22 de enero 2004 - 00:00

"El crucero de las locas"

El crucero de las locas
«El crucero de las locas» («Boat Trip», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: M. Nathan. Int.: C. Gooding Jr., H. Sanz, R. Sanchez, R. Moore y otros.

J erry y Nick son dos buenos muchachos de barrio que un día se embarcan, por error, en un crucero gay. No se dan cuenta. Pero atención, cualquier suspicacia freudiana estaría aquí fuera de lugar: su viaje no es un acto fallido, ni hay deseos inconcientes, ni nada... Jerry y Nick no pertenecen a la especie humana sino a la engendrada por la imaginación de los guionistas de este tipo de comedias: es decir, son dos perfectos idiotas.

O mejor: responden a la lógica de los dibujos animados. Aunque vean pasar por cubierta centenares de hombrotes de un metro ochenta, musculosos y velludos, tomados de la mano, ellos siguen sin darse cuenta, a la espera de que aparezcan las chicas en bikini. Recién cuando Roger Moore (el mejor de la película, de lejos), les aclara dónde están, Jerry y Nick caen en la cuenta. Es lo mismo que le pasa al coyote del «Correcaminos», que puede trotar en el vacío sin caerse hasta que le indican que no tiene un punto de apoyo.

•Sutilezas

Pero, si esta lógica se acerca a la de los cartoons, la elegancia del film dista un tanto del estilo James Ivory. Jerry se acaba de pelear con su novia porque, en el momento de declarársele, la vomitó encima. Y, aunque ese no es el único fluido visible, conviene ahorrar el detalle de los otros: no tanto para no revelar apasionantes detalles de la trama sino, sobre todo, para evitar la asociación ilícita.

Sin embargo, en este crucero de las locas (título local que recuerda, ay, aquella irrepetible «Jaula» con Tognazzi y Serrault) hay una escena que también evoca, y no por traducción de título, a un artista como Woody Allen.

Es aquella en la que Gabriella, la instructora de danza y única mujer a bordo (hasta cierto momento, después vendrá un contingente sueco), le pide a Jerry, con una banana en la mano, un ejemplo práctico de sus habilidades orales. ¿No es acaso la misma escena que concibió
Allen en «Celebrity», protagonizada por Judy Davis? Claro ejemplo, pues, de homenaje e intertextualidad.

Pese a todo lo dicho... estamos en verano, es tiempo de distracción, y no es una completa mala idea ir en grupo a la noche a reirse un poco con esta película. Uno nunca sabe, tampoco, si no terminará en un festival de cine independiente y habrá que tomarla en serio.

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