Para su actual muestra, Andrés Waissman utiliza la viruta, un material no convencional que el artista convierte en un potente recurso expresivo (arriba una obra de la serie "Multitudes").
Andrés Waissman ha señalado mediante su pintura la fugacidad, la fragilidad, la inestabilidad, la no pertenencia del hombre en un contexto ambiguo y dramático. Sus metáforas pictóricas aluden a desplazamientos, destinos inciertos, una visión del hombre expulsado. A través del tiempo ha expresado todo esto a través de campos de batalla con formaciones listas para el combate, estadios, multitudes de seres anónimos apiñados en negros empastes, grises y ocres que se funden.
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Este tema del ser anónimo que se desplaza masivamente, sin rumbo, se tradujo más adelante en pinceladas cortas, abigarradas, blancos y negros que viraban al gris para acentuar ese anonimato. Pero apareció el rojo avasallante y las multitudes se convirtieron en una caligrafía obsesiva, oriental, con mensajes ocultos, códigos secretos con signos hebreos para después desplazarse hacia formas mínimas, desprendimientos a manera de mosaicos de colores.
En su actual muestra en el Centro Cultural Borges y con la curaduría de Gustavo Vázquez Ocampo, Waissman mete las manos. en la viruta. Un material no tradicional que el artista descubre por casualidad y que piensa y siente como posible para sus multitudes. Un potente agente expresivo que también contribuye a estimular visualmente al contemplador, a esta altura, demasiado acosado por la proliferación de imágenes en infinidad de medios.
En la densidad y abigarramiento que le ofrece este material, un mundo gris, no hay resquicio. No hay salida para estas multitudes condenadasal silencio pero sí la hay para este artista siempre alerta en la búsqueda de su esencia, no conformista, ajeno a tendencias y que desarrolla sus ideas con la esperanza de un mundo menos hostil.
El arte de los últimos tiempos es una yuxtaposición de diversas tendencias que, en general, enfatizan problemas sociales, la cotidianeidad en todas sus variantes, principalmente las desigualdades que se ven en las calles de las grandes ciudades, el problema de la identidad, la hibridez de las imágenes que muchas veces rozan lo escatológico, acciones efímeras, el erotismo provocativo, la no expresión de los sentimientos, la estética de la indiferencia, sexo, muerte y guerra, la acumulación de basura. En fin, un glosario interminable del que está ausente -no podría ser de otro modo-la alegría. Pero aparece Nora Iniesta y «La Vida Siempre Sonríe».
Ya el título, a pesar de todos los «Sin título» que muchos artistas adoptan, en algunos casos para no influir en el espectador, invita a adoptar una actitud positiva. Iniesta encuentra y colecciona los objetos más dispares, viejos boletos de subte, fichas, espejitos, abanicos, figuritas, dados, bolitas, el repertorio es infinito. Podría clasificársela como la reina del collage, del fragmento, de la acumulación de elementos pero no al azar, al contrario, los ubica de manera reflexiva y conceptual.
Desde sus «Abecedarios», «Rompecabezas», «La Mesa está Servida», «Paisajes», «Los Próceres», lo ligado a la Escuela Argentina, «Nada es para siempre», hasta estas obras, una suerte de tour de force a través de 70 cuadros. Es casi imposible concentrarse en la lectura de cada obra, llevaría horas, como las que suponemos le ha llevado a Iniesta «recortar» y «pegar» con maestría cada uno de los fragmentos que la componen. En algunos hay lo que se denomina horror vacui, en otros, los fragmentos se ubican en el espacio de manera que permiten una lectura más silenciosa.
Uno de los grandes méritos de esta artista es la composición, la estructura, los recursos a los que apela para la realización de una obra en la que sobrevuela una delicada ironía, cierta crítica, jamás agresiva, una demostración, además, de su fe en lo que hace. Wussman (Venezuela 570).
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