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2 de septiembre 2004 - 00:00

Dolores que se estiran demasiado

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Mirtha Busnelli (aquí junto a Javier Lombardo, su marido en la ficción de «Dolores de casada») luce su graciosa habilidad en una comedia con un mal del cine argentino: alarga demasiado lo poco que tiene para decir.


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En fin, vayamos a lo que hay: en primer lugar
Hasta que tras algunas desorientaciones de típicos separados, empiezan los escarceos para el regreso al hogar, que, ya se sabe, es la solución propia de toda comedia familiar argentina. Lo que acá es posible, gracias a 1) antes de volver a casa, el marido ha de haberse dopado con Pacienzol extragrande; y 2) aquello tan interesante de « cenizas quedan», aunque en este caso avivadas no solo por el aliento del amor, sino por los entusiastas gemidos de la vecinita recién casada, que traspasan las paredes y alteran las hormonas de todo el consorcio.

En segundo lugar, hay también unos pequeños apuntes tomados del natural, con las figuras de la hija que parece una criatura pero ya está en edad de emprender vuelo, las formas de comunicación con la hija ( dicho sea de paso, qué forma rara de servir el mate tiene alguna gente), la amiga de la mujer, el amigo del tipo, que la va de langa maduro, la piba sin historia, que el tipo con historias no sabe manejar, las descargas en terapia, la contraposición de distintas etapas matrimoniales, y, encantadora como siempre,
Como puede advertirse, dentro de todo la gente interesada encontrará material para pasar un rato amable. Demasiado rato, ése es el problema. Si alguien quiere decírselo al director, es el muchacho que aparece como el novio de la hija, y ésta es su primer película. Filmada parcialmente en San Luis.

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