16 de mayo 2001 - 00:00

Destila veneno obra de un hermético Albee

Escena de la obra.
Escena de la obra.
«El juego del bebé», de E. Albee. Trad. y adapt.: F. Masllorens y F. González del Pino. Dir.: R. Villanueva. Esc. y vest.: O. Pupo. Mús.: O. Edelstein. Int.: N. Aleandro, J. Marrale, V. Pelaccini y C. Tolcachir. (Teatro Maipo.)

Fiel a sus obsesiones, Edward Albee concita, a más de cuarenta años del estreno de «¿Quién le tema a Virginia Woolf?», a los fantasmas que lo atormentaban entonces. El lobo feroz de «El juego del bebé» sigue siendo el mismo y tiene muchos rostros: el miedo, la amenaza de la muerte, la pérdida de la juventud y la soledad que trae aparejada la falta de amor. Unicamente la juventud con sus sueños e ilusiones es capaz de proyectarse hacia el futuro.

Pero allí están los viejos «que saben que toda esperanza es imposible y que el tiempo se encargará de nivelar los sueños», restableciendo el reino de una realidad que los arroja del paraíso perdido de la inocencia.

La pareja joven de «El juego del bebé» acaba de tener su primer hijo. En él proyectan su amor y las esperanzas de un futuro mejor. Los viejos, con sus venenosas observaciones, los van envolviendo en una maraña de cinismo, hasta hacerlos aceptar que ese bebé en el que han proyectado su fe en un mundo mejor, en realidad, no existe (como no existía el hijo de la pareja de «¿Quién le teme a Virginia Woolf?»).

Para los viejos, la vida es lo que es: sólo una perspectiva amenazante: «los amados de los dioses mueren jóvenes». En caso contrario, el tiempo se encarga de marchitar el entusiasmo a medida que se marchita el sexo, y lo que queda es sólo un juego de simulaciones que termina por transformarnos en seres grotescos y cínicos privados de sentido.

Harold Clurman sostuvo, en ocasión del estreno de «¿Quién le teme a Virginia Woolf?», que «Albee logró convertir la enfermedad de la pieza en una fórmula tan brillante como un feliz pasatiempo comercial, en el que los personajes son más caricaturas que personas». Lo mismo puede decirse de su última obra. El autor se definió como «un talento feo», experto en «la preparación de paquetes venenosos». «El juego del bebé» es esa clase de paquete. Una obra desagradable y hermética. Y esto es así porque al autor no le interesa «que el público resuelva sus símbolos, sólo debe aflojarse para que ellos puedan ejercer su influencia».

Roberto Villanueva ha separado las dos realidades, marcándolas con diferentes estilos. Los jóvenes actúan con sinceridad y entrega, y los viejos están caracterizados como personajes de vodevil. Ha establecido la vinculación entre ellos como una relación entre víctimas y victimarios, rechazando, como lo dice el personaje del Hombre, toda incitación a la piedad.

La escenografía de
Oria Pupo consiste en un telón de fondo y dos sillas. Y el diseño de vestuario, en el traje de actor de vodevil que viste el Hombre, ya que la pareja joven está desnuda casi todo el tiempo, y Norma Aleandro luce un dise-ño de Elsa Serrano. Claudio Tolcachir y Verónica Pelaccini ponen su sinceridad al servicio de los personajes jóvenes y salen airosos de la prueba.

Norma Aleandro despliega su indudable experiencia. Y Jorge Marrale se transforma en el verdadero factótum de la pieza. Su demonio es sarcástico, ingenioso y por momentos, cómico, sin dejar de ser amenazante y siniestro. Ambos protagonistas demuestran su ductilidad y responden al estilo marcado por el director.

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