27 de enero 2005 - 00:00

Duelo verbal y de grandes actuaciones

El veterano director de «El graduado» traslada al cine la algo moralizante pieza teatral «Closer», haciendo brillar cada línea de sus temibles diálogos y a los cuatro actores que los dicen.
El veterano director de «El graduado» traslada al cine la algo moralizante pieza teatral «Closer», haciendo brillar cada línea de sus temibles diálogos y a los cuatro actores que los dicen.
«Closer» (EE.UU., habl. en inglés) Dir.: M. Nichols. Guión: P. Marber, sobre su obra teatral homónima. Int.: N. Potman,C.Owen, J. Roberts, J. Law.

Ultimamente más volcado a la TV (donde se lució con «Angeles en América»), Mike Nichols volvió al cine con esta lograda traslación de «Closer», la pieza teatral de Patrick Barber que en nuestro país conoció una buena versión con Jorge Marrale, Susú Pecoraro, Leticia Brédice y Leonardo Sbaraglia en 1999. Las adaptaciones de obras teatrales son gustos que el director de «El graduado» se da a menudo, empezando por su notable ópera prima «¿Quién le teme a Virginia Woolf?» (1966, sobre pieza de Edward Albee), que tiene con ésta algunos puntos de contacto. Ambas describen desordenadas conductas sociales, afectivas y, sobre todo sexuales. Pero hay diferencias.

«Closer»
entrecruza a dos parejas en Londres, a partir del chateo tramposo entre dos hombres. Primero, el autor de necrológicas y aspirante a escritor Dan (Jude Law) flirtea con la fotógrafa Anna (Julia Roberts), aunque ya convive con Alice (Natalie Portman), una joven stripper neoyorquina que conoció en la calle. Enterada de la existencia de Alice, la fotógrafa, tambien norteamericana, no acepta el convite en ese momento. Despechado, o aburrido, Dan se hace pasar por Anna en internet, desde donde hace picar a Larry (Clive Owen), un dermatólogo en principio inocentón, y tras darle gráficos ejemplos de las proezas sexuales a compartir, lo cita en un acuario al que suele ir Anna.

Mediante un salto de tiempo se sabrá que Larry la conoció efectivamente en el acuario y, que resuelto el malentendido, congeniaron lo suficiente como para ponerse de novios. Otros saltos, y ya están no sólo casados sino también en tren de separarse a causa de Dan, con lo que se inicia un juego de traiciones, donde la que aparece como víctima propiciatoria es Alice, sobre todo cuando los dos hombres miden fuerzas, que de eso se trata todo el asunto. Al respecto, un hallazgo: un arranque paranoico de Dan, Nichols lo acompaña con un fragmento de «Cossi fan Tutte» de Mozart, ópera en que dos mujeres son cruelmente puestas a prueba por sus miserables novios.

• Sólo palabras

Más allá del cuerpo casi desnudo de Natalie Portman exhibido sin pudores en una torturante escena con Owen (y reveladora también, aunque él no puede escuchar más que la voz de su narcisismo herido), en esta película no hay una sola escena de sexo, porque lo interesante acá -o lo aterrador según cómo se mire-, es lo que esta gente se dice, como buena obra teatral que es, adaptada por su mismo autor, además.

Si en «Quién le teme a Virginia Woolf», Elizabeth Taylor y Richard Burton protagonizaban duelos verbales a muerte, vale decir que intercambiaban esas puñaladas que se asestan con la sola intención de lastimar lo más profundamente posible al otro, los personajes de Closer también se dicen de todo, pero éstos son más modernos y acaso más psicoanalizados, entonces parecen recurrir a la «verdad», cuanto más malévola mejor, creyéndose simplemente sinceros. El amor, o su coartada, sugiere Barber puede sacar a relucir lo más abyecto de la naturaleza humana.

Por ejemplo, cada uno a su tiempo,
Dan y Larry pedirán a sus mujeres relatos detallados de cómo su rival le hizo el amor (eufemismo que jamás se escuchará en esta película donde se llama a cada cosa exactamente por sus nombres más vulgares y corrientes). O la estúpida megalomanía de Dan a la hora de confesarse ante Alice, y así sucesivamente.

Es verdad que el film, como la obra, puede resultar moralizante, entre otras cosas, pero también es cierto que Nichols hace brillar cada línea de diálogo y, fundamentalmente, a los actores que los dicen (como en todas sus películas, por otra parte). Con Jude Law en último lugar, pero mejor que siempre, y Clive Owen sacándole lustre a la ruindad extrema de su personaje, todos están sencillamente perfectos.

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