27 de febrero 2007 - 00:00

El año más internacional dejó casi todos los Oscar en EE.UU.

«¿Puedenvolver a mirar elsobre paracorroborar queesto seacorrecto?», pidióMartin Scorseseal trío Coppola-Spielberg-Lucas,encargado deentregarle elprimer Oscar desu carrera a sucolega por «Losinfiltrados» (arriba). Forest Whitaker y Helen Mirren (abajo).
«¿Pueden volver a mirar el sobre para corroborar que esto sea correcto?», pidió Martin Scorsese al trío Coppola- Spielberg- Lucas, encargado de entregarle el primer Oscar de su carrera a su colega por «Los infiltrados» (arriba). Forest Whitaker y Helen Mirren (abajo).
En su edición «más internacional», el Oscar finalmente se quedó mayormente en casa. De la veintena de nominaciones que tenían los latinos, según la jerga hollywoodense (eran casi todos españoles y mexicanos, además de nuestro compatriota Gustavo Santaolalla) sólo cuatro estatuillas saldrán de Estados Unidos junto con la de Helen Mirren y la honorífica de Ennio Morricone, que se los llevarán a Europa, entre otros pocos.

Vaya como síntesis de ese espíritu doméstico el extenso compilado, puesto estratégicamente hacia el final de la extensísima ceremonia (cuatro horas), que probaba la «diversidad», que según el presentador Will Smith, caracteriza «nuestro cine y que nos muestra como somos a través de nuestras diferencias sociales, políticas y religiosas». Ahí se pudo ver una ecléctica selección de películas estadounidenses que terminaba con James Brown envuelto en la bandera norteamericana y cantando «I Feel Good». Mucho antes, todo hay que decirlo, habían mostrado también fragmentos de todos los films extranjeros que ganaron en su rubro en la historia del premio.

La diversidad, justamente, fue otra de las cacareadas diferencias de la ceremonia de anteanoche con la del año pasado. Empezando por la maestra de ceremonias Ellen DeGeneres (definida ayer por «The New York Post» como «la primera lesbiana -que nosotros sepamos- en presentar la gala»), quien lo remarcó desde el principio al recordar que «si no hubiera negros, judíos y homosexuales no habría Oscar, ni siquiera alguien llamado Oscar», dicho sea de paso, uno de sus pocos bocadillos inspirados de la noche.

Sin embargo, lejos de premiar la fantasiosa universalidad de «Babel», por caso, los académicos este año se inclinaron por el Martin Scorsese aparentemente menos oscarizable: policías en pie de igualdad con mafiosos y asesinos. «Los infiltrados», además, ostenta la mayor cantidad de «obscenidades» del cine de las últimas décadas, según los buscadores de rarezas. Sin poner en tela de juicio la absoluta justicia de un premio negado seis veces antes al gran cineasta neoyorquino (no por nada se eligió para entregarlo nada menos que a Steven Spielberg, George Lucas y Francis Coppola), debe decirse que esta elección contrasta fuertemente con la edición 2006, donde se sacó un film menor de la galera («Vidas cruzadas») para no premiar a «Secreto en la montaña», con su incómodo, por no decir herético, romance entre cowboys.

Pero las diferencias no se acaban ahí. Como para corroborar los nuevos vientos que parecen correr hoy en la misma EE.UU. que hace poco más de dos años volvió a elegir a George Bush para otros cuatro en la Casa Blanca, la ceremonia en el Teatro Kodak de Los Angeles estuvo rondada por ingentes campañas en defensa del medio ambiente y de países oprimidos, antes, durante y después de su realización. Muchas estrellas llegaron en vehículos no contaminantes y otras muchas lucieron en su pecho una lágrima roja, que quería simbolizar la explotación de las minas de diamantes y otras piedras preciosas a base de sangre de los mineros africanos.

Antes de recibir el Oscar al mejor documental por su ecologista «Una verdad incómoda», precisamente, Al Gore subió al escenario junto a Leonardo DiCaprio (convencido crítico de las minas de diamantes en Africa desde que fue a filmar ahí «Diamante de sangre»), para agradecer a la academia que por primera vez haya impreso el programa de la ceremonia «en verde». Ya ganador, hizo un llamamiento a Estados Unidos y el mundo para que tomen medidas contra el cambio climático. Lo mismo hizo Melissa Etheridge al recibir el premio a la Mejor Canción por ese documental (antes de dedicarle el Oscar a su «esposa» y madre de sus cuatro hijos, ya que se trata de otro ícono lésbico que quebró otro tabú al besar a su pareja en la boca antes de subir al podio). No sin razón, ayer varios medios norteamericanos vieron en la omnipresencia de Al Gore en la mayor fiesta de Hollywood como un adelanto de su regreso a la política.

Los vientos de libertad, parecen haber sorprendido incluso a los habituales conocedores y hasta a los apostadores, que daban por seguro el Oscar para Scorsese como director, pero veían amenazada su película por «Pequeña Miss Sunshine», una comedia defendida por la liga de Productores de Hollywood, que al final se quedó con el premio al mejor guión original y el de mejor actor secundario (Alan Arkin). Al respecto, cabe recordar que a «Babel» nadie le daba chances en los rubros principales y en ese sentido, el argentino Santaolalla le salvó literalmente la ropa al ganar el único Oscar de los siete para los que la película de Ignacio González Iñárritu estaba nominada. Por la carta que el cineasta mexicano hizo pública ayer en su país (firmada también por Gael García Bernal y Santaolalla, entre otros), se diría que le echó la culpa del fracaso a su habitual guionista Guillermo Arriaga. Antes de asegurar que ese vínculo «estaba terminado», Iñárritu acusó a Arriaga entre otras cosasde tener «una injustificada obsesión por reclamar la sola autoría de una película» y de «no haber nunca integrado un equipo». A lo mejor, quien sabe, esta ruptura ayude al realizador a buscar otras alternativas a una fórmula que agotó con «Babel» después de «Amores perros» y «21 gramos».

Otro que se enojó fue el español Guillermo del Toro, cuyo film «El laberinto del fauno» ganó tres Oscar, pero perdió como mejor película extranjera, donde era favorito, con la alemana «Las vidas de los otros», sobre un agente de la «Stasi» comunista. Para Del Toro su film perdió porque «no estaba ambientada en la Alemania nazi ni hablada en inglés», según .

Del resto de los premios, pocos sorprendieron. Aparte de Scorsese, otros ganadores seguros eran Helen Mirren y Forest Whitaker, ambos de formidable performance, ella como Isabel II en «La reina» y él como Idi Amin en «El último rey de Escocia». Ambos, también, tuvieron un comportamiento acorde a los papeles por los que fueron distinguidos. Mirren, british al fin, apenas sonrió cuando fue nombrada y luego se refirió a la reina de Inglaterra con un supuesto sarcasmo que nunca dejó claro si era a favor o en contra (exactamente igual al estilo que usó el director Stephen Frears para «La Reina»). Tan es así, que ayer uun portavoz del Palacio de Buckingham no descartó la posibilidad de que la actriz tenga una cita con la Reina. Tony Blair, a quien el film no deja -esto sí evidentemente- bien parado, afirmó que Mirren merecía el Oscar, por ser una «actriz muy especial», aunque su vocero aclaró que el primer ministro no había visto «aún» la película.

Whitaker, por su parte, pronunció el discurso más místico y hasta dijo sentir la presencia «de sus antepasados» en el momento de gloria.

Una y otro destrozaron varias esperanzas. Mirren, la de Penélope Cruz y su sueño de convertirse en la primera española en recibir un Oscar a la mejor actriz, y Whitaker, además de desairar al mejor DiCaprio de los últimos tiempos (que competía por «Diamante de sangre» y no por su excelente labor en «Los infiltrados»), dejó por octava vez sin Oscar al venerable Peter O'Toole, que se convirtió en el mayor perdedor de la historia del Oscar.

Otro que se quedó casi con las manos vacías fue Clint Eastwood. Su película «Cartas desde Iwo Jima», hablada en japonés que muestra esa batalla desde el punto de vista de los perdedores (completando su estupendo díptico, iniciado con «La conquista del honor», que cuenta lo mismo, pero desde los ganadores) fue vencida en todos los rubros en que compitió, menos en en el de mejor montaje de sonido.

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