13 de abril 2001 - 00:00

Dos maestros, en una misma representación

( 16/04/2001) «L'enfant prodigue», escena lírica de Claude Debussy. Con P. González, M. Spagnuolo, A. Noguera y Coro; Juan Pablo Scaffidi (piano).

«L'enfant et les sortileges», fantasía lírica de Maurice Ravel con Raquel Winnica, Rosana Bravo, Celina Torres, Eleonora Sancho, Lucas Debevec Mayer, Mario de Salvo, Sebastián Sorrarain, Gabriel Centeno, Isabel Minguez, Patricia Douce, Renata Schneider, María Daneri, Esteban Manzano, Mirko Tomas, Marcela Sotellano, Mariana Rewerski, Cecilia Layseca, Sonia Stelman, Margarita Pollini y Natalia Cappa. Coro y conj. instrumental, dir.: Antonio Russo. (Teatro Avenida, organiza Juventus Lyrica.)

Es una idea muy feliz la de aunar a los máximos creadores musicales del Impresionismo en una misma velada, y rescatar de ambos sus aportes a la lírica, que son muy valiosas por cierto, y que han recibido un tratamiento cargado de ingenio en realizaciones impecables. «L'enfant prodigue» está basada en la parábola que encontramos en el Evangelio de San Lucas capítulo XV versículos 11-13; había nacido como una Cantata, pero el mismo Debussy lo convirtió en esta escena lírica de suave dramatismo y delicada música, refinada línea vocal y atmósfera religiosa. La puesta es otoñal y poética, revela la sensibilidad y el ideario pictórico de la regista Ana D'Anna.

En cuanto a la fantasía lírica «L'enfant et les sortileges» que Maurice Ravel terminó en 1925, está basada en un relato de la novelista francesa Colette (1873-1954), la misma de « Gigi» y « Claudine». Es un feérico relato, al niño travieso se le enfrentan los animales y objetos que son diariamente maltratados por él, hasta que comprende y llama a su madre, a la que también había dirigido su agresividad.

Lo difícil de corporizar se logró de manera imaginativa con la participación de un cuerpo de artesanos. Es difícil relatar aquí con cuanto encanto se recibe a un sillón que canta, al gran reloj de péndulo humanizado, la belleza de las alas de la libélula, el movimiento y tics de las ranas, la orgullosa taza china y tantos otros que, con la sugestión de la música y el canto superan a «Alicia» de Lewis Carroll.

La sensualidad y movimientos felinos de los gatos, la ceniza de la chimenea y hasta el grupo de pastores que decoraban una pared reviven en escena. La aparición del grupo que representa a las odiadas mate-máticas, que esta vez son tremendamente simpáticas, o la ceniza de la chimenea, ya son hallazgos que hicieron visibles y teatrales al surrealismo.

Como son 25 cantantes, más el coro y los músicos, es imposible darle a cada uno el párrafo laudatorio que se merecen, pero es lícito afirmar que todos pusieron excelencia y entusiasmo, conformando un espectáculo encantador.

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