24 de febrero 2005 - 00:00

"El aviador"

Leonardo DiCaprio tarda en mostrar al verdadero Howard Hughes, pero en la última hora de película es fuertemente convincente.
Leonardo DiCaprio tarda en mostrar al verdadero Howard Hughes, pero en la última hora de película es fuertemente convincente.
«El aviador» («The Aviator», EE.UU, Japón, Alemania, 2004, habl. en inglés). Dir.: M. Scorsese. Int.: L. DiCaprio, C. Blanchett, J.C. Reilly, A. Baldwin, I. Holm, A. Alda, K. Beckinsale.

"Calles peligrosas" y «Taxi Driver» pueden definirse como un policial, «Toro salvaje» como una película de box, pero todos estos clásicos esenciales del cine de Scorsese son historias sobre la locura individual y colectiva, expresadas a traves de personajes contradictorios no precisamente muy simpáticos o tiernos.

Con «El aviador», Scorsese vuelve a ese conflicto básico con un drama biográfico que no es otra cosa que una exploración de estos misterios del alma, pero esta vez llevando el asunto a dimesiones épicas, empezando por la locura del personaje central. Sin millonarios dementes como Howard Hughes, algunas de las mejores cosas que redimen al siglo XX aún estarían por suceder. Esto es lo que Martin Scorsese cuenta en los momentos más lúcidos de una de sus películas más imperfectas y extraordinarias.

Hay dos o tres ejemplos precisos de esa intención: cuando a Hughes le advierten que no puede hacer un western tan cargado de erotismo como «El proscripto», él no se preocupa: «¿A quién no le gustan las tetas?», contesta despreocupado. Corte, y el busto de Jane Russell es discutido con el comité de censura como si se tratara de un tema de estado.

Sin tanta inocencia, Hughes le explica a un político corrupto, casi a sueldo de Pan Am, la noción de que un país como Estados Unidos puede tener más que una sola aerolinea habilitada para vuelos internacionales. Igual que el censor al que no le gustan las «mamarias» de Jane Russell, el legislador sostiene que una sola aerolínea no es un monopolio.

Hoy ambos conceptos son tan obvios (al menos en los EE.UU.) que no parecen la mejor idea para una película de más de 100 millones con un Leonardo Di Caprio obsesionado con el agua y el jabón. Pero son temas que Scorsese vuelve apasionantes, y que se mezclan con otros como la fiebre por concretar una idea, las relaciones enfermizas, los traumas infantiles que reaparecen en cualquier momento, el poker del mundo de los negocios, el ajedres de la política y la corrupción, la ilusion del control omnipotente y la paranoia del poder, y por sobre todo lo inútil y relativo de logros y hazañas humanas.

Angustias a todo lujo y gags terriblemente serios se mezclan de un modo realmente raro en esta obra formidable y despareja,con errores tan groseros que casi parecen darle un toque más genuino a esta película que, filmada de este modo, es un sueño imposible en el Hollywood de cualquier época.

Llena de momentos brillantes,
«El aviador» presenta detalles flojos a granel, que sorprenden por aparecer con la misma naturalidad característica del mejor cine de comienzos del sonoro, cuando una escena imperdible podía estar precedida del cliché más repetido, y un chiste tonto podía interrumpir el drama más serio.

Los anacronismos son permanentes y molestos, y la bulimia de la
Ava Gardner encarnada por Kate Beckinsale da pena. Lo mismo pasa con Leonardo DiCaprio, que durante media película no logra mostrar a Hughes; pero, en un momento clave, en medio de fuego, dolor y lágrimas, una extraña silueta sale de la nada para socorrer al piloto caído; es un momento mágico, sin lógica alguna, que culmina con la presentacióndel protagonista más muerto que vivo. «No hay nadie más. Soy Howard Hughes, el aviador!»

Durante la siguiente hora y pico de película DiCaprio es un intensísimo y convincente Hughes, acompañado por actores en trabajos memorables como Alan Alda (un corrupto de antología). Técnicamente la película es un hito imposible de apreciar en una sola visión. Cada escena adopta el tipo de fotografía del cine de la era en cuestion, los efectos especiales para los ballets aéreos no tienen precedente, y hasta la música de Howard Shore mezcla los acordes del Bernard Herrman de Hitchcock y Welles, con toques ridiculos que aclaran que esto no es un thriller, ni una comedia dramática; es una biografía imposible, apenas el modo que encontró Scorsese para expresar cosas tan complicadas, oscuras y profundas que en más de un momento vuelven casi comprensible esa obsesión por lavarse las manos hasta que sangren.

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