Sería cuestión de horas la designación del nuevo Secretario de Cultura del gobierno Duhalde, un cargo que quedó vacante desde el paso fugaz de Teresa de Solá y al que más tarde se rehusaron los pocos candidatos realmente convocados a Olivos. Salvo excepciones, desde el momento en que se insinuó que la Secretaría, que reportaba directamente a Presidencia, volvería a convertirse como años atrás en una dependencia del Ministerio de Educación, a nadie le entusiasmaba demasiado resignarle voz y firma a Graciela Gianettasio.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
De acuerdo con la Ley de Ministerios conocida en estos días, Cultura mantiene su jerarquía y el futuro Secretario continuará sentándose en las reuniones de gabinete, uno de los momentos que mayor regocijo le procuraron a «Pacho» O'Donnell, con cuya gestión durante los años Menem la Secretaría logró su independencia. Darío Lopérfido gozó con Fernando de la Rúa de ese privilegio pero le duró poco. Cuando Nicolás Gallo alcanzó la Secretaría General de la Presidencia se convirtió en el único funcionario de ese nivel que podía asistir a los gabinetes.
De esa manera, como si la situación hubiera retornado al punto cero y tras el vodevil de los nombres en danza (que fueron desde el humorista Alejandro Dolina al peronista histórico Jorge Schroeder Olivera) y las cotidianas protestas por parte de las entidades culturales del Estado a la deriva (como el Instituto de Cine, el Teatro Nacional Cervantes, el Instituto del Teatro, las bibliotecas nacionales, etc.), concurrió ayer a Olivos el más firme de los candidatos a convertirse en el Darío Lopérfido del duhaldismo, Luis Verdi, un hombre del riñón del actual presidente.
Verdi, jefe de campaña y almohada política de Duhalde, fue director de Cultura en la provincia de Buenos Aires durante muchos años: hombre plural, desarrolló una obra en la provincia le ha valido algunos elogios en lo cultural (contribuyó, por caso, en el salvataje del complejo del Teatro Argentino de La Plata, en la refacción de varios teatros marplatenses, entre ellos el Auditorium, y tuvo intervención directa en la concreción de algunos de los festivales de cine de esa ciudad), y, especialmente, tiene el beneplácito de «Chiche» Duhalde. Algunos, inclusive, señalan que el «diseño de imagen» de la primera dama es creación suya, lo cual no es poco en las actuales circunstancias.
Además de la plena confianza que tiene en él el matrimonio gobernante, su estilo campechano es la traducción exacta de lo que Duhalde entiende por cultura (algo que le da más puntos que los que puede obtener un funcionario de pasado lacaniano-menemista, como es el caso de O'Donnell).
Los vínculos con su par ciudadano, Jorge Telerman, también fueron buenos en el pasado, aunque hoy las circunstancias políticas podrían haber morigerado la vieja amistad. En 1999, Verdi logró convencer a Telerman para que abandonara el cargo de embajador menemista en La Habana y volviera a Buenos Aires para sumarse a la campaña presidencial de su jefe Duhalde.
Trinidad
En aquel momento se configuró una especie de trinidad que integraron Telerman, Carlos Ben (a punto hoy de asumir la Secretaría de Medios) y el poeta satírico Julio Bárbaro, otro habitante del Palacio de la Cultura en los primeros meses del gobierno Menem. La derrota de Duhalde en las elecciones de ese año y el éxodo de Telerman hacia los siempre imprevisibles territorios de la Alianza los distanciaron algo, aunque se supone que en el nuevo escenario (con Verdi como su superior cultural a nivel nacional) podría volver a entusiasmarlos a emprendimientos conjuntos. Previo ajuste de cuentas políticas, desde ya. La independencia de Cultura, en definitiva, acelerará los tiempos: días atrás, en un distinguido restaurante céntrico, coincidieron Jorge Asís y Verdi. El autor de «Carne picada» recordó entonces, no sin amargura, la poca independencia que tuvo, como Secretario de Cultura cuando dependía del entonces ministro de Educación Jorge Rodríguez, y Verdi acordó en todo con él: sólo aceptaría el cargo si se sentara a la misma mesa con Graciela Gianettasio, en lugar de enterarse por ella de lo que se hablaban en esas reuniones.
Dejá tu comentario