Nora Iniesta recibió una mención en la segunda edición del concurso co-organizado por el Banco Ciudad y el Museo. También participó en una muestra internacional de escultura e instalaciones al aire libre, en el Lido de Venecia, dedicada a artistas mujeres, entre ellas Magdalena Abakanowicz (Polonia) y Niki de Saint Phalle (Francia). En esa muestra -auspiciada por la Galería Daniel Mamán-, expuso la instalación Nada es para siempre, una alegoría sobre la identidad, que había sido expuesta en la Primera Bienal Internacional de Arte de Buenos Aires, en el 2000.
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Una fotografía de fines de los años 40 y un autorretrato con sus hermanos fue la imagen de su propuesta. «Un camino que es imposible desandar, un trecho que cada cual ha caminado: la vocación elegida, un país donde decidimos vivir, desarrollarnos, crear, crecer. Allí se cruzan la identidad, la pertenencia de la más querida Patria: la nuestra», dijo la artista. «Nada es eterno, nada es para siempre. Pero hay un punto de partida -dijo el crítico de arte francés Pierre Restany -, algo que va modificándose y, a la vez, que persiste a través del tiempo».
Aunque es preciso observar que sus recuerdos de la infancia no son nostálgicos sino que se proyectan hacia el futuro. «No hay otros paraísos que los paraísos perdidos», es la cita de Borges que inicia la presentación del catálogo. Una mirada hacia el pasado desde el hoy. «Venimos por esa continuidad desde aquello dado -mis hermanos, mi familia-, hacia una bifurcación donde cada cual tomó un camino diferente. Pero de alguna manera vengo de ellos. Todos somos como un cuerpo, como un solo ser, a partir del cual uno puede ponerse a trabajar. Por supuesto, en su propio lenguaje», agregó.
Sus obras se enlazan con el mundo de los juegos con sus hermanos, aluden al azar en su historia personal. El mundo de su infancia y los elementos que la rodean (los juegos, los recuerdos, las manualidades) conforman el universo del que extrae sus imágenes.
Sus primeras obras estaban guiadas por preocupaciones formales: relaciones de las figuras en el espacio, tensiones entre éstas y los fondos de una composición. Pero a medida que avanza su búsqueda, aparecen imágenes reconocibles, que forman parte de un nuevo universo ligado a lo lúdico y lo cotidiano. Sus collages exhiben números de lotería, figuritas escolares, y sus objetos incorporan muñecas y fotografías antiguas, que aluden a los afectos y a la memoria de la artista, pero también convocan la sensibilidad del espectador.
Ya en su serie «La mesa está servida», objetos cotidianos como bandejas y platos, asociados a la actitud femenina y maternal, recuperan las cenas en bandeja, de su casa cuando era niña. Sobre las bandejas, las fichas de dominó y los dados , que se enlazan con el mundo de los juegos con sus hermanos, aluden al azar de su historia personal. Las cuentas de fantasía, que la artista-niña cosía junto a su madre en pulseras y collares, hoy se han transformado en metáforas de su quehacer estético que enhebra perlas de tiempo. En su muestra del año pasado en el Museo de Bellas Artes presentó fragmentos de obras realizadas en distintas etapas, pero unidas por un hilo conductor.
•Formación
Iniesta se formó en Buenos Aires, donde inició sus estudios de arte en la Escuela Manuel Belgrano, y luego prosiguió en la Prilidiano Pueyrredón.
En los años 70 se trasladó a Londres, para realizar un Master en la Slade School. En 1980 obtuvo el Premio Braque de Dibujo. Durante su estadía de tres años en París, estudió, trabajó y participó en la Bienal de Jóvenes Artistas. Cuando en 1981, expusimos una muestra del Grupo CAYC, en el Palais de Beaux Arts de Laussane, junto a su director René Berger y al crítico norteamericano Clement Greenberg, Iniesta participó en un coloquio organizado en esa ciudad de Suiza. Su obra se complementa con trabajos de diseño, ilustración, vestuario y decoración. Pero lo más importante para ella son los recuerdos, el mundo de la infancia y sus juegos. Campo de juego - Puntapié inicial, es la propuesta distinguida en el Premio Banco Ciudad, que se presentará el 12 de diciembre en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Por medio de una maqueta representó una alegoría: un gran partido por jugar. Uno de los arcos del campo de juego, es una réplica de la fachada de la Casa Rosada. Los banderines han sido reemplazados por banderas de gran tamaño y los colores están desgastados por el paso del tiempo. El campo de juego vacío remite a la ausencia, a la falta de figuras protagónicas. Pero la pelota alude a un partido por comenzar y a la esperanza. Iniesta también expuso en Seúl, mayo-junio del 2002, junto con otros veinticinco argentinos, a raíz del mundial de fútbol, estandartes de grandes dimensiones, al aire libre, que se presentaron primero en Buenos Aires y luego en Corea.
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