30 de enero 2002 - 00:00

"El consumismo cultural es el fascismo de la época"

Yasmina Reza
Yasmina Reza
(30/01/02) Y asmina Reza (París, 1959) parece un personaje de Scott Fitzgerald por elegante, reservada y «muy salvaje». La autora de «Art», «Conversación después de un entierro» y «El hombre de azar» se reconoce «exigente y contradictoria». Ha creado un estilo personal, pleno de humor y con una estructura musical, mezcla de escritura muy trabajada y otra muy trivial con la que supo penetrar en lo más hondo del ser humano. Acaso ésa sea la razón de su exito. Alejandro Romay estrenará en Buenos Aires sus obra teatral «Tres versiones de la vida» y Anagrama distribuirá su primera obra narrativa, «Hammerklavier», luego de haber publicado «Art» y «Una desolación».

Periodista: ¿Cuál es su visión del ser humano?


Yasmina Reza:
Mediocre. Se tiende a lo fácil siempre y el mundo contemporáneo ofrece todas las facilidades; las exigencias no tientan. Los optimistas incurables me aburren a morir.

P.: Su última obra de teatro, «Tres versiones de la vida», está de gira por Europa. ¿Para cuándo Nueva York?


Y.R.:
Se estrenó en París, Londres y Viena. Nueva York se retrasó porque la gente no quiere salir y los actores que deben interpretarla, entre ellos Helen Hunt, debían ir de Hollywood e instalarse en Nueva York, algunos con su familia. Por razones de seguridad era lógico que se negaran. En el fondo tuve suerte, lo peor hubiera sido que una evz comensados los ensayos hubieran tenido que parar. También estará en Buenos Aires.

P.: ¿Prefiere trabajar siempre con la misma gente?


Y.R.:
Depende. Si, hasta que la colaboración se agota. En el universo del arte todas las relaciones son muy intensas, van directamente a la esencia. Cuando no da más, no da más. Si es necesario, puedo ser fácilmente infiel.

P.: Emocional y analítica, dice que «escribir es algo salvaje», ¿cómo escribe?


Y.R.:
Mi análisis es instintivo, inmediato. No tengo una posición intelectual, que es más matizada, más fina, pondera los pos y contras. Yo soy más autoritaria en mis juicios.

P.: ¿Le molesta lo intelectual?


Y.R.:
Está bien ser intelectual pero no creo que la cualidad del escritor sea la de ser un intelectual. Para mí un artista es alguien con una visión propia y la fuerza necesaria como para reflejar el mundo de forma sorprendente e inesperada. El gran escritor está más allá y dice cosas del mundo a pesar de él. El problema de hoy es que todo el mundo quiere ser artista. Hay una confusión entre el escritor y la persona.

P.: Algo que trata de evitar.

Y.R.: La única legitimidad del escritor es su obra. Expresarse inteligentemente sobre todo acaba siendo un empobrecimiento. Hoy se pide al escritor hacer comentarios y explicar su obra de forma que se vuelve un parásito de su propio trabajo, y dar opiniones, asistir a programas de TV, a fiestas, a premios... Jamás me he sentido legitimada a hacer eso; lo que me emociona en las informaciones o la vida de la humanidad es algo privado. Es una cuestión de dignidad. Esta postura es peligrosa. Si no se hace, no se forma parte del circulo del pensamiento.

P.: ¿Le da igual?

Y.R.: No me daría igual si escribiendo lo mismo no hubiera tenido éxito. Sin querer, sin embargo me manifiesto. En «Una desolación» di una visión global del mundo y «Hammerkalvier» está lleno de reflexiones de forma natural. Escribir es un acto asocial. Voy tras los pasos de Kundera que vive aislado.

P.: ¿En qué la ha influenciado el tener tal éxitoen teatro?


Y.R.: El éxito es como un fantasma inconsistente. Sin embargo, me ha dado la independencia y la libertad mental y material que siempre quise. Siempre hice lo que quise pero para hacerlo, primero hay que poder sobrevivir. Haber conocido el éxito tan rápido es una suerte enorme; así desde pronto no tuve que responder a pedidos que me desagradaban y escribir lo que queria. Eso no tiene precio; ha sido muy enriquecedor desde el punto de vista artístico, pero no cambio mi percepción de lo que quería hacer, ni del mundo, ni mi incertidumbre profunda.

P.: ¿Tiene miedo al fracaso?

Y.R.: Jamás se me pasó por la cabeza. Hago las cosas porque creo en ellas. Si no funcionan, me da tristeza pero nada más.

P.: ¿Cómo llegó a escribir?

Y.R.: Cuando estaba en el colegio, era una alumna media nada excepcional, sólo sobresalía en Literatura. Los profesores llamaron a mis padres para decirles que tenía una redacción excepcional para una niña de mi edad; así que desde pequeña me metieron en la cabeza que tenía talento literario. No fue azar.

Es terrible ser actriz

P.: Comenzó como actriz...

Y.R.:
Enseguida la vida me mostró que no era el camino; no tenia el físico ni el talento y comencé a escribir. Es terrible ser actriz. Uno es esclavo del deseo de los otros.

P.: ¿Por qué empezó a escribir teatro?


Y.R.:
Adoro el teatro y poca gente escribe teatro hoy, con lo cual había más lugar para alguien que comenzaba. Además, tengo inmenso respeto por la literatura y consideraba que no estaba madura. Todo ese proceso requería modestia. Además se publican tantos libros que me preguntaba qué podía aportar. Consideraba que escribir teatro era más fácil, ahora pienso lo contrario.

P.: En su novela «Hammerklavier» cuenta su vida. ¿Por qué se decidió a compartir vivencias íntimas?


Y.R.:
Es un libro muy particular que no debía ser publicado. Textos cortos que había escrito sólo para mí a lo largo de 4 años y que guardaba en un cajón. Historias sobre mi mundo y mis amigos, no destinadas a ser leídas por nadie. Un día me di cuenta de cuantas había acumulado y, aunque pensaba que era demasiado íntimo y que sólo podría interesarme a mí, se lo di a leer a un amigo que me dijo: «No sólo tiene la talla de un libro sino que es un libro formidable, próximo a la vida de los demás pero con claves que le dan dimensión universal». Aunque mi editor quiso publicarlo inmediatamente, tardé 3 meses en decidirme, porque está lleno de sentimientos y le tengo terror a la sentimentalización en literatura.

P.: Se hizo conocida como autora de teatro. En la cultura de la imagen de hoy, ¿cuál es su importancia?


Y.R.:
El teatro hoy, al menos en las sociedades occidentales, no tiene ninguna importancia. Se va simplemente a ver idioteces o a reir. El público que va para sentirse feliz o pasar una noche inteligente y ser emocionado es una minoría. Esta nadería del teatro es una paradoja porque no puede desaparecer. Incluso si hay un cataclismo siempre habrá personas que se suban a un escenario para interpretar ante otras. Es un arte tan eterno como la pintura o la música, enraizado en la esencia humana.

P.: ¿Cree que es vital interpretar a autores contemporáneos?


Y.R.:
(Ríe) No, para nada; otra cosa sería Shakespeare. Además, no me gusta la palabra vital; los autores contemporáneos pueden ser útiles pero pocos han cambiado la visión del mundo. Hay una gran vivacidad simpática en los autores de hoy pero no vital. El teatro está lejos de ser el acontecimiento central de la ciudad como en los griegos, en Racine o Moliere. Hoy es un lugar pequeño; algunos proclaman: ¡es un lugar de resistencia! ¿De resistencia? ¿A qué?

Demasiados libros P.: ¿Y la literatura?
 
Y.R.:
Casi lo mismo. La cultura mediática de hoy le ha restado toda la importancia y favorece sin razón unos libros. Sólo en Francia, en septiembre, se publican 559 libros. ¿Cómo saber cuáles son interesantes?; es como nadar en un océano. Me da vértigo, me siento perdida; ¿dónde voy con mi pequeño miserable libro? Me tranquiliza que el escritor no tiene una misión salvadora. Un escritor no hace más que escuchar y contemplar. Recuerdo que preguntaron a Borges, para mí el maestro con mayúsculas, sobre el papel del escritor: «Ninguno, tan sólo escribir poemas» contestó. Para mí, la gran obra debe ser moral pero no plantearse cuestiones de moralidad.

P.: En su obra es muy crítica con la cultura. ¿No cree que da sentido a la vida, que es un estado superior del ser?


Y.R.:
No. La cultura es el nuevo dios; el nuevo ídolo de nuestros días. Soy muy severa frente a la cultura. Creo que la educación vuelve al hombre mejor, no la cultura. Educado quiere decir muchas cosas; por ejemplo un campesino en la estepa puede tener una gran edu cación sin ser un escolar francés. Ser educado es haber recibido de los padres y abuelos una moral. No creo en la cultura como bienhechor general.

P.: No cree en la llamada cultura democrática.


Y.R.:
No; hay un terrible fenómeno en el que la gente hace colas durante horas para ver las grandes exposiciones de pintura. Las visitan en grandes grupos, se ponen 50 ante un cuadro. Para mí es un fenómeno completamente incomprensible y cuando me señalan el gran interés por la cultura ¡formidable!, me pregunto, ¿qué cultura es esa? Se ha convertido en una marcha forzaba. Hay que leer esto; hay que escuchar eso, hay que ver lo otro. Si no no eres un ser humano. Para mí el diktak cultural es el fascismo de nuestra época. El típico consumidor de cultura de hoy pica aquí y allí. Un poco de teatro, un poco de música pero nada entra ni es digerido. Todo queda en la superficie y todo es consumido; completamente absurdo.

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