5 de febrero 2003 - 00:00

Cuentos curiosos, pero no siempre verosímiles

Tibor Fischer «No apto para estúpidos» (Barcelona, Tusquets, 2002, 469 págs.)

Tibor Fischer es hijo de padres húngaros, pero siendo él británico, su relación con la ciudad de Londres parece reflejar la irritación, la incomodidad y el resignado escepticismo de quien se ve obligado a vivir en un sitio que no le pertenece del todo. Sus personajes son, en cierta manera, tan cínicos, egoístas y autodestructivos como los del anglo-pakistaní Hanif Kureishi («El buda de los suburbios», «Intimidad») pero su grado de locura es aún mayor, tal como lo demuestra la insólita galería de alienados, borrachos, delincuentes, y artistas desempleados, o en crisis, que pueblan sus historias.

«Uno acababa teniendo una capacidad extraordinaria para distinguir entre las excentricidades molestas y los trastornos mentales peligrosos»,
apunta el autor, subrayando lo difícil que es vivir en una ciudad multirracial y violenta, cuya peligrosidad se disimula. Además de resultar exageradamente cara y de estar invadida por «hartantes» grupos de turistas.

«Londres no era una ciudad sino una guerra»
declara el protagonista de «Nos comimos al chef», pero cuando éste es invitado a unas soñadas vacaciones en la Costa Azul, acompañado por un trío de ingleses y dos bellezas rusas, termina descubriendo, mal que le pese, su propia inca-pacidad para disfrutar de la vida. Incluso la muerte adquiere en sus fantasías una apariencia «aburrida y cansada». Esta sensación de estar siempre solo («y lo estarás siempre, hagas lo que hagas») con la que insiste el narrador trae aparejada una constante rivalidad respecto al prójimo, cuando no un decidido desprecio hacia sus comportamientos y reacciones. Entretenerse en criticar la estupidez ajena permite disimular la propia. Esta noción está siempre presente en los hiperkinéticos -y por momentos caóticos-relatos de Tibor Fisher. Locos que se desnudan en la calle, gente que se cree en el lejano oeste, mu-jeres cuya principal ocupación es «follar» (según la hispanísima traducción), todos ellos forman parte de una sociedad enferma y decadente. Esta no es más que el reflejo de la terrible angustia existencial que padecen los protagonistas y a la que el autor prefirió definir, lisa y llanamente, como estupidez.

«No apto para estúpidos"
ofrece anécdotas curiosas y personajes estrafalarios, pero eso no siempre basta para delinear una buena historia. Sólo unos pocos cuentos de este libro logran recrear un mundo complejo y creíble.

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