9 de noviembre 2001 - 00:00

Delia Garcés fue mujer y duende

Garcés en Rosa de América
Garcés en "Rosa de América"
Delia Garcés reposa desde ahora a la sombra de uno de sus árboles amados, en la pequeña estancia familiar, cerca de Coronda, provincia de Santa Fe. A sus admiradores les cabe el consuelo de saber que su muerte fue tan inesperada como suave, y que sus últimos días fueron tan dulces como su rostro -uno de los rostros más hermosos del cine mundial. Así era también su alma, según quienes la trataron de cerca.

El 13 de octubre último había cumplido 82 años. Y el 30, recibió el premio ACE de Platino a la trayectoria. No era el primero que recibía por la labor de toda una vida (antes fueron los de Cinemateca Argentina, el Podestá, y el de Cronistas de Cine), pero su corazón estaba más emocionado que de costumbre. Rodeada de nietos y nietas, esa fue su última aparición pública.

El martes 7, sintiendo que se agravaban sus problemas cardíacos, se internó en el Sanatorio Otamendi, y murió la noche del miércoles. Ayer fue cremada y llevada a Santa Fe, mientras su amiga de muchos años Mirtha Legrand levantaba la emisión de su habitual almuerzo televisivo. El dolor era demasiado fuerte como para salir al aire.

Mujercita de rasgos delicados, Delia Garcés era hija de humildes inmigrantes gallegos, que tempranamente la orientaron en el arte. A los siete años ya integraba el Teatro Infantil Labardén, donde llegó a conocer a la poeta Alfonsina Storni, ya de cabellos blancos. Mucho después, ella y María Rosa Gallo grabarían en un disco sus poemas. Pero en aquel entonces, simplemente, actuaba con sus hermanas en las plazas de Buenos Aires, «y cuando terminábamos nos daban un pebete y un pirulín, y estábamos felicísimas».

Siguió luego en el Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico, primero entusiasmada con la música, y luego con el teatro. Incorporada como comparsa de la Comedia Nacional, junto a Malisa Zini, Fanny Navarro, y Nuri Montsé (y todavía sin cobrar un peso), Angel Magaña la vio en el Cervantes, y le avisó a Mario Soffici: «hay una piba con cara de chinita», ideal para un personaje de «Viento Norte».

Aunque ya había aparecido, en papeles muy menores, en otras dos películas, ésta sería su primera aparición destacable. Para ella, sin embargo, lo más destacable fue que por un día de trabajo y otro de fotos le pagaron 80 pesos, es decir más de lo que ganaba su hermana mayor en un mes de trabajo como empleada. Y aunque el cine le daría grandes satisfacciones, siempre le iba a dar prioridad al teatro, «quizá porque no me veo».

Teatro

En los escenarios, interpretó con gran encanto los textos de Bernard Shaw, Graham Greene, Jean Giraudoux, Leon Felipe, Alberto de Zavalía (de gran importancia en su vida), e inclusive el Chejov de «El jardín de los cerezos». En cambio, de su trabajo en cine, sólo le gustaba la escena en que responde a la Inquisición, en «Rosa de América». Del que hizo en «Casa de muñecas» (una de sus películas más recordadas), se sinceraba: «Algunos críticos estaban en contra. Era cosa para grandes actrices. Tenían razón. Después, fue un éxito inmenso y no hubo más discusión.»

Pese a tanta humildad -la misma que tendría en la vejez, cuando ante cada premio a la trayectoria decía «debe ser por cariño»-, tres veces el cine la consagró mejor actriz del año: por la comedia sentimental «Veinte años y una noche» (1941, el premio se lo dio Orson Welles en persona), por el poema cinematográfico «Malambo» (1942), y por la comedia brillante «Alejandra» (1956), que terminó siendo su última película.

En total, hizo 28, prestando su figurita delicada como contrapunto de los viriles
Pepe Arias, Elías Alippi, y Pedro López Lagar, o como parejita de Oscar Valicelli, George Rigaud, Alvarez Diosdado y Esteban Serrador, o como víctima del desaforado Arturo de Cordova en ese furibundo estudio de los celos simplemente llamado «El», y que lleva la firma del maestro Luis Buñuel (los de «Cahiers du Cinema» le dedicaron elogios encendidos de amor, al descubrirla años más tarde).

Además de
Buñuel, también supieron dirigirla Mario Soffici («Viento Norte», «Kilómetro 111»), Luis César Amadori («Maestro Levita»), el venerable Manuel Romero («Gente bien», «Muchachas que estudian»), los exquisitos Ernesto Arancibia («Casa de muñecas») y Luis Saslavsky («La dama duende»), y, sobre todo, Alberto de Zavalía, otro exquisito.

Se conocieron cuando ella todavía le escapaba al tango, y él buscaba la noviecita ideal para una biografía de
Carlos Gardel. Terminaron casándose para toda la vida, tuvieron dos hijos, e hicieron también once películas juntos, entre ellas «Veinte años y una noche», «La maestrita de los obreros», «Malambo», y «El gran amor de Becquer».

En 1948
David Selznick, el productor de «Lo que el viento se llevó», le ofreció un contrato de siete años en Hollywood, pero ella no estaba convencida. «Hollywood me pareció un horror. No me gustaba la idea de fábrica». Si aceptaba, su primera película habría sido «El retrato de Jennie», de William Dieterle, que terminó interpretando Jennifer Jones.

Su carrera internacional se concentra en las mejicanas
«El» y «Lágrimas robadas», y en la española «Rebeldía», de Nieves Conde, nada menos que con Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey. Y culmina, tras cierto paréntesis, con dos comedias de otro maestro, Carlos Schlieper: «Mi marido y mi novio», y «Alejandra», donde, ya con más edad y menos timidez, llegó inclusive a lucir sus piernas, con un vestuario sexy tipo Judy Garland.

Fue luego, por largos años, miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes, donde cumplió una silenciosa pero recordada labor. Alguna vez,
Antonio Di Benedetto dijo de ella: «El rostro tiene siempre edad de muchacha, por su corte, por su frescura, por la luminosidad renovadamente inaugural de su semblante». Tenía razón. Aún viejecita, siguió siendo una mujer hermosa, joven de corazón, irradiando una leve y femenina pureza a su alrededor.

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