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10 de abril 2008 - 00:00

De cómo se angustian en el primer mundo

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«El inadaptado» es una estilizada y fluida fantasía noruega sobre la angustia humana en el Primer Mundo, a través de un hombre del desierto inserto en una extraña ciudad moderna.
«El inadaptado» (Den brysomme mannen, Noruega-Islandia-Dinamarca, 2006, habl. en noruego). Dir.: J. Lien. Guión: P. Schereiner. Int.: T.F. Airbag, P. Barrer, B. Larsen, P. Schaaning, A.T. Andersen, S. Boe, H. Lindbaek, I. Lykke.

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Una pareja se come a besos en el andén del subte. Pero la mujer está con los ojos abiertos, parece distraída, besa apenas mecánicamente. Un hombre joven, de ojos tristes, los mira, los vuelve a mirar. Y se tira abajo del tren. Con este episodio a modo de prólogo comienza «El inadaptado», una interesante, fluida, y estilizada fantasía noruega sobre la angustia humana en el Primer Mundo, una angustia más limpita pero tan intensa como la del Tercero.

El hombre llega del desierto, vestido igual que el Travis de «Paris, Texas», que también venía del desierto. Pero llega en ómnibus. Mejor dicho, lo traen. Cuando quiera saber de dónde lo trajeron, sólo encontrará huellas borradas y niebla. ¿Y a dónde lo trajeron? A la zona moderna de una ciudad de edificios lisos, para que trabaje de contador en una empresa moderna, donde todos son amables, empezando por el jefe. Amables, o más bien formales. En todo caso, distantes. Nadie grita, nadie pierde el control. Curiosamente, tampoco hay niños, no se disfrutan sabores, cualquier herida se restaura sin dejar cicatrices, y aparentemente nadie sufre. Alguien se ha lanzado sobre una verja. Quedó atravesado por las rejas. Personal sanitario, o de limpieza, lo saca y limpia todo. Nadie se impresiona, ninguno hace comentarios. En la parte vieja de la ciudad, el hombre percibe algo distinto. No corresponde contar más, salvo que éstas son personas reales, no robots, que las mujeres son reales (al menos en la visión de un misógino con cierta experiencia conyugal), y que el hombre que mencionamos es, más bien, un niño perplejo. El de «París, Texas» era un tipo triste, ya medio tirando a viejo. Pero en ambos casos se trata de personajes que han de luchar por algo inasible, que les despierta nostalgias lejanas, de cosas irreemplazables, e irrenunciables.

El origen de todo esto es un radioteatro de Per Schreider, que el mismo autor definió como «un film de horror para radio». Con los sonidos y colores apropiados, una violencia moderada, pero de imágenes fuertes, singulares, y una serie de temas de Edvard Grieg, Georges Delerue, y María Grever («Te quiero, dijiste», por el Trío Los Panchos), Jens Lien, el realizador, ilustra la historia de modo notable. Se lo puede relacionar con Wim Wenders, Eliseo Subiela, Roy Andersson, Samuel Beckett. Se lo puede ver por sí mismo. No se detiene el mundo por esta obra, pero vale la pena.

P.S.

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