9 de noviembre 2001 - 00:00
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Garcés en "Rosa de América"
Teatro
En los escenarios, interpretó con gran encanto los textos de Bernard Shaw, Graham Greene, Jean Giraudoux, Leon Felipe, Alberto de Zavalía (de gran importancia en su vida), e inclusive el Chejov de «El jardín de los cerezos». En cambio, de su trabajo en cine, sólo le gustaba la escena en que responde a la Inquisición, en «Rosa de América». Del que hizo en «Casa de muñecas» (una de sus películas más recordadas), se sinceraba: «Algunos críticos estaban en contra. Era cosa para grandes actrices. Tenían razón. Después, fue un éxito inmenso y no hubo más discusión.»
Pese a tanta humildad -la misma que tendría en la vejez, cuando ante cada premio a la trayectoria decía «debe ser por cariño»-, tres veces el cine la consagró mejor actriz del año: por la comedia sentimental «Veinte años y una noche» (1941, el premio se lo dio Orson Welles en persona), por el poema cinematográfico «Malambo» (1942), y por la comedia brillante «Alejandra» (1956), que terminó siendo su última película.
En total, hizo 28, prestando su figurita delicada como contrapunto de los viriles Pepe Arias, Elías Alippi, y Pedro López Lagar, o como parejita de Oscar Valicelli, George Rigaud, Alvarez Diosdado y Esteban Serrador, o como víctima del desaforado Arturo de Cordova en ese furibundo estudio de los celos simplemente llamado «El», y que lleva la firma del maestro Luis Buñuel (los de «Cahiers du Cinema» le dedicaron elogios encendidos de amor, al descubrirla años más tarde).
Además de Buñuel, también supieron dirigirla Mario Soffici («Viento Norte», «Kilómetro 111»), Luis César Amadori («Maestro Levita»), el venerable Manuel Romero («Gente bien», «Muchachas que estudian»), los exquisitos Ernesto Arancibia («Casa de muñecas») y Luis Saslavsky («La dama duende»), y, sobre todo, Alberto de Zavalía, otro exquisito.
Se conocieron cuando ella todavía le escapaba al tango, y él buscaba la noviecita ideal para una biografía de Carlos Gardel. Terminaron casándose para toda la vida, tuvieron dos hijos, e hicieron también once películas juntos, entre ellas «Veinte años y una noche», «La maestrita de los obreros», «Malambo», y «El gran amor de Becquer».
En 1948 David Selznick, el productor de «Lo que el viento se llevó», le ofreció un contrato de siete años en Hollywood, pero ella no estaba convencida. «Hollywood me pareció un horror. No me gustaba la idea de fábrica». Si aceptaba, su primera película habría sido «El retrato de Jennie», de William Dieterle, que terminó interpretando Jennifer Jones.
Su carrera internacional se concentra en las mejicanas «El» y «Lágrimas robadas», y en la española «Rebeldía», de Nieves Conde, nada menos que con Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey. Y culmina, tras cierto paréntesis, con dos comedias de otro maestro, Carlos Schlieper: «Mi marido y mi novio», y «Alejandra», donde, ya con más edad y menos timidez, llegó inclusive a lucir sus piernas, con un vestuario sexy tipo Judy Garland.
Fue luego, por largos años, miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes, donde cumplió una silenciosa pero recordada labor. Alguna vez, Antonio Di Benedetto dijo de ella: «El rostro tiene siempre edad de muchacha, por su corte, por su frescura, por la luminosidad renovadamente inaugural de su semblante». Tenía razón. Aún viejecita, siguió siendo una mujer hermosa, joven de corazón, irradiando una leve y femenina pureza a su alrededor.




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