24 de febrero 2005 - 00:00
"El aviador"
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Leonardo DiCaprio tarda en mostrar al verdadero Howard Hughes, pero en la última hora de película es fuertemente convincente.
Angustias a todo lujo y gags terriblemente serios se mezclan de un modo realmente raro en esta obra formidable y despareja,con errores tan groseros que casi parecen darle un toque más genuino a esta película que, filmada de este modo, es un sueño imposible en el Hollywood de cualquier época.
Llena de momentos brillantes, «El aviador» presenta detalles flojos a granel, que sorprenden por aparecer con la misma naturalidad característica del mejor cine de comienzos del sonoro, cuando una escena imperdible podía estar precedida del cliché más repetido, y un chiste tonto podía interrumpir el drama más serio.
Los anacronismos son permanentes y molestos, y la bulimia de la Ava Gardner encarnada por Kate Beckinsale da pena. Lo mismo pasa con Leonardo DiCaprio, que durante media película no logra mostrar a Hughes; pero, en un momento clave, en medio de fuego, dolor y lágrimas, una extraña silueta sale de la nada para socorrer al piloto caído; es un momento mágico, sin lógica alguna, que culmina con la presentacióndel protagonista más muerto que vivo. «No hay nadie más. Soy Howard Hughes, el aviador!»
Durante la siguiente hora y pico de película DiCaprio es un intensísimo y convincente Hughes, acompañado por actores en trabajos memorables como Alan Alda (un corrupto de antología). Técnicamente la película es un hito imposible de apreciar en una sola visión. Cada escena adopta el tipo de fotografía del cine de la era en cuestion, los efectos especiales para los ballets aéreos no tienen precedente, y hasta la música de Howard Shore mezcla los acordes del Bernard Herrman de Hitchcock y Welles, con toques ridiculos que aclaran que esto no es un thriller, ni una comedia dramática; es una biografía imposible, apenas el modo que encontró Scorsese para expresar cosas tan complicadas, oscuras y profundas que en más de un momento vuelven casi comprensible esa obsesión por lavarse las manos hasta que sangren.




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