Cuando la sensualidad del artista moviliza todos los sentidos

Espectáculos

Varias de las obras del artista son interactivas, lo que demanda la participación del espectador.

El Museo Malba, dedicado a exhibir el arte de Latinoamérica, mantiene desde su inauguración, en 2001, una relación de amigable intercambio con instituciones y colecciones de Brasil. En estos días, un público numeroso accede a “Soplo”, la muestra antológica de Ernesto Neto (Rio de Janeiro, 1964) que llegó desde la Pinacoteca paulista y viajará a la Casa de la Moneda de Santiago de Chile. La voluptuosa sensualidad del artista se percibe en obras que movilizan todos los sentidos, entre ellas, varias interactivas que demandan la participación del espectador. Una inmensa escultura blanda y de aspecto orgánico de Ernesto Neto cuelga en el lobby con triple altura del Malba. Es su obra más icónica y reconocible, posee la materialidad elástica y traslúcida de las medias de nylon femeninas. Estos pendientes con formas de goterones, contienen especias perfumadas en su interior (clavo, azafrán, urucú, cúrcuma) y se ensanchan como globos. “Neto viene explorando y expandiendo los principios de la escultura radicalmente desde el comienzo de su trayectoria. Gravedad y equilibrio, solidez y opacidad, textura, color y luz, simbolismo y abstracción, anclan su práctica, en un continuo ejercicio acerca del cuerpo individual y colectivo y de la construcción en comunidad”, observa Jochen Volz, director de la Pinacoteca y co-curador de la muestra, junto con Valéria Piccoli, curadora en jefe del museo.

Al ingresar a la sala se divisa la “Nave”, un pasadizo de tejido elástico y elevado a un metro del suelo donde ingresan los espectadores para recorrer ese inestable pasillo que se hunde a cada paso. Hay en la exhibición dos esculturas con formas geométricas. Ambas marcan el comienzo de la carrera de Neto que se inicia con el arte neo-concreto en la década del 80. Al igual que Lygia Clark y Hélio Oiticica, aunque dos décadas más tarde, Neto ablanda las formas y se vuelca hacia las vertientes más sensibles de un arte que aspira a confundirse con la vida. Sus obras, del mismo modo que los llamados “bichos” de Clark y los Parangolés de Oiticica, se orientan hacia las experiencias multisensoriales y se activan con el uso del cuerpo. El arte neo-concreto deriva hacia una dimensión social y participativa.

Con las estructuras habitables más recientes, muchas tejidas con sogas al croché, y con las grandes instalaciones inmersivas, como el gran corazón donde el público se sienta a tocar el tambor o el espacio rojo con un árbol que alberga a los espectadores bajo su sombra, Ernesto Neto logra conectarse con los visitantes de su muestra. Sin embargo, ha perdido la poética levedad y el misterio de sus primeras obras de textiles colmadas de especies. De hecho, cuando politiza su obra y carga las medias con pólvora, logra el objetivo del contraste, pero pierde la fascinación original. La muestra gira en torno de las sensaciones y la toma de conciencia del mundo sensitivo y del cuerpo y se completa con dibujos de úteros, anacondas y juegos que se suman a una serie de fotografías donde el artista logra la máxima tensión al enrollarse la cabeza con un hilo y la mayor distensión al desatarse.

La colección permanente del Malba es un foco de atracción para los espectadores que llena estas salas. El guión, a cargo de la curadora Victoria Giraudo, destaca el protagonismo de las obras cumbre de Frida Khalo, Pettoruti, Tarsila Do Amaral o Portinari, que hoy habitan el inconsciente estético del público del Museo. Especializado en Arte Latinoamericano, el Malba abarca una región tan diversa que no admite simplificaciones y es motivo permanente de estudio. Hay mucho para ver y analizar, y artistas de primer nivel que apenas se conocen.

El recorrido se abre con el retrato del escritor madrileño Ramón Gómez de la Serna pintado en 1915 por Diego Rivera, una de las estrellas del muralismo mexicano, la primera vanguardia surgida en América. La pintura refleja la clara influencia del cubismo, movimiento que dejó una huella firme en el arte de esta región. De la Serna frecuentó la vanguardia latinoamericana en España y se radicó finalmente en la Argentina. Esta permanente oscilación entre lo local y lo internacional la señala Borges, cuando dice: […] Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental”.

En la segunda década del siglo XX, Xul Solar recorre Europa y muestra en sus dibujos un estilo inconfundible, mientras Pettoruti participa del futurismo italiano. Ambos reciben al espectador. Un paso más adelante, la exposición incluye al uruguayo Barradas y se sirve de la fotografía de Cóppola para mostrar el contexto urbano de esos años, el vertiginoso avance de la modernidad. Entre las pinturas de Joaquín Torres García se levantan las esculturas de Curatella Manes.

“La canción del pueblo” de Pettoruti que perteneció al magnate de la prensa Natalio Botana, adquiere visibilidad en el planteo de Giraudo. En un lugar destacado están los conjuntos mejor representados en la colección, como la serie de obras – sin duda, genuinas- de Xul Solar provenientes de la colección Lowestein; las del grupo de arte concreto, con los fundadores de “Arturo” la “Revista de Artes Abstractas” (1944); además de las pinturas de la Nueva Figuración, con el “Bestiario” y el “Rompecabezas” de Jorge de la Vega, junto a las pinturas de Noé, Macció y Ernesto Deira.

La búsqueda de la identidad es una constante que atraviesa Latinoamérica de Norte a Sur, desde los artistas que acompañan la Revolución Mexicana hasta aquellos que exploran el paisaje como Guttero, Cúneo o Figari. Entretanto, una terraza de Spilimbergo muestra el clima metafísico de Buenos Aires que abrirá paso al surrealismo. Berni fue un adelantado y abandonó su surrealismo temprano conmovido por la crisis de los años 30, la desocupación, la pobreza. Así pintó “Manifestación” y luego la saga de Juanito Laguna. Uno de los monstruos que pueblan los sueños de la prostituta Ramona Montiel, cuelga del techo acechante.

Casi el final del recorrido se vislumbran las obras cinéticas de los venezolanos Jesús Soto y Cruz Diez, junto a las de Martha Boto, Vardánega y entre otros,

Le Parc, que involucra al espectador con los brillos zigzagueantes de “Six cercles en contorsion”.

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