28 de febrero 2005 - 00:00

Cuando lo que importa es el ojo y no lo que mira

«Jóvenes en Rio», de Diego Levy: la mirada que permite imaginar lo que la fotografía oculta.
«Jóvenes en Rio», de Diego Levy: la mirada que permite imaginar lo que la fotografía oculta.
En el Espacio Contemporáneo del Malba, la semana pasada se presentó «Vida Real», una muestra de los fotógrafos Gustavo Di Mario, Diego Levy y Rosana Schoijett, curada por Alberto Goldenstein, director de la Fotogalería del Centro Cultural Rojas. Pese a su nombre, la muestra parece dedicada a demostrar que retratar la realidad es casi una pretensión ingenua, que las imágenes siempre están penetradas por la identidad del fotógrafo.

A partir de sus trabajos publicitarios (Di Mario), periodísticos (Schoijett) o como fotorreporteros (Levy), los tres expositores muestran mundos abiertamente diferentes, y sus distintos modos de percibir la realidad que la gente consume todos los días, virtualizada y, en gran medida, personalizada.

El británico John Berger en su libro «El tamaño de la bolsa» (que cosechó innumerables lectores en el ambiente artístico local), dice que «de tanto ver todo, no vemos nada», y lo que pone en evidencia este conjunto, es que en el presunto anonimato de las imágenes que circulan como una marea en los medios, subyace la identidad definida del autor aunque nadie la detecte.

Es decir, se trata de una muestra cuyo objetivo es enseñar a descubrir las cualidades que caracterizan a quien se esconde detrás de la cámara. El fotógrafo es el verdadero protagonista de esta selección de documentos de la vida cotidiana, y en cada obra está presente su particular humor, intencionalidad, sensibilidad o ideología, más allá de sus virtudes profesionales o cualidades estéticas.

La serie de Schoijett demuestra más bien su capacidad histriónica. Al autorretratarse junto a los personajes famosos que fotografía por razones laborales (Susana Giménez, Alberto Tarantini, Jorge Asís, Elisa Carrió, Adrián Suar, China Zorrilla), asume un papel que no tiene nada que ver con su trabajo: el de alguien muy ligado a su intimidad, que los parodia. No logra convertirse en celebridad ni que sus acompañantes se parezcan a «una persona común». Los personajes tienen adherido su ser ante la cámara en los gestos, la rutina de la pose y hasta en su cuerpo, como Silvina Luna, que no puede dejar de exhibir la artificialidad de sus senos de material sintético.

Gustavo Di Mario
proviene del mundo de la moda y la publicidad. Sus imágenes evocan los retratos del curador, Goldestein, y el Pop Latino de Marcos López, como ellos usa estratégicamente los colores brillantes, y convierte los personajes en estereotipos, en fieles representantes de su contexto social o su oficio. Pero Di Mario mira con mayor sensualidad a sus retratados, y transmite sin ningún reparo su fascinación por la belleza, como se percibe en sus mejores trabajos, cuando presenta un futbolista que en medio de un descascarado vestuario en posición estatuaria, como un Apolo de barrio, o cuando desnuda la hermosura de los rostros de «Gaby» y «Lauren».

• Dramatismo

En dramático blanco y negro, las imágenes de Levy reflejan la violencia urbana de Buenos Aires, Rio de Janeiro y Medellín. A los 18 años Levy trabajaba en una redacción, a los 28 fundó Sudacaphotos, la primera agencia de reportajes fotográficos de Latinoamérica, y recibió el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que preside García Márquez. Ahora, a los 31, ya expuso en la Fundación Proa y en la Bienal del Mercosur, y su obra, sin esconder el horror, pero sin exacerbarlo tampoco, brinda una prueba de la madurez alcanzada. Con su ojo entrenado articula un verdadero ensayo sobre la violencia y el crimen. La muerte inesperada, la alienación sin atenuantes que acecha al hombre en la calle, el delito y hasta el horror, están tratados con cierto pudor en los contrastes del color o en los encuadres.

El mejor ejemplo es una imagen de Rio donde un grupo de personas observa -algunos con espanto hacia un costado, otros con terror o a punto de llorar hacia el frente-, algo que está fuera del cuadro de la fotografía, pero que se adivina horrendo. El fotógrafo decidió anular la truculencia de la imagen, pero de modo más elocuente remite a lo intrínsecamente siniestro del incidente que evitó representar. Al contrario de lo que parece, si se observan las expresiones con detenimiento, la foto revela reiteradamente en cada rostro lo que se pretende ocultar. En suma, se trata de una muestra donde lo relevante es el ojo del que mira.

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