Efecto campaña: abrió por fin Arte Moderno

Espectáculos

Resulta difícil de creer que Buenos Aires no tenga un Museo de Arte Moderno, que ningún político haya entendido la magnitud de un proyecto que podría haber cambiado el status de nuestros artistas en el mundo. ¿Cómo no darse cuenta de que la historia del arte moderno argentino (que está cuidadosamente guardada en depósitos), podría ser diferente si en esta última década hubiera tenido la visibilidad y legitimidad que merece? ¿Cómo explicar que las obras de remodelación del MAMba (con un préstamo del BID acordado para este fin), se demoraron ocho largos años y recién se iniciaron hace tres meses?

En estos días, acaso impulsados por la acelerada dinámica de los tiempos electorales, los funcionarios de la ciudad rompieron la inercia y, para paliar la inexplicable e irresponsable demora, cedieron al MAMba el segundo piso del Palacio de Correo. Allí, el jueves pasado se inauguró una exposición antológica de Luis Felipe Noé, la muestra «Líneas perdidas» de Ernesto Ballesteros, «Mi primera escultura», una alegre instalación sonora de Leopoldo Estol, un video de los años '70 de Eduardo Costa y parte de la Colección Pirovano. En suma, un verdadero despliegue de tendencias y estilos para dejar atrás las pausas y descuidos de estos últimos años, que se completa con la música experimental de Jorge Haro.

Como un gesto de apoyo a esta institución olvidada, a su directora, Laura Buccellato, y a la infatigable Asociación de Amigos, nadie faltó al vernissage. La serie de dibujos «Noé en línea», acompañada por algunas pinturas y una instalación, resultó ser una excelente elección para inaugurar la nueva etapa. Nada mejor que un artista apasionado para llenar ese espacio desolado.

El temperamento expansivo y compulsivo de Noé tiene su correlato en una expresiva y comunicativa obra, que de inmediato atrapa el interés del espectador. A través de innumerables series de dibujos, Noé reflexiona y a la vez representa, con gesto nervioso, temas tan diversos como la violencia, la historia, el arte, la literatura de Joyce, la locura, el deseo, la naturaleza, el amor, el psicoanálisis, la política, las relaciones humanas, o la filosofía de Wittgenstein, entre otras cuestiones.

Cada trabajo merece un análisis, pero la muestra es exhaustiva y, por esta razón, además del virtuosismo del dibujo y el apremio incesante que transmite Noé, permite descubrir la perfecta sincronía entre la obra, el pensamiento, que mayormente se conoce a través de sus libros, y el discurso que suele ser tan impulsivo como sus líneas. Es decir, ver casi la totalidad de sus dibujos es algo muy diferente de toparse con algunas de sus obras aisladas, con esos remolinos y esos torrentes de tintas abigarradas que sólo permiten intuir parcialmente la intención del artista.

Con el correr apresurado del pincel, Noé construye un orden y un sentido, que recién se percibe a ver el conjunto de las obras. El catálogo de presentación trae un texto del artista que habla del dibujo como un lenguaje cuya unidad no es la palabra sino la línea, «por lo tanto, un lenguaje de contenidos más sensibles que precisos». Sin embargo, en esta exposición que se inicia en 1957 y recorre media centuria, hay un derroche de sensibilidad, energía, vitalidad, e intensidad, pero también está la precisión constante.

En el lenguaje elegido por Noé, que es el dibujo, hay variables que escapan a las normas comunes de esta disciplina, como el vértigo que imprime a la línea, que más allá de mostrar su sensibilidad a flor de piel, resulta ser el vehículo más rápido y eficaz para trasladar a la tela o el papel el inagotable universo de sus ideas.

Los conocedores del talento y el estilo inconfundible del maestro sesentista saben que es capaz de servirse del arte de todos los tiempos y procesarlo hasta hacerlo suyo. Pero la dimensión casi desmesurada de la exhibición deja a la vista algo más: el itinerario inmensamente rico de esa línea que comenzó a fluir en la década del '50, y que hoy continúa su veloz trayectoria, dibujando la lúcida, poética y ética manera de sentir y ver la vida a través de los ojos de Noé.

El MAMba, dueño de una colección privilegiada, tendrá su nueva sede de 7.000 metros diseñada por Emilio Ambasz, dentro de un año y medio, si nada se interpone. Entretanto, en setiembre se exhibirá una muestra de la conceptualista Marie Orensanz, y Ultimas Tendencias II, con las producciones de los artistas más jóvenes.

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