primer largometraje. Una mujer delgada, de rasgos delicados, de hablar suave...
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